Paradigma de libertades y derechos

Paradigma de libertades y derechos

La casualidad quiso que conociera tempranamente al doctor Eduardo Santos.

Paradigma de libertades y derechos
8 de junio de 2016, 10:41 pm

Con emoción aunque a la distancia, he seguido el curso del lanzamiento de la obra póstuma sobre el doctor Eduardo Santos, como a él gustaba que se llamara por el común de los mortales. Obra del fallecido y prolífico escritor y editor Otto Morales Benítez, laboriosamente proseguida por su hijo Olimpo, esta vez con el patrocinio de la Universidad del Rosario, en el marco histórico y evocador de su sede.

La casualidad quiso que conociera tempranamente a este personaje. Fue con motivo de su arribo a Bucaramanga, acompañado de su esposa, Lorencita, en medio de serias perturbaciones del orden público en el territorio del departamento de Santander. El entonces presidente, Enrique Olaya Herrera, tenía resuelto nombrarlo gobernador militar, perspectiva que al conocerla Eduardo Santos, le solicitó al menos posponer mientras no tuviera la oportunidad de estudiar personalmente la situación sobre el terreno, habida cuenta de sus vínculos ancestrales con la región.

Lo respaldaba en esa postura el entonces ministro de Gobierno, el ya expresidente Carlos E. Restrepo, quien no descartaba que, si lo quería, asumiera la Gobernación Departamental en reemplazo de su pariente Alejandro Galvis Galvis. Fue así como pidió a mi papá salir con mi mamá a encontrarlos a él y a Lorencita en Puerto Wilches, sin el menor asomo de guardia, en el entendido de que se alojarían en nuestra casa paterna, al menos durante tres días. Allí permanecerían, de buen grado, cuarenta.

Una vez asumiera la Gobernación, no tendría reverso, más habiendo comunicado al presidente Olaya Herrera que tal era la solución, pese a los vaticinios infundados de posibilidad de muerte política. Desde entonces y por afectuosa insistencia suya nos acostumbramos a llamarlo por su nombre de pila. Los días festivos íbamos a Villa Isabel, la finca paterna en las goteras de Bucaramanga, como alegre y afectuosa familia, dispuesta a disfrutar de los encantos rurales. En alguna oportunidad, Lorencita, experta en el manejo de automóvil y ya conocedora de las calles de la incipiente ciudad, invitó a mi mamá a escuchar, en compañía de los cuatro niños, la conferencia que habría de dictar, desde un balcón de plaza pública, el líder unirista Jorge Eliécer Gaitán, quien, al divisarla entre el auditorio, se soltó en encendidos elogios al gobernador Eduardo Santos. Ulteriormente, en pequeña cena familiar, habría de exteriorizar su cordialidad y buen humor para el diálogo risueño e incisivo.

El gobernador Santos supo granjearse el afecto y el respeto de aquellas gentes de talante indómito y un poco arisco. Anticipó lo que sería un eventual gobierno a nivel nacional, con su premisa básica de convivencia de partidos y grupos diversos y aun antagónicos. La tranquila firmeza que allá demostró era rasgo irrevocable de su personalidad. La que habría de asumir en todos los foros y oportunidades.

Lo mismo en la Liga de las Naciones, en defensa abrumadoramente documentada de los derechos inalienables de Colombia, que en la propia patria, por la supervivencia y vigencia dinámica de la Carta Universal de los Derechos Humanos. Consignas como la de ‘fe y dignidad’ merecieron no solo adhesión fervorosa de copartidarios, sino respeto de los sectores ajenos.

Inquebrantable en las ideas sustantivas, no por ello ponía oídos sordos a las ajenas, siempre que mantuvieran inviolable respeto a las libertades públicas y no prohijaran ningún totalitarismo. Le repugnaban tanto la violencia como la estridencia por razones éticas y estéticas. Para quien estas líneas escribe, su apoyo resuelto y combativo frente al siniestro episodio de devastación criminal de las instalaciones de El Tiempo, así como de las de El Espectador y las casas de los jefes liberales Alfonso López Pumarejo y Carlos Lleras Restrepo, el fatídico 6 de septiembre de 1952, mitigó y alentó las responsabilidades ocasionales del suscrito en la tarea de resistir y sortear, en lo posible, la criminal embestida.


Abdón Espinosa Valderrama