'Todo el mundo quiere la paz, pero se divide en torno al precio'

'Todo el mundo quiere la paz, pero se divide en torno al precio'

El excanciller israelí Shlomo Ben Ami destaca que en La Habana no se negocia nada revolucionario.

'Todo el mundo quiere la paz, pero se divide en torno al precio'
5 de diciembre de 2015, 11:12 pm

Un hombre que ha recorrido muchas naciones del mundo en guerra o con graves conflictos internos –el excanciller de Israel Shlomo Ben Ami– es uno de los principales asesores del presidente Santos en el proceso de paz.

Él cree que “hay que pagar un precio por la paz” y admite que hay una división en Colombia, sobre el diálogo: “Cuando un presidente conduce a la guerra, une al país. Cuando conduce a la paz, lo divide”.

Analista del conflicto colombiano desde hace muchos años, niega que el país no quiera la paz. “Lo que pasa es que se divide en torno al precio que hay que pagar”. Ben Ami fue nombrado, junto con Jonathan Powell, como uno de los asesores internacionales del presidente Santos.

“A veces es muy difícil alcanzar la paz, especialmente cuando se trata de un país democrático, donde el debate está abierto, donde la oposición está activa, donde el negociador, o el líder, el presidente en ese momento, está sujeto a un calendario político. Hay una oposición difícil que todo lo critica, y se advierte la inevitable división en el seno de la sociedad en torno al precio que hay que pagar por la paz; todo el mundo quiere la paz, pero se dividen cuando empiezan a hablar del precio. Normalmente, cuando conduces una nación a la guerra, la tienes unida detrás de ti; y normalmente cuando conduces una nación a la paz, la tienes dividida”.

¿Por qué eso tan paradójico?

No es que la gente no quiera la paz, es que se divide entorno al precio; en el caso colombiano, todos quieren la paz. Estoy seguro de que el expresidente Uribe quiere la paz no menos que el presidente Santos, pero se dividen en torno al precio.

¿Cuál es el precio que Colombia tiene que pagar por la paz?

Hay que tragar píldoras amargas. Ver a uno de estos señores de las Farc en el Congreso y hacer concesiones en materia de justicia es lo que hay que aceptar.

¿Qué tipo de concesiones en justicia habrá que admitir?

Si se intenta aplicar justicia inequívoca, absoluta, fundamentalista, no es posible un acuerdo de paz. Yo no veo a grupos insurgentes ir a un acuerdo de paz cuando todavía tienen cierta opción militar, y entregar sus dos manos esposadas, ir a la cárcel o ser extraditados a Estados Unidos. Todos quisiéramos que eso ocurriera. Pero este es uno de los precios que se debe pagar.

¿Pero cuál es el mayor precio: el que hay que pagar por ganar la guerra o el que hay que pagar por terminarla y comenzar la paz?

Son dos precios diferentes: lo que une a la gente en la guerra no es porque se quiera más derramamiento de sangre sino porque hay ese sentimiento nacional que nos une a todos contra el enemigo, aun sabiendo el precio en términos de sangre.

Evidentemente, el precio que pagas por la guerra es mayor, pero el precio que pagas por la paz es diferente, porque la gente cree que a lo mejor no es necesario pagarlo y que a lo mejor puedes seguir derrotando al enemigo en vez de darle concesiones. En Colombia hay quienes piensan que los guerrilleros eran 40.000 y ahora son 8.000, y entonces piden seguir unos años más la guerra y que a lo mejor se pueden eliminar del todo. Es una lógica que rechazo totalmente. ¿Cuántos niños, cuántas mujeres y cuántos hombres más tienen que morir?

¿Dice usted que las Farc tienen aún cierta opción militar?

Tienen opción de sobrevivir en la selva. Pensaban en el inicio de esta organización en cambiar al país de arriba abajo, crear aquí el realismo socialista. Todos estos movimientos surgieron en América Latina coincidiendo con la guerra fría. La mayor victoria de Colombia en estos días, la mayor victoria del Ejército colombiano, de la democracia colombiana, es que se está negociando la paz.

