París

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El hombre es capaz de cualquier cosa con tal de que su enemigo lo gradúe de enemigo.

París
19 de noviembre de 2015, 11:57 pm

Parte de mi familia está en París. O sea que ni los de allá ni los de acá dormimos bien luego de la masacre del viernes. Se nos fue el fin de semana repitiéndonos los unos a los otros la frase más humana que hay: la plegaria breve “todo va a estar bien”. El mundo nunca está en paz, sino apenas en tregua. Se recordó esa noche que el apocalíptico Estado Islámico ha estado asesinando a inocentes en Beirut, en Bagdad, en Damasco (“para purificar la Tierra...”), y no hemos hablado los lectores de esos huérfanos caídos porque un mal día asumimos que así es la vida y así es la muerte –y que el destino es el infierno– por allá en Oriente Próximo. Se describió el horror que persiguió por París a tantos: “tenía pedazos de sesos de mi vecino en mis gafas”, contó una sobreviviente. Pero nuestra respuesta a esta guerra global fue la que puede dar una familia: la oración “todo va a estar bien”, la resistencia.

Cada quien empezó el duelo a su manera: los genios que “van más allá” condenaron, con la cordura de manicomio de las redes sociales, el supuesto esnobismo de quienes se solidarizaron con los franceses; la congresista colombiana que sabemos no solo aprovechó la tragedia para comparar al EI con las Farc, en Twitter, sino que lanzó sus chistecitos sobre la matanza; muchos más fueron de la negación a la ira (“has matado a nuestros hermanos en Siria: es tu turno, infiel, cruzado...”, gritaban los verdugos recalcitrantes a los indefensos que apenas si entendían que era el fin), pero en la ira se quedaron atrapados para reclamarles a los vengadores de Occidente, autores materiales e intelectuales de tantos de sus enemigos, que sigan pacificando e invadiendo lo invadido: “hay que destruirlos...”.

Habría que decir, mejor, “hay que defenderse”. Habría que saber de quiénes. Tendría que ser claro que el EI, una perversa pieza del ajedrez mundial que se les salió a los países de siempre de las manos, es una marcha de ocho millones de desposeídos y humillados que se han aferrado a la misión demencial pero trascendental –el pesado privilegio más allá de sus propias vidas– de librar a Alá de sus enemigos. Ponen en escena la ley islámica, la sharia, a sangre y fuego, como si los últimos seiscientos años hubieran sido en vano. Desprecian la familia como un obstáculo a la gloria. Quieren esclavizar, torturar, desmembrar, masacrar. Quieren, precisamente, que los bombardeen al día siguiente, que los invadan. Buscan que los sigan repudiando. Y celebrar en las redes sociales su martirio.

Que sus odiados “romanos” los llamen psicópatas, escupan en su bella religión, caigan en la trampa de la xenofobia y cobren el horror a la inmensa mayoría de musulmanes que conviven con los otros: ese es el sentido de sus vidas.

El hombre es capaz de cualquier cosa –de cometer pequeñas mezquindades en Facebook, de protagonizar un poema épico en su cabeza, de militar en la soberbia de los otros, de bombardear caiga quien caiga– con tal de que su enemigo lo gradúe de enemigo. Dice el periodista francés Nicolas Hénin, torturado por el EI durante meses, que la derrota del terror no es el terror, sino la resistencia. No la resignación, no, la resistencia: la manía de vivir como se es a pesar del miedo, de cerrarle las puertas de la casa a la violencia, de dejar que sean los políticos los que vivan de engendrar vengadores, de atrincherarse en la familia mientras pasa el duelo, de velar a las víctimas, de reconocer a los ninguneados, de no desdibujarse ni morder la carnada de los desesperados.

Mi familia de allá pregunta qué tal se ve lo de la paz acá en Colombia. Y, viéndolo bien, la respuesta es “por lo menos se intenta”, por lo menos se llama menos a la guerra desde la tribuna, y se resiste.


Ricardo Silva Romero

www.ricardosilvaromero.com