Lesbos, la cara griega del drama de la inmigración

Lesbos, la cara griega del drama de la inmigración

La tercera isla más grande de Grecia se ha convertido en los últimos meses en la entrada a Europa.

Lesbos, la cara griega del drama de la inmigración
14 de octubre de 2015, 11:36 pm

Lesbos. Han pasado 10 minutos y una de las embarcaciones que venían camino a la costa de Eftalou, en el norte de la isla de Lesbos, no se mueve.

A través de los binóculos, Eric Kempson observa que cinco personas se han tirado al agua y el resto hacen señales con sus chalecos salvavidas, la mayoría de color naranja.

“Es símbolo de que son sirios, los naranjas son los más caros”, dice Philipa, que, junto con Eric, su esposo, ayuda a alrededor de 3.000 refugiados –la mayoría sirios, pero también afganos, iraquíes e iraníes– que desembarcan en estas playas cada día.

Quince minutos más tarde, gracias a una llamada de auxilio de los voluntarios, se observa cómo una corbeta de los guardacostas griegos se acerca para auxiliarlos. Desde la playa se celebra. Lesbos, la tercera isla más grande de Grecia, con 85.000 habitantes, se ha convertido en los últimos meses en la principal entrada a Europa, a menos de 10 kilómetros de distancia. Más de 200.000 personas han desembarcado en estas playas desde comienzos del año, la mitad de ellos, en verano.

“A esta isla siempre han entrado emigrantes, pero en número bajos –se calculan 1.200–. Sin embargo, todo cambió en febrero pasado, cuando nos dimos cuenta de que cada vez llegaban más mujeres y niños, especialmente sirios”, cuenta Eric, un artista británico que vive en la parte norte de Lesbos desde hace 16 años. Su casa hace las veces de centro de operaciones donde decenas de voluntarios llegados del norte de Europa le ayudan con la organización de alguna donaciones.

Un poco de ropa, especialmente para los más pequeños. Otro tanto de medicinas, cientos de botellas de agua y un poco de limpieza en estas playas que de ser una de las principales atracciones de la isla han pasado a estar cubiertas con miles de chalecos y botes desinflados que los refugiados dejan a su paso. Nada suficiente para aliviar las necesidades. Y aunque la ayuda ha empezado a llegar desde que el pequeño Alan Kurdi muriera en estas aguas, todavía no hay un despliegue necesario.

A pocos kilómetros, en el pintoresco puerto el puerto de Molyvos, rodeado de tabernas griegas y casas de piedra, dos guardacostas registran los nombres y nacionalidades de cada uno de los 57 tripulantes que han rescatado. Desde hace meses, no tienen descanso. Uno de los funcionarios, que pide no ser identificado porque no está autorizado para hablar, describe el drama que se vive en el mar como inhumano. “Este es un asunto de toda Europa, no solo de Grecia”, dice al reconocer que hacen todo lo que pueden, pero no es suficiente.

“Estábamos a mitad del camino cuando el motor paró y el agua empezó a entrar. Los hombres que sabían nadar se tiraron para empujar, pero era muy pesado. Fue un sentimiento muy extraño pensar que mis hijos iban a morir en el mar y no en la guerra”, explica Rania, una profesora de inglés proveniente de las afueras de Damasco que viajaba con sus dos hijos y su sobrino. Según cálculos preliminares de Acnur, alrededor del 50 por ciento de los refugiados que llegan son adultos, algunos, acompañados de menores. El resto son familias. Un 30 por ciento son menores de edad.

Como muchos de los que se bajan de estas embarcaciones, Rania no tiene claro a dónde va. Solo busca un lugar seguro. “Mis hijos ya no podían vivir en Siria. Tenían pesadillas por los bombardeos y por el temor a que Daesh les fuera hacer algo”, dice. Su esposo no tenía las capacidades físicas para viajar, así que ella decidió viajar sola. “Estoy agradecida con Grecia porque nos rescataron. Nunca lo olvidaré”, dice.

Su grupo ha tenido suerte. En los últimos días se han hundido dos embarcaciones en el mismo trayecto que recorrían. Más de una veintena de refugiados, incluidos varios niños, han muerto o están desaparecidos. En estas playas, los voluntarios se quejan de que una de las razones, más allá del cambio del tiempo o el sobrecupo de los barcos, es la calidad de los motores. Cada vez son más viejos y de menor potencia. “Creo que los están reutilizando”, señala uno los voluntarios que llama la atención sobre una escena que se observa en cada desembarco: un par de hombres locales esperan en la orilla, se suben a la balsa antes de que sea explotada por los refugiados –tal como se lo ordenan los traficantes–, bajan el motor y se los llevan.

La escena ocurrió el fin de semana pasado: después de cruzar el mar Egeo, migrantes de Oriente Medio llegan a la isla griega de Lesbos en un bote inflable. AFP

De momento, el bote de Rania es el único que ha tenido problemas en esta jornada de septiembre en la que han llegado a la costa 32 embarcaciones, que suman casi 2.000 personas. Pero son apenas las 5 de la tarde y todavía se esperan muchas más. “Algunas veces llegan en la madrugada completamente atemorizados”, relata Eric.

