La 'revolución' del marañón, un sueño que ya crece en el Vichada

La 'revolución' del marañón, un sueño que ya crece en el Vichada

Este fruto protege ríos y corredores biológicos, pero también da empleo y progreso.

La 'revolución' del marañón, un sueño que ya crece en el Vichada
21 de noviembre de 2015, 02:32 am

Por décadas estuvo ahí. Sembrado en el antejardín de las casas o en los rincones de alguna plantación pequeña sin que se le diera mayor importancia. Cuando alguien se enfermaba de gripa, lo aprovechaban para hacer con su fruto una bebida caliente que les cortara la tos y el dolor de pecho, pero hasta ahí llegaba su uso.

En Puerto Carreño (Vichada), el árbol del marañón, que produce un fruto suave, de sabor dulce-ácido, y una semilla dentro de la cual viene una nuez, por la que es más reconocido, es uno más entre los pocos que se mantienen en firme en las sabanas inundables de esta región del oriente del país. Sin embargo, desde hace un par de años, y especialmente en los últimos meses, se ha empezado a hablar de él en reuniones de reforestadores y campesinos, quienes quieren volverlo el fruto insigne de estas tierras.

De salida por la carretera que conduce de la capital vichadense a Villavicencio, se observan en perfectas líneas las plantaciones de pino, acacias, eucalipto y otras especies que no crecen naturalmente en la región.

Traídos por empresas extranjeras o del centro del país hasta esta región, llegaron desde el 2008 y su crecimiento ha ido cambiando el suelo del Vichada, considerado por muchos una ‘tierra difícil’, por su acidez, incapacidad de absorber los nutrientes y el alto componente de hierro. (Lea también: Orinoco, el río que va al médico)

Pero de esas tierras ha vivido sin reclamar más el marañón. Detrás de las plantaciones foráneas se ven unos arbustos de no menos de 60 centímetros de esta especie. Tienen un año y para cuando estén en su primera cosecha, dentro de cuatro, alcanzarán entre 10 y 12 metros de alto, sus raíces llegarán a una profundidad similar y sus ramales se extenderán hasta en 8 metros de ancho. Se verán como árboles chatos que intentan tocarse con sus ramas hacia los lados.

Por ahora, José Quintero, ingeniero forestal del proyecto Marañones del Orinoco, en la vereda el Aceitico, a dos horas de Puerto Carreño, les limpia sus raíces, lo poda y los protege de las plagas. “Es un árbol rústico que aguanta bien las temperaturas y la falta de agua”, explica.

La empresa para la que él trabaja, como otras reforestadoras, está proyectando al marañón como un cultivo secundario de cosecha intermedia para soportar los demorados resultados del negocio forestal. Pero también pequeños campesinos, con menor número de hectáreas, quieren cultivarlo y aprovechar sus beneficios.

Sin embargo, las dudas son muchas porque, mientras en países como Brasil e India, el marañón mueve a una gran industria, en Puerto Carreño no se cuenta ni con una planta para procesarlo.

El Centro de Estudios de la Orinoquia de la Universidad de los Andes, en asocio con la Corporación Colombiana de Investigación Agropecuaria (Corpoica), viene adelantando un proyecto de intervención con estas comunidades para permitirles crear por sí mismas una cadena de valor productiva y rentable que potencialice al marañón, el árbol que pasó del anonimato al estrellato en el Vichada.

Un árbol de la casa

Para Javier Orduz, ingeniero agrónomo y director de Corpoica de la sede de los Llanos, el marañón tiene dos grandes ventajas para la región: es un árbol nativo y se aprovecha en un ciento por ciento desde su fruta blanda, pasando por su nuez hasta el tallo del mismo árbol. (Vea aquí: La luz encendió la vida en Cumaribo, el municipio más grande del país)

Este fruto –que proviene de las anacardiáceas, la familia del mango y la ciruela– se demora en nacer por primera vez entre tres y cuatro años y luego anualmente ofrece su cosecha. A los ocho alcanza su madurez.

Entre diciembre y enero, en uno de los dos únicos cultivos que producen actualmente en Puerto Carreño, el de Gustavo Murillo –el primer hombre que llevó el fruto a la región– se ve crecer la fruta. Es más suave que un mango caribeño. Al principio, su cáscara es verde y luego roja, a medida que madura. De ella se derivan hasta 20 productos: vino, jugos, tortas, mermeladas, hamburguesas y hasta jarabe para la tos.

Encima del fruto se halla la nuez, que para los expertos es realmente el fruto. Del aceite que se desprende de su cascarón se pueden hacer derivados químicos como frenos de aviones, y la nuez en sí misma, que tiene forma de un chito, es considerada la más nutritiva de los frutos secos.

De acuerdo con los análisis de Corpoica, los ácidos grasos que tiene lo hacen el más nutritivo de las nueces, por lo que actualmente puede costar dos veces más que un maní.

Una hectárea, que puede contener 60 árboles, produce una tonelada de marañón. Esta es una cifra significativa si se tiene en cuenta que son pocos los cultivos que sobreviven en este suelo: yuca, mango, ají, papaya, maracuyá, guayaba, piña y limón.

Orduz explica que plantar este árbol es más provechoso que, incluso, otros extranjeros porque ya está adaptado a las condiciones de sequía y lluvia de la región y, además, aumenta la capacidad de fijación de carbono de los pastos de sabana, por lo que puede usarse contra el cambio climático.

Además, los árboles sirven de refugio para la fauna porque se convierten en una fuente de alimento. “Haciendo estudios de fauna entre el marañón y otras especies forestales se ha comprobado que este tiene más impacto por contener frutos”, agrega el experto.

