Realidad del Plan Colombia

Realidad del Plan Colombia

Analicemos el Plan Colombia en gris, con una objetividad que muestre mejor sus aciertos y falencias.

Realidad del Plan Colombia
9 de febrero de 2016, 11:19 pm

“Para ponderar la propia cosecha no es necesario denigrar ni ignorar la del vecino”, reza un dicho campesino boyacense que cito a propósito de los 15 años del Plan Colombia, destacado aporte al fortalecimiento militar del Estado y que, junto con otros factores (contexto internacional, repudio popular, aun el consejo de Fidel Castro), llevó a la guerrilla a la mesa de La Habana, luego del malogrado Caguán.

Nadie niega su importancia. Pero destacarla no impone darnos tanto látigo, desconociendo nuestro aporte como sociedad y como Estado. Por eso no comparto, si bien respeto, el concepto del brillante presidente del BID, Luis Alberto Moreno, en el prólogo del reciente libro de entrevistas de Julio Sánchez Cristo (quien aporta inteligentes y acertados juicios críticos sobre el Plan), según el cual “para los colombianos contemporáneos hay un hito que marcó un antes y un después para nuestro país: el Plan Colombia”. Exageración.

No creo que en el 2000 Colombia fuera un “Estado fallido”, es decir, sin instituciones, ni economía viable, ni Fuerzas Armadas respetables, ni elecciones libres, y donde todo estuviese cooptado por corrupción y violencia. No lo fue siquiera cuando no hubo Congreso entre 1949 y 1958.

Se había incrementado, sí, la presencia del narcotráfico en la política y en la sociedad, pero sin cooptarla. Se financiaban campañas, como se hizo antes y siguió haciéndose después. La corrupción penetraba sectores estatales. El narcotráfico corrompía a elementos aislados de las Fuerzas Militares y de la justicia. Había Congreso, Cortes y Ejecutivo. Se había elegido presidentes a Barco (quien atacó frontalmente a la mafia), Gaviria, Samper y Pastrana.

Se eligió por voto popular la Constituyente, también para luchar contra la corrupción y en procura de la paz. La guerrilla había golpeado duramente a la Fuerza Pública hasta copar bases militares, al final del gobierno Samper y comienzo del de Pastrana. Pero, gracias al Ejército y la Policía, nunca tuvo la opción real de tomarse el poder por las armas.

Al inicio, el Plan se concibió como parte de la “guerra contra la droga”, y por el involucramiento de las Farc en el narcotráfico tuvo un componente antisubversivo que fortaleció a la Fuerza Pública.

La lucha contra los carteles de la droga no se inició con el Plan. Muchos líderes pagaron con la vida su resistencia al auge de los narcos. Ni Rodrigo Lara, ni Galán, ni Guillermo Cano, ni Carlos Mauro Hoyos, ni el coronel Ramírez Gómez, ni centenares de magistrados y jueces, ni tantos policías y soldados, héroes anónimos, fueron asesinados por integrar un “Estado fallido”.

Antes del Plan, y pese a la presión ‘narca’, muchos funcionarios defendimos y mantuvimos, en medio del terror, la extradición de nacionales. Modificamos la legislación: aumentamos penas, creamos jueces sin rostro, establecimos el delito de enriquecimiento ilícito y la extinción de dominio.

Numerosos analistas han dicho que el Plan no fue eficaz en la lucha contra el narcotráfico. El propio gobierno Santos (del cual hice parte) ha venido sosteniendo la necesidad de un cambio de rumbo: lo hizo en Viena en el 2014, y en abril próximo, en Nueva York, durante la cumbre antidrogas, abogará por ese cambio ante la falta de resultados con los instrumentos represivos hasta hoy utilizados.

En el apartado judicial del Plan, mucho se apoyó a la Fiscalía para capacitar investigadores y crear unidades como la de antiextorsión y secuestro, anticorrupción, y la de extinción de dominio y lavado de activos. Pero subsiste el lastre de la imposición a la carrera del sistema acusatorio, hasta la fecha pobre en resultados.

En la lucha contra las Farc, la cooperación fue muy útil, y no debe olvidarse el aporte ‘criollo’: solo por “impuesto de guerra” (2003- 2014) se recaudaron, con destino a Ejército y Policía, entre 3 y 4 billones de pesos anuales.

Analicemos, pues, el Plan Colombia en gris, con objetividad que muestre mejor sus aciertos y falencias. Nada más.


Alfonso Gómez Méndez