Fabien Cousteau, el acuanauta

Fabien Cousteau, el acuanauta

Entrevista con este protector de los océanos, nieto del legendario Jacques Cousteau.

1 de junio de 2016, 07:45 pm

“Cada día es una nueva aventura: hoy estoy dando una conferencia, mañana estaré limpiando una playa en Bonaire, pasado mañana hablando con turistas y con la industria hotelera y otros negocios para que sean capaces de administrar los recursos naturales de tal manera que podamos darles a nuestros sucesores lo que nosotros hemos subestimado. Una semana después puedo estar buceando en alguna parte exótica del mundo en la que nunca antes había estado”.

Así describe Fabien Cousteau su día a día. Él es mejor conocido por ser el nieto del fallecido cineasta y oceanógrafo francés Jacques-Yves Cousteau, quien trabajó durante décadas por la protección de los ecosistemas marinos, presentando impecables y reveladores documentales en los que, además de las especies marinas, el protagonista era el

Calypso, el bote en el que surcaba los mares durante sus expediciones.
A los 48 años, Fabien, hijo de Jean-Michel Cousteau (hijo mayor de Jacques) ha sabido preservar el legado de una tradición de ecologistas preocupados por el bienestar de los océanos. Su labor ha estado enfocada en crear conciencia sobre la importancia de los tiburones dentro del engranaje de su ecosistema, la prevención de la contaminación y el estudio de las especies en su hábitat.

Una de sus excursiones más curiosas fue Troy (Troya, en español), que consistió en bucear junto a los tiburones blancos en el interior de un sumergible con forma de estos animales, lo que le permitió acercarse a ellos y conocer su comportamiento sin que estos se sintieran amenazados por la presencia de un ser extraño a su alrededor.

Pero quizás su mayor aporte a la ciencia ha sido su Misión 31, que le sirvió para vivir ese número de días en el fondo del mar, en el laboratorio Aquarius, el único de su tipo en el mundo, para no solo observar a las especies del entorno, sino convivir con ellas como un organismo más. Según Fabien, los resultados de la misión, que le sirvió a él y a su equipo para formar parte del selecto grupo de los acuanautas (conformado por aquellos que han pasado más de un día bajo el mar), equivalen a dos años de investigación, y gracias a esta fueron publicados una decena de documentos científicos.

Este francés, radicado hace varios años en Estados Unidos, habló con CARRUSEL en la más reciente cumbre del Consejo Mundial de Viajes y Turismo, que se celebró en Dallas (Estados Unidos) a comienzos de abril.

¿En qué se parece y en qué se diferencia de su abuelo?

Hay muchas diferencias y similitudes. Yo estuve expuesto a la misma pasión desde muy pequeño y he sido adicto a esta filosofía con la que crecí gracias a la educación experiencial, buceando desde los cuatro años y haciendo expediciones desde los siete. Dicho eso, hemos visto grandes cambios en ese tiempo en las tres generaciones, y aún en una sola. Hoy el acceso a las comunicaciones para todos es una diferencia muy grande que nos da una herramienta invaluable si se utiliza correctamente para llevar conocimientos a las comunidades, motivarlas para que piensen y actúen diferente, para que compartan su conocimiento y preocupaciones, de tal manera que podamos dominar esta bestia gigante a la que nos enfrentamos, que es el futuro de nuestra especie y, por defecto, el futuro de todas las especies en este planeta.

¿Cuál es la mayor amenaza para los océanos en este momento?

Nosotros y nuestra ignorancia sobre ellos, porque vemos los océanos como una fuente inagotable de recursos y un enorme basurero. Esto ha venido pasando por épocas. No entendemos que los cimientos fundamentales de nuestra existencia en este planeta están relacionados directamente con nuestra dependencia de la salud de los mares. En pocas palabras, un océano saludable significa gente saludable. Somos un planeta de agua, esa es la única razón por la que existimos, y eso es lo que tenemos que entender, que ese sistema circulatorio vital es lo que tenemos que cuidar para darles a nuestros hijos un planeta que hasta ahora hemos menospreciado.

¿Qué puede hacer la gente para proteger los océanos?

