Alexiévich: la crónica como una épica del dolor

Alexiévich: la crónica como una épica del dolor

El escritor Sergio Ocampo perfila a la nobel de literatura, que hablará en Filbo sobre periodismo.

Alexiévich: la crónica como una épica del dolor
17 de abril de 2016, 02:06 am

Su nombre es Svetlana, que traduce ‘luminosa’ en ruso; y su apellido es Alexiévich, que es como ‘el hijo de Alexei’. Aunque nació en un pueblo que hoy está en Ucrania, tres años después del fin de “la gran guerra patria” (como llaman todavía a la Segunda Guerra Mundial por esos lares), su nacionalidad es bielorrusa. Durante 42 años exhibió su pasaporte soviético, hasta que aquel imperio hizo implosión; el año pasado se convirtió en el sexto autor en lengua rusa en recibir el Premio Nobel de Literatura, en la decimocuarta mujer en conseguirlo y en el primer escritor de no ficción, o sea periodista, en la lista de los 111 ganadores. Y es la invitada central a la Feria del Libro de Bogotá.

Mundo ruso, mirada femenina y periodismo son las tres claves en las que se inscribe la obra de Svetlana, pero con un tono y una voz que provienen del desgarro, la humillación, el sufrimiento, en una hermosa épica del dolor desde las víctimas.

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La categoría ‘mundo ruso’ es un poco problemática por dos cosas. La primera, porque encierra una realidad de varios territorios que, aunque hoy constituyen unidades nacionales diferentes, han estado unidos desde siempre en una lengua similar y comparten ese espíritu eslavo, brutal y sensitivo al mismo tiempo, y el destino común de una utopía política y social que nunca fue, pero que hizo infelices a millones.

La segunda, porque hablar de ‘mundo ruso’ es hablar de tragedia, resistencia, pena, negación de uno mismo, prevalencia del concepto de la patria, del colectivo.

En apenas cuatro libros, esta escritora del dolor consigue interpretar cuatro momentos culminantes del fatalismo natural del alma rusa. Así, en ‘La guerra no tiene rostro de mujer’, a través de las voces de mujeres combatientes se revive la tragedia de 25 millones de muertos, la mayoría campesinos, que dejó el intento de Hitler de invadir la Unión Soviética, de 1941 a 1944. Así como a los rusos se les ha negado en el cine su importancia en la derrota del nazismo, el comunismo también ocultó que en el ejército rojo y en los grupos partisanos hubo un millón de soldados de sexo femenino que protagonizaron una de las epopeyas más grandes de la historia: resistir en Stalingrado y Leningrado, guerrear en la megabatalla de Kursk, repeler los tanques alemanes con carabinas y rifles, o sin nada, y soportar más que el enemigo el hambre y el frío, el fabuloso frío ruso.

La victoria final es el punto de partida de una nación que se convertirá en superpotencia militar, bajo una dictadura hermética y atroz. El debilitamiento de ese gran poder omnímodo comienza a revelarse en la guerra de Afganistán (1979-1989), en la que, por primera vez, los rusos no consiguen sostener un gobierno comunista con la persuasión de sus tanques y ojivas nucleares. Ese es el tema de ‘Los muchachos de zinc’, texto en el cual Svetlana utiliza el recurso de las voces de muchos soldados que se siguen preguntando los porqués, así como de las madres de esos que no pudieron preguntar, porque nunca regresaron.

El siguiente instante de la historia es la explosión del reactor Lenin (1986), en Chernóbil, aldea de Ucrania a escasos kilómetros de la frontera bielorrusa, donde murió una cantidad nunca precisada de gente del común. Y donde la radiación va a estar presente por millones de años en unos campos, unas casas, unas huertas de las que hubo que salir sin expectativas de volver. ‘Voces de Chernóbil’ muestra cómo este desastre nuclear, el peor de todos los tiempos, parece ser el punto de quiebre del poderío soviético, por el desencanto frente a ese dios infalible que era la ciencia, en el ateísmo comunista.

Termina Svetlana su viaje en ese mar de la fatalidad rusa con un libro titulado ‘El fin del homo sovieticus’, con cientos de voces cotidianas que intentan explicar la muerte del espejismo comunista, pero sobre todo la incertidumbre ante el futuro de hombres y mujeres que a lo largo de los siglos siempre han vivido en opresión. Bajo el zar, bajo los soviets.

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Hay un fuerte acento femenino en toda esta inmersión desoladora; una forma particular de demostrar que las mujeres pueden entender mejor la guerra porque finalmente no logran encuadrar su sinsentido, ni justificarla ni validar su gesta heroica. Podría Svetlana haber escrito todo esto con el artilugio de la ficción, pero prefirió hacerlo desde la lógica escueta del periodismo. Quizá solo a través de tantos viajes para conseguir sus personajes, con las miles de entrevistas, logró la sensibilidad exacta para narrar esta tremenda épica del dolor, presentada en monólogos la mayoría de veces, pero también en coros, en un experimento narrativo que elevó la crónica al nivel de premio Nobel.

“No estoy sola en este podio... –dijo en su discurso en Estocolmo hace cuatro meses–. Hay voces a mi alrededor, cientos de voces. Ellas siempre han estado conmigo, desde la infancia… Mi maestro, Ales Adamovich, sentía que escribir prosa acerca de las pesadillas del siglo XX era un sacrilegio. Nada puede ser inventado. Tienes que decir la verdad tal y como es. Se hace necesaria una especie de superliteratura. El testigo debe hablar… Flaubert se llamó a sí mismo una pluma humana. Yo diría que soy un oído humano”.

Dónde y cuándo

Svetlana Alexiévich hablará con sus colegas Laura Restrepo, Giuseppe Caputo, Marta Ruiz y Sergio Ocampo Madrid los días 21, 22 y 23 de abril.

SERGIO OCAMPO MADRID
Especial para EL TIEMPO

* Sergio Ocampo Madrid conversará con Svetlana Alexiévich este viernes, a las 11 de la mañana, en el auditorio principal del Externado, como parte del VIII Encuentro Internacional de Periodismo, organizado por la Facultad de Comunicación de esta universidad y la Cámara Colombiana del Libro. La entrada es libre, hasta completar el aforo.