Las claves de por qué el glifosato sigue vivo en guerra contra la coca

Las claves de por qué el glifosato sigue vivo en guerra contra la coca

Este miércoles el Consejo de Estupefacientes avaló la fumigación terrestre con glifosato.

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04 de mayo 2016 , 05:22 p.m.

La decisión del Consejo Nacional de Estupefacientes ha generado polémica, pero en realidad estaba 'cantada' desde septiembre del año pasado. Para esa época, un informe de este diario reveló que si bien el Gobierno había dado el paso de terminar con la época de las fumigaciones contra la coca y la marihuana, que durante más de 30 años fueron la base de la estrategia antinarcóticos, el glifosato o una molécula bioquímica similar iba a seguir usándose contra los cultivos ilícitos, pero aplicada por erradicadores en tierra.

Estas son algunas claves para entender la determinación de mantener el glifosato como una alternativa en esa batalla.

1. La orden de la Corte Constitucional no fue suspender el uso del herbicida, sino parar las fumigaciones aéreas de cultivos, por los eventuales daños colaterales que esa estrategia producía

Por dos razones la fumigación aérea fue la punta de lanza de la política antinarcóticos: primero, porque es mucho más eficiente hacerlo desde un avión a baja altura (en el mejor año de esa estrategia, el 2007, se fumigaron más de 170 mil hectáreas. La relación de eficiencia es de siete a uno), que utilizar erradicadores con bombas a su espalda, como se intentará ahora. Y segundo, porque con guerrillas y bandas protegiendo los cultivos, muchas veces con minas antipersona, se corre menos riesgo cumpliendo esa labor desde el aire. (Lea también: General Palomino explica por qué la Policía no renuncia al glifosato)

2. Los cultivos de coca han crecido y es necesario tener a mano todo el arsenal a mano

La cifra de la coca en el 2015 va a estar entre las 80 mil y las cien mil hectáreas, que equivalen, en el peor escenario, a un aumento superior al 30 por ciento con respecto al 2014 (69 mil hectáreas). Como lo reveló este diario hace dos semanas, la meta de erradicación de coca para este año está en las 16.200 mil hectáreas, que equivalen a entre una cuarta y una quinta parte del total. El uso del glifosato desde tierra va a garantizar dos cosas: por un lado, que el herbicida no va a terminar afectando también cultivos de pancoger cercanos o fuentes de agua, como sucedía por efecto del arrastre de los vientos y las escorrentías. También, una acción más directa sobre las hojas de coca que garantiza mayor eficiencia en el objetivo de matar la mata. Sin el glifosato, la destrucción efectiva de coca podría estar muy por debajo de una cifra que está lejos de las destruidas en las décadas pasadas.

3. La discusión científica sobre los supuestos efectos nocivos del glifosato no está saldada

A pesar de denuncias y versiones en muchos países del mundo, los supuestos efectos negativos del herbicida no han sido determinados de manera concluyente por un estudio científico. De hecho, cada día millones de litros del químico se asperjan, manualmente y en pequeñas avionetas, sobre cultivos comerciales. La reflexión del Gobierno es que si las versiones comerciales del glifosato se siguen vendiendo y usando, no tiene sentido dejar de emplearlo contra la coca.

4. Sea como sea, la guerra contra los cultivos se va perdiendo

Más allá de la polémica por el uso del glifosato, el hecho concreto es que después de millones de hectáreas fumigadas o destruidas manualmente, el país sigue siendo el principal productor de hoja, base y pasta de coca, así como de cocaína pura. Así, aunque se seguirá intentando combatir los cultivos con estrategias puntuales, es necesario un giro de fondo que, al menos sobre el papel, ya está definido: concentrar los esfuerzos en la interdicción de cargamentos de coca y, sobre todo, en la destrucción de los grandes laboratorios de donde sale la cocaína. La ecuación es que si no los narcos se quedan sin los laboratorios, por más hoja de coca o incluso base que haya disponible se producirá un desestímulo del mercado criminal porque no existe o se minimiza la capacidad del último eslabón de la cadena de producción, los cristalizaderos. A mediano plazo, si esto se da, deberían empezar a caer los cultivos.

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