Editorial: Pagar por rodar

Editorial: Pagar por rodar

Implementar el cobro por exención del pico y placa parece, a primera vista, una buena estrategia.

12 de mayo de 2016, 01:07 am

La decisión es suya: si quiere librarse del pico y placa que se aplica a diario en Bogotá, tiene varios caminos: optar por el transporte público, usar la bicicleta, caminar o pagar. Sí, pagar para salir en su carro todos los días del año sin restricción alguna.

Esta es la última fórmula que analiza la Administración, con dos objetivos: desincentivar la compra del segundo carro particular y generar recursos que sirvan para mejorar la oferta y la calidad del transporte público.

Las cifras que exhibe la Secretaría de Movilidad son elocuentes. Hoy, el 48 por ciento de los hogares bogotanos cuentan con un vehículo para movilizarse; el 35 por ciento de ellos tienen motocicleta, que, valga decir, es hoy por hoy el medio más peligroso para desplazarse por la ciudad. Cada año ingresan a la capital 100.000 motos y 150.000 nuevos carros, de los cuales muchos terminan convertidos en el segundo de la casa, con el que hoy cuenta el 8 por ciento de la población.

Según la misma entidad, en la actualidad existen 160.000 familias de estratos 4, 5 y 6 y 250.000 en 3 y 4 que cuentan con el privilegio de tener automóvil. Pero lo más preocupante es que un buen número de ellas está a punto de adquirir el segundo para evitar el pico y placa, con lo que esto implica para la congestión y el deterioro de la malla vial.

El pico y placa fue efectivo en su momento, hace quince años, pues contribuyó a aliviar la movilidad en las calles de la capital. Pero la medida se ha quedado corta con el pasar del tiempo por varias razones: el parque automotor crece abismalmente, frente a unas vías que en esencia siguen siendo las mismas; no ha existido una verdadera política para incentivar otros medios de desplazamiento, y la calidad del transporte público se ha convertido en el karma que impide que medidas como la restricción vehicular funcionen mejor.

La implementación del cobro por exención del pico y placa pretende persuadir a quienes están pensando en el segundo vehículo para que prefieran la opción de cancelar una especie de tributo al año –entre 3 y 4 millones de pesos– y rueden tiempo completo.

El lado positivo de la iniciativa es que la ciudad generaría así cerca de medio billón de pesos para mejorar el alicaído SITP y demás. Y suena equitativo, en la medida en que se cobraría a quienes más usan las vías, las deterioran y contaminan la ciudad.

Movilidad también evalúa extender el pico y placa al llamado servicio especial de carros blancos. Parece justo, pues, ante la emergencia que se vive, la ley debe ser para todos. Estos automotores hoy pululan al amparo de aplicaciones tecnológicas o bajo el rótulo de servicios excepcionales, algunos de muy dudoso cuño, sin que la restricción los roce por ahora.

Los anuncios de la Administración son realistas, así les moleste a muchos. Pero, como lo hemos repetido hasta la saciedad, la mejor manera de acallar esas voces es con resultados. Limitar o pagar por el uso de las vías a cualquier hora siempre resultará antipático, a menos que la ciudadanía sienta que hay una estrategia clara que prioriza medios alternativos de movilidad y dignifica a los usuarios de a pie. Y en la Administración está buena parte de los estrategas que más saben del tema. Que se hagan sentir.


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