En la agenda no hay nada que tenga que ver con vender el país al chavismo, ni con cambiar a la nación, ni su estructura ni su institucionalidad. La mayor victoria es que en la agenda no hay ninguna “exigencia revolucionaria”.

Las Farc están en una situación en que no tienen salida militar. Ahora lo que están intentando es entrar en la legalidad pagando el menor precio posible desde su punto de vista, y el Gobierno quiere esa integración pagando él también el menor precio posible. Ese es el tema de la negociación. Ellos seguirán en la retórica, pero no están negociando en la mesa nada que sea revolucionario. A veces, nuestra base política nos convierte en rehenes porque una cosa es salir elegido y otra, gobernar. La paz divide a la gente. Además, tenemos aquí un proceso de paz asimétrico.

¿A qué se refiere?

El Estado funciona en desventaja, por la arrogancia de la guerrilla, y eso enoja a la sociedad colombiana. El presidente Santos tiene detrás un país escéptico por la experiencia de 50 años de fracaso en las negociaciones que se han intentado. Hubo un montón de momentos en los que se intentó negociar y se traicionó la buena voluntad de los colombianos. El Caguán es la cima de todas estas experiencias. Por eso, esta es una nación escéptica, incrédula y resistente a concesiones a quienes ellos ven como simples criminales.

El presidente Santos ha fijado un plazo hasta el 23 de marzo para firmar un acuerdo de paz. ¿Usted sí cree que se logrará?

Yo no solo creo que se puede cumplir ese plazo, sino que incluso se podría adelantar. Tengo entendido que todos los puntos de la justicia transicional están prácticamente resueltos. Quedan cuatro meses y no hay razón para que no se cumpla.

¿Cómo se aplicará la justicia transicional?

Lo que el acuerdo dice es que no habrá amnistías en temas de crímenes atroces, de lesa humanidad; en ese caso habrá penas de entre cinco y ocho años.

¿En una prisión?

Habrá privación de libertad, en espacios limitados, definidos. Me imagino que no se irá a la cárcel típica. Tengo entendido que no será una prisión sino un espacio geográfico. Habrá un tribunal, por cierto internacional, para juzgar los crímenes que se han cometido y los grandes crímenes de lesa humanidad.

Hay dirigentes que creen que, si no hay prisión efectiva, habrá impunidad.

Sí. El expresidente Uribe, por ejemplo, así lo considera. ¿Pero sabe usted que desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta hoy se han realizado más de 500 casos de amnistías a través del mundo? En España hicieron una transición después de 40 años de franquismo, no con amnistía, ¡con amnesia! En Sudáfrica nadie fue a la cárcel. Pero la amnistía no es el elemento central en este acuerdo de La Habana, de ninguna manera. En crímenes atroces habrá entre 5 y 8 años de privación de libertad. En los otros delitos, si colaboran con la justicia, si confiesan la verdad, si hay reparación, si hay respeto por las víctimas, pues se considerarán amnistías.

¿Pero hay o no hay impunidad en el proceso colombiano?

No la hay. Lo que es inevitable es la contextualización de la justicia en el marco político del momento. El fin del conflicto no es un momento jurídico; es un momento político, y la justicia no puede ser obstáculo. La justicia tiene que ser integrada dentro del contexto del acuerdo. En Sudáfrica, el arzobispo Tutú hablaba de lo que llamaba justicia restauradora, que es también una forma de justicia; no una justicia solamente de castigo sino una justicia de curar heridas, de reconciliación nacional.

Lo que está en juego no es el futuro personal de ‘Iván Márquez’, o de ‘Catatumbo’, o de ‘Timochenko’; lo que está en juego es el futuro de Colombia; lo que está en juego es el futuro de una nación que puede despegar para ser una de las mayores revelaciones del siglo XXI; lo que está en juego es que no haya más víctimas, que ya las víctimas del pasado son suficientes. Yo les diría a los opositores: fíjense en los negociadores: el general Naranjo, el general Mora, Humberto de la Calle. Difícil encontrar un equipo mejor o más patriótico. Ellos no son vendedores de la patria; son gente seria que no está negociando con sus amigos, sino con sus enemigos. Mire: yo soy de origen judío y usted es de origen árabe. El pueblo palestino ha sufrido una tragedia de dimensiones cósmicas y está dispuesto a llegar a un acuerdo en el que no haya retorno de refugiados, o sea, que no haya justicia. Comparar ese sacrificio palestino con que si ‘Iván Márquez’ va a una cárcel o no es casi banal.