Las tierras del Vichada son rojas porque están cargadas con hierro. Eso hace que en el paisaje de la sabana solo predomine el verde de los prados, el azul del cielo y el tono rojizo de la tierra, y por eso con el marañón llegaría algo de sombra para los mamíferos que habitan estas planicies.

En el fondo del paisaje de Puerto Carreño se hallan los bosques de galería que acompañan a los ríos Bita y Meta. Estos se asemejan, si se ven desde el cielo, a espinas dorsales arboladas que bordean el agua de los ríos. Cerca de afluentes también están los morichales, unas islas de frescura en medio de la extensa sabana, donde sobresalen el moriche, una palmera que acumula agua en sus raíces. (También: Autoridades buscan a autor de violento secuestro de bebé en Vichada)

Por la riqueza de estos ecosistemas, distintas organizaciones ambientalistas y científicas como el Fondo Mundial para la Naturaleza y el Instituto Humboldt han intentado blindar los recursos hídricos de la región del desorden de la explotación. Orduz advierte que “el llano es un ecosistema muy frágil y tiene muchos paisajes dentro de él; la agricultura debe identificar cuáles son para aprovechamiento y cuáles no”.

En Puerto Carreño no hay aún una planta procesadora del fruto, ni dónde congelarlo para no perderlo a un día de cosechado. Además, como la electricidad depende de Venezuela, las empresas no se atreven a invertir en generadores propios que luego serían inútiles si no tienen corriente para conectarlos. A eso se le suma que tampoco hay vías para sacar al producto hasta el centro del país.

El Marallano, de Gustavo Murillo, una de las dos marcas que muy artesanalmente se cultivan y producen en este poblado, solo se comercializa en el puerto fluvial, pero no llegan ni a Villavicencio.
Falta industria

Las mujeres son las promotoras de la revolución del marañón en Puerto Carreño. Sueñan con cosecharlo, tratarlo y crear microempresas con él. Aleida Martínez, de la Fundación de Mujeres Vichadenses, asegura que este fruto podrá impulsar a los cerca de 45 productores (entre campesinos y empresarios), que operan en el Vichada.

Según Javier Orduz, de Corpoica, 100 hectáreas de marañón generan más empleo que 100.000 de ganado, porque implica muchos trabajos manuales para el procesamiento tanto de la manzana como de la nuez.

La Universidad de los Andes, a partir de un diagnóstico previo, estima que hay unas 2.500 hectáreas cultivadas con este árbol, entre las que pequeños terratenientes tienen unas 200 o más en cada reforestadora.

Van Hoof Berndhardus, profesor de la facultad de Administración de los Andes, es el coordinador de la intervención en Carreño. El holandés, experto en gestión ambiental, explica que la intención del proyecto es “generar una bola de nieve” en plenas sabanas a 38 grados, para que se vayan agrupando comercializadores, centros educativos y campesinos para aprender a gestionar su producto.

El programa les prestará capacitaciones con una metodología conocida como ‘aprender haciendo’, con la que vienen trabajando desde hace 15 años y que ya han aplicado en cadenas de producción sostenibles en el interior del país.
Carlos Montenegro, director del Centro de Estudios de la Orinoquia, asegura que este proyecto, financiado por recursos de ciencia y tecnología del Sistema General de Regalías, demuestra que la academia y el desarrollo tecnológico pueden mejorar las condiciones del departamento.

Para Sergio Martínez, del equipo de proyectos de Marañones del Orinoco, donde se tienen destinadas para el marañón 250 hectáreas (la finca también tiene 2.000 hectáreas para pino y otras 200 para caucho), se requiere tecnificar el cultivo de este árbol. “Hay mucha producción artesanal, nada que nos permita ser competitivos”.
Colombia importa hoy 130 toneladas, lo que indica que hay un subconsumo, que puede potencializarse, pero también los carreñenses y extranjeros sueñan con exportarlo a Brasil, Estados Unidos y Holanda, mercados donde el fruto es muy apetecido. Así, este árbol que por décadas solo se usó para la gripa podría tener una segunda oportunidad sobre las tierras vichadenses, donde otros árboles han querido llegar, pero ninguno como el marañón podría blindar a la biodiversidad del Orinoco y a la vez traerle trabajo a la región.

Del Orinoco no depende solo la seguridad alimentaria de las comunidades de Vichada y Meta, sino que de su cuenca se deriva la vertiente de Chingaza, que abastece de agua a Bogotá.

Medio siglo de esfuerzos con la fruta

El marañón es originario de la región del Amazonas y del norte de Suramérica. Durante la Colonia, los portugueses lo llevaron al occidente y el norte de África. Después llegó a India, donde se desarrolló como cultivo. Allí, los ingleses aprendieron a consumirlo y de ahí saltó al mercado global.

En América Latina se produce en la región oriental (en la curva que le da forma al Brasil), zona que no tiene muchas alternativas por sus suelos secos. En los 60, el Incora importó a Colombia una semilla de la India, que se comenzó a plantar en los departamentos de la Costa y en Norte de Santander. En el gobierno de Virgilio Barco se quiso implantar el modelo de Brasil, donde se construyeron ciudadelas en torno a la producción de marañón. El gobierno brasileño rebajó impuestos a la multinacionales si ejecutaban planes de conservación con esta fruta, lo que llevó a que hoy tengan cerca de 700.000 hectáreas sembradas.

En Colombia, por un tiempo se financió la investigación en 100 hectáreas, en Carimagua, pero no se llegó a resolver el ítem de una futura comercialización de la fruta, por problemas de orden público en la zona

REDACCIÓN MEDIOAMBIENTE