Hambre en Guainía

Hambre en Guainía


15 de marzo de 2016, 12:53 am

Cualquiera que vea la proporción del departamento de Guainía en el mapa de Colombia podría llegar, entre tantas conclusiones, a una: hay mucha tierra, 72.000 hectáreas, para tan solo 42.000 habitantes, o sea que lo que hay es espacio para cultivar. Sin embargo, los guanianos están lejos de gozar de seguridad alimentaria. Los suelos son ácidos, cargados de minerales y poco aptos para la variedad de cultivos ricos en nutrientes. La realidad es galopante: el hambre tiene cara indígena en Guainía.

Desde el cielo la tierra es verde. Extensiones de selva frondosa y tupida apenas dejan espacio para serpenteantes ríos con playas brillantes, blancuzcas. Al llegar a sus riberas, la comprobación de que el suelo es arenoso, es rudo. Algunos indígenas adultos que viven en los 50 kilómetros de orilla, en los pueblos entre Inírida y los Cerros de Mavicure, en Remanso, atienden con sonrisas sin dientes y los niños barrigones se esconden detrás de las cercas con sus caritas redondas y amarillas.

¡Claro que comen! La yuca brava es la base de su alimentación. De ella sacan el casabe (una torta enorme) y el mañoco, que es la harina de yuca que tuestan y con la que preparan el ajicero (consomé de pescado con ají) u otros caldos.

Los que viven en la amplia zona selvática del departamento se las arreglan a las 11:00 de la mañana con ajicero y en la noche repiten o viven de lo que producen sus conucos (parcelas). Los que apretujados superviven en Inírida, la capital, luchan por conseguir la plata suficiente para comprar la yuca brava que sembraban cuando estaban en la selva, el ají y, si hay cómo, algo de lentejas.

Delcy Castro Marulanda, profesional encargada de seguridad alimentaria y nutricional de la Secretaría de Salud Departamental, explica: “En el río Guaviare está la mayor disponibilidad de alimentos, porque es la tierra más rica. El resto de tierras en Guainía son muy ácidas. Allá en el Guaviare se consiguen frutas selváticas como el túpiro (lulo), caimaró (uva), copoazú o pomarosa, pero por acá la cosa cambia”.

La vida dura

Casa Blanca es una enorme invasión de indígenas, muchos de ellos llegaron de las riberas del río Guaviare, zona productiva de alimentos y pescado por excelencia, en límites con los departamentos de Vichada y Vaupés. La mayor parte de la producción de esta despensa alimenticia se va para Bogotá y lo que queda se vende a precios elevados en los mercados de Inírida, Puerto Carreño y Mitú: un kilo de pollo cuesta 10.000 pesos; uno de carne, $ 16.000, y una sarta de pescados con cinco peces pequeños, que ni siquiera tienen la talla adecuada, se consigue en $ 7.000.

Los desplazados curripacos, puinaves, piapocos, sikuanis, tucanos, yerales y cubeos arribaron a Inírida sacándole el cuerpo a cientos de problemas. Hace años, muchos indígenas campesinos suplantaron sus cultivos con la coca que impusó Tomás Medina Caracas, el ‘Negro Acacio’, de las Farc. Cuando llegó el Estado con su política de erradicación de cultivos, no hubo sustitución de los mismos en el territorio. Los indígenas desaprendieron la siembra, se llenaron de miedo y huyeron por los ríos hasta donde el asistencialismo del Gobierno los abrazara.

Ahí viven, entre cercas de alambre de púas que dividen los linderos de ocho metros cuadrados que tienen sus cambuches, a lo sumo. Atrás quedaron las amplias y frescas malocas (casas en la selva). El patio es cocina, lavadero y zona de recreación para los niños. La única habitación es dormitorio de todos.

En otros barrios, cordón de miseria de Inírida, los habitantes se lamentan de su suerte de desplazados. A Gonzalo Castañeda le duele el estómago porque el hambre se lo lacera, así como el de sus cuatro hijos, sus dos nietos y su esposa, una viejita espelucada, acurrucada sobre un suelo húmedo y maloliente. Ella llora porque la venta de chontaduros no alcanza para la panela con la que pasan derecho todo el día.

Gonzalo, esposo de la viejita, habitante de Cucurital, desplazado de la cuenca de Guaviare, se lamenta de su suerte: “Acá es difícil comer porque no hay trabajo, es muy berraco conseguir trabajo. Uno se rebusca la comida, pero no es igual. Antes, comíamos carne, pescado, marisco, pasta, yuca, papa. Ahorita uno ya no se encuentra ni una panela. En Guaviare dejamos dos fincas botadas”.

Y sigue lamentándose: “Ahora la diferencia es que uno se antoja de todo, de frutas, de otras cosas y uno no tiene plata para comprar nada. Uno se compra un pedazo de pescado y una torta de casabe, y con eso da para todo el día. A uno a veces le toca un pan y una panela, para hacer aguapanela y listo. No hay nada más. Son como las 2 de la tarde y estamos con el solo desayuno. Uno de viejo aguanta, pero ¿los niños? Uno de viejo qué hijuemadre, pasó ya por eso. Pero un niño no. Ellos son los que llevan del bulto.

Muy lejos de ahí –y con la misma tristeza– está Leticia García Guarín, quien cocina enormes tortas de casabe en una hornilla oculta bajo una palma fresca. Sobre el mesón de la cocina de piso de barro se exhiben las ‘arepas’ de esa harina de yuca almidonada que no sabe a nada, pero que a sabe a gloria. Un alimento cuyos nutrientes son muy básicos. Remanso está solo, la comunidad se fue de cacería. Los indígenas de esta zona del país son seminómadas. Salieron con sus cervatanas en busca de chigüiros y dantas, la proteina que requiere su fuerza.

Lo que no hay

Bilialdo Tello Toscano, quien hace 12 años dirige el Sena, en Inírida, asegura que la seguridad alimentaria es muy deficiente en esta parte. “La zona rural es inmensa, ríos y selvas es lo que tiene Guainía, y comunidades indígenas. Pero los ríos son pobres en pesca, la seguridad alimentaria es bien deficiente. Los ríos son oscuros y con bajos nutrientes, y lo peor es que hay minería con dragas que agrava la situación. Los niños que estudian y están en internados tienen una mejor surte: comen, pero demasiados alimentos enlatados, y ello es problemático desde el punto de vista cultural. Yo me atrevo a asegurar que sí hay desnutrición en el Guainía”.

Tello Toscano confirma que la bonanza cocalera le hizo mucho daño a esta región. “Existió bonanza cocalera y los indígenas abandonaron la producción de especies alimenticias. En Guaviare había bastante producción de cacao y ya no. Incluso había una especie de batata (llamada papa aérea), había ñame en esta región, pero esos productos han desaparecido porque no los volvieron a cultivar. Eso solo trae pobreza y por ende desnutrición. Es una tarea y un reto la producción de alimentos en estos suelos”.

Mientras eso sucede, entidades como el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, con responsabilidad en estos temas de nutrición infantil, son superados por la problemática. El ICBF solo tiene tres madres sustitutas para atender a los niños desnutridos que necesitan atención inmediata, cuatro hogares comunitarios a los que asisten 1.000 niños y tres operadores que manejan un presupuesto de 2.803 millones en el 2014 y 394 millones en el 2015 para alimentar a los chicos. Esto, si la comida llega a tiempo, porque las distancias que intentan acortar las ‘voladoras’ (lanchas) es enorme.