Hay mucho que podemos hacer como individuos promedio. La realidad es que cada uno de nosotros tiene malos hábitos que podemos empezar a convertir en otros buenos que, incluso, no cuestan nada y hasta nos pueden ahorrar o generar dinero. Cosas como utilizar guías de comida de mar, que cualquiera que tenga un teléfono inteligente puede descargar y usar para tomar mejores decisiones a la hora de consumir estos productos; utilizar menos plásticos, desechables específicamente, siempre será bueno, porque nos hemos vuelto una sociedad desechable, que consume más de lo que necesita y que al final bota todo en el mar. Tanto lo que vemos –como la basura–, como lo que no vemos–como los químicos y otras sustancias derivadas del petróleo– envenenan nuestra comida y a nosotros.
Usted también ha trabajado para proteger a los tiburones, por cambiar la mentalidad de la gente acerca de ellos;

¿Cuáles han sido hasta ahora sus resultados?

Los tiburones son una especie centinela para la salud de nuestros océanos. Hay más de 400 especies de ellos, y seguimos contando. Les tememos porque no los conocemos. Aunque la educación alrededor del mundo es cada vez mejor, tenemos todavía mucho por hacer para protegerlos. Los necesitamos, porque ellos cumplen la misma tarea que los recolectores de basura en las ciudades: una semana sin ellos sería un caos total. Debemos tenerlos, tanto en una escala pragmática como en una económica, porque un tiburón vivo requiere mucho menos plata que uno muerto, en términos de dinero. Por ejemplo: un tiburón ballena, si se pesca, puede llegar a costar hasta 30.000 dólares en el mercado negro por su aleta, mientras que este mismo animal, en dinero proveniente del turismo, durante toda su vida puede costar un millón de dólares. Hay una gran disparidad entre esos números y es obvio que mantener la mayoría de las especies vivas es mucho más valioso que exterminarlas.

Muchos científicos y ambientalistas dicen que estamos tan obsesionados con la exploración espacial que no prestamos atención al bienestar de nuestro propio planeta; ¿está de acuerdo?

Yo soy un gran proponente de la exploración espacial, como lo soy de la oceánica. La realidad es que gastamos cien veces más en la primera que en la segunda, aun cuando nos queda un 95 por ciento de los océanos sin explorar. Además, desde el punto de vista de la aventura, en el corto plazo veremos más actividad y vida en nuestros océanos que en el espacio, pese a que estamos muy limitados en ambas direcciones. Desde lo pragmático, nuestras vidas dependen de los mares, por lo que explorarlos a nivel científico es fundamental. Puede que sean menos sexis, pero son las razones para explorar el mundo oceánico y extraer la ciencia que podamos de él para tomar mejores decisiones.

Durante sus presentaciones usted muestra una diapositiva con una ciudad submarina; ¿cree que su sueño se volverá realidad?

Pienso que ciertos grupos están trabajando duro para que eso pase, tanto por razones industriales, como para extraer materiales y recursos, como para ciencia y, por supuesto, para ver si es posible hacerlo. Creo que, tecnológicamente, hoy, o en el futuro próximo, podremos tener un hábitat autosostenible, un pueblo submarino capaz de proporcionarse su propio oxígeno, comida y energía, sin impactar el entorno local negativamente. Emocionalmente sería muy difícil encontrar personas dispuestas a relegarse a sí mismas al fondo del mar para siempre por muchas razones, la principal, porque somos criaturas sociales y empezaremos a extrañar a nuestros amigos, familias, mascotas y todo eso. Ahora mismo, construir una ciudad subacuática podría albergar una docena de personas o un poco más, por lo que tendría que ser una comunidad muy muy pequeña.

¿No cree que llevar gente a los océanos sería catastrófico?

No creo que llegue a pasar, simplemente porque somos criaturas terrestres. Quizás, hace 370 millones de años, cuando nos arrastramos fuera del océano, habría sido más fácil. Mi abuelo pensaba cuando construyó el primer hábitat subacuático, que como estamos sobrepoblando los espacios sobre la tierra, naturalmente empezaríamos a poblar el mundo subacuático. Creo que en una pequeña escala esto podría pasar, pero para mayores grupos humanos sería poco práctico. Es por eso que exploramos el espacio, Marte, Europa (una de las lunas de Júpiter) y otros lugares donde la gente podría colonizar. Quizás algún día podamos hablar desde el fondo del mar hasta las montañas de Europa.

NICOLÁS BUSTAMANTE HERNÁNDEZ

nicbus@eltiempo.com

@nicolasb23