Censura pura

Censura pura

La idiotez o la maldad no se combaten con crítica o desprecio, como debería ser, sino con censura.

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11 de noviembre 2015 , 06:36 p.m.

Yo entiendo, de verdad, o al menos trato de hacerlo, lo que está detrás de quienes censuran cualquier cosa –cualquiera: el humor, el pensamiento, el lenguaje– por considerarla ofensiva y dolorosa para mucha gente. Por lo general se trata de un esfuerzo bien intencionado que nace de la certeza de que al final lo simbólico va mucho más allá del símbolo, digámoslo así, y puede engendrar o perpetuar infamias e injusticias que son reales.

Yo entiendo eso y entiendo también que estamos en una época mucho más sensible y mucho más consciente de muchas cosas, en la que fenómenos que antes se consideraban normales hoy ya no lo son, entre otras porque un sinnúmero de luchas sociales muy valiosas y valientes se libraron para que eso fuera así y el mundo fuera un lugar más justo y respetuoso. Eso lo sé.

Y sé que quienes buscan que las conquistas de esas luchas sociales estén presentes en lo simbólico –en el humor, por ejemplo, o en el pensamiento o en el lenguaje; y es que nada hay que no sea simbólico en el mundo– lo hacen casi siempre de buena fe. Pero de verdad creo también que el camino punitivo y represivo para lograr eso, por justa que sea su causa, es el peor de todos. El que más deshonra los fines que lo inspiran.

Lo acaba de decir John Carlin en una muy buena columna en El País de España: el mundo vive, desde hace años, un “fascismo lite” (son sus palabras) nutrido con los mejores propósitos y por culpa del cual nadie puede decir ni pensar casi nada, porque la consecuencia inmediata de hacerlo es un linchamiento puritano, infantil, furioso e irracional que borra la posibilidad de cualquier diálogo o cualquier discusión.

Ese fascismo, el fascismo de los buenos, puede llegar a ser la inquisición en su peor especie: un sistema totalitario contra el que no se puede hacer nada, porque quien se le opone lo hace también, en teoría, contra la nobleza y la pureza de sus causas. Una tiranía perfecta donde los voceros arbitrarios de la tolerancia o el pluralismo o el respeto ni son tolerantes, ni son pluralistas, ni respetan a nadie que no piense como ellos.

Y lo peor es que esa tiranía, como muy bien lo dice Carlin en su artículo, ha colonizado sin remedio espacios que deberían ser su negación, su mejor antídoto, como la academia o la prensa, en donde hay ejemplos de sobra de mártires de la corrección política a los que una turba enfurecida y biempensante les acabó la vida por decir lo que fuera, qué sé yo: que fumar mata tanto como vivir, por ejemplo.

Pues no: en un mundo que se siente cada vez más ilustrado y progresista, más iluminado y sensible, mejor, lo que se advierte a diario es muchas veces lo contrario: una incapacidad manifiesta para el ejercicio de la comprensión y la compasión; una atrofia del buen juicio y la sensatez que hace que una cantidad de gente no pueda distinguir los matices de las cosas, o ni siquiera discutirlos.

Como niños solemnes y trascendentales –eso somos, para allá vamos– incapaces de entender o juzgar nada. Por eso la idiotez o la maldad o la vulgaridad no se combaten con la crítica o con el desprecio, como debería ser, sino con la censura; y en vez de discutir las cosas o dejar que muchas visiones sobre ellas se expresen en libertad, por estúpidas que sean, las reprimimos con beatería de pueblo.

Yo creo, por ejemplo, que nada hay más triste que el humor colombiano; nada más deprimente aquí que un festival de chistes o una comedia. Pero prefiero discutir eso, qué es divertido y qué no y para quién, dónde están los límites de todo, a que nadie me lo imponga a la fuerza. Así no.

Aunque siempre queda como esperanza y consuelo la frase de Karl Kraus: “Las sátiras que el censor entiende merecen la censura”.


Juan Esteban Constaín

catuloelperro@hotmail.com

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