¿Le ve algún peligro al proceso de paz de aquí al 23 de marzo?

Ya se llegó tan lejos que yo francamente veo que el proceso es irreversible.

¿Usted cree en las Farc?

Hay que ser cuidadosos; que no haya engaños, que no dejen arsenales dispersos, que no entreguen a testaferros negocios ilícitos que han tenido. Yo creo que no hay que creer o no creer; hay es que crear los mecanismos para que cumplan.

¿Deben entregar las armas?

Si no entregan las armas, no hemos hecho ningún negocio. Se tendrá que decidir si se hace a través de terceros o no…

¿Pero es condición indispensable que las Farc entreguen las armas?

Claro. Si los señores quieren las armas, que se vayan de nuevo a la selva y se vuelvan de nuevo a la guerra. Es totalmente inadmisible que no las entreguen.

Pero la guerrilla dice que se quedarán totalmente indefensos sin armas…

Esa es una preocupación legítima, no por eventuales acciones del Ejército sino de exparamilitares, por ‘Bacrim’, o lo que sea. Yo me imagino que el Ejército va a ser capacitado para asegurarles su seguridad.

Para eso tendrán que ser ubicados en zonas precisas.

Ellos quieren 75 o 72 de las que llaman ellos zonas de paz; por supuesto, no desmilitarizadas porque eso sería como sacarlos de la soberanía de la nación. Me imagino que el Gobierno hablaría de 10 o 12 zonas. Incluso menos, con presencia y soberanía del Estado.

Si se firma la paz, ¿usted es partidario de que miembros de las Farc puedan tener representación en el Congreso?

Sí. Con todos los derechos y todas las obligaciones. Ninguna organización política puede entrar al parlamento con armas.

¿Sí tendrán apoyo popular para ser elegidos?

La incorporación a la política no es muy popular porque su fuerza electoral no corresponde a ese ruido que hacen las armas. Se habló de que el Presidente pueda tener la prerrogativa de dar las curules. Es importante para la nación que esta gente tenga una representación política en vez de que sea una organización clandestina, sin respeto por ninguna regla ni ley. Y tampoco es un invento colombiano. Desde Mozambique hasta Irlanda del Norte; desde Sudáfrica hasta Nicaragua, todos los procesos siempre acabaron con los insurgentes entrando en la política.

Las Farc se han financiado con el narcotráfico. ¿Considera que esa actividad es un delito conexo con la rebelión?

Ellos sostienen que no son una organización de narcotraficantes porque tienen que mantener su virginidad revolucionaria, pero efectivamente ellos son una gran mafia en narcotraficantes. De eso no cabe ninguna duda y por eso se metió el tema en la negociación. Ahora, la cuestión es la eliminación de los cultivos.

Pero es un delito conexo con la insurgencia…

Me imagino que lo es, ¿no? Hoy no existe ningún grupo terrorista que no tenga alguna relación con economías ilícitas. Los mayores productores de amapola en el mundo son los talibanes en Afganistán. Estado Islámico se financia con petróleo que ha robado y con extorsiones, porque no tiene territorio.

¿Usted cree posible la paz sin el respaldo del expresidente Uribe?

En los foros en que he participado, he visto que la gente quisiera ver a estos dos grandes presidentes, que trabajaron juntos en una forma extraordinaria en el pasado, que se reconciliaran aunque tengan visiones distintas del proceso.

¿Pero usted cree posible la paz sin el expresidente Álvaro Uribe?

La firma sí es posible.

¿La paz no?

A lo mejor es posible también. El expresidente Uribe es un ciudadano respetuoso de las leyes. Si se firma la paz y el plebiscito lo aprueba, el expresidente Uribe no va a tener más remedio que decir que sí.

YAMID AMAT
Especial para EL TIEMPO