El ritual de la llegada, por lo general, es el mismo. Una vez en tierra, se abrazan; los que han tenido un mal viaje descansan en la playa y calman su ansiedad; la mayoría se toman la selfi del recuerdo, reciben agua y algunas provisiones de los voluntarios, y a caminar. Todavía les faltan alrededor de 70 kilómetros para llegar a los centros de registro situados cerca de la capital, Mytilini, donde tendrán que obtener un permiso que les permita tomar un ferri rumbo a Atenas y continuar su camino hacia el norte de Europa.

Si tienen suerte, podrán encontrar cupo en uno de los autobuses dispuestos por Acnur, que empiezan a operar con más frecuencia. Pero muchos tienen que caminar. Algunas veces, hasta tres días por una carretera, con algunas cuestas que se hacen aun más difíciles bajo el sol inclemente. Como respuesta, algunos voluntarios o turistas hacen caravanas para llevarlos en carros privados. Los taxis y transportes de pago tienen prohibido recoger refugiados sin la certificación. Los locales son más reacios.

En las calles empedradas de Molyvos, con unas vistas encantadoras del Egeo, decenas de turistas se mezclan con solo algunos refugiados que entran al pueblo en busca de comida. El resto de los que llegan permanecen a la entrada del pueblo a la espera de un bus soñado que les acorte el camino. Muchos duermen en las aceras, especialmente los niños. El cansancio provocado por días sin dormir en territorio turco, sumado a la angustia del viaje marítimo, los fulmina. Las instalaciones de un colegio donde antes descansaban han sido cerradas por las autoridades locales. Y los baños portátiles que han sido donados para aliviarles la espera están abandonados en una esquina sin instalar.

Un sector de la población de Molyvos tiene miedo de que lleguen más refugiados si se les ayuda. Y por eso impiden que se les dé cobijo en las zonas cercanas. Los señalan de haber desmotivado a miles de turistas que suelen pasar los meses de septiembre y octubre en la isla, pero sobre todo temen que afecten la próxima temporada veraniega.

Molyvos, como la mayor parte de Grecia, no solo vive del turismo, sino que también sufre la crisis económica del país. El desempleo entre la juventud sigue siendo crítico y el control de capitales sigue operando para todos, únicamente tienen derecho a retirar 420 euros a la semana.

“No es que no sintamos pesar por lo que les pasa. Pero nosotros somos un país en crisis y nos están matando el turismo. Además no sabemos quiénes son la mayoría de ellos”, dice la dueña de un almacén de Molyvos, que pide que no se dé su nombre. “Con los sirios no tenemos problemas, ellos traen dinero, pero sí con los afganos, son peligrosos”, dice.

Desde que a principios de septiembre se dieran enfrentamientos entre afganos y sirios, la población ha desconfiando de los primeros. Para entonces, 30.000 refugiados esperaban a ser evacuados de la isla y las tensiones estuvieron a punto de crear un caos en Mytilini, donde acampaban la gran mayoría. Varias riñas y tumultos llevaron a las autoridades a tomar medidas.

Trajeron más barcos para descongestionar la isla y decidieron abrir dos campos de registro, uno para sirios y otro para el resto de los refugiados que llegan, lo que creó mayores divisiones entre ellos. Mientras que el registro de los sirios tarda un día, los demás tienen que esperar tres, al menos. “Soy iraquí de Mosul, huyo de Daesh, pero para los griegos los sirios tienen más derecho que yo”, señala Haider, un ingeniero de 24 años que huye con su mujer.

Desde la oficina de Spiros Galino, el alcalde de Lesbos, se observa el puerto de Mytilini. Dos ferris están estacionados en el puerto a la espera de transportar más de 5.000 personas que están listas para viajar. Muchos de los que no han encontrado billete matan las horas hasta que llegue el barco del día siguiente en las cafeterías alrededor del puerto. Otros buscan refugio en cualquier acera, la mayoría de los hoteles prefieren no alquilarles sus cuartos. Si bien pueden esperar en los campos de registro, muchos prefieren buscar un cambuche en el centro de la ciudad o en el puerto, que ha terminado por convertirse en un campo provisional.

“Sé que hay algunos locales inconformes, pero la mayoría han mantenido la calma. Y esto es un ejemplo para la comunidad internacional. Nosotros solos hemos manejado esta crisis”, dice Galino, que asegura que le preocupa que la situación pueda empeorar. Hasta ahora han creado tres campos de acogida, que no dan abasto, y tienen planeado abrir otros dos más. Pero para eso necesitan fondos de la Unión Europea que todavía no llegan.

“Lo que está pasando es un crimen. Esta gente pone todos los días su vida en riesgo y cae en manos de traficantes que ganan mucho dinero. Tenemos que hacer algo para parar esto; de lo contrario, seremos igual de culpables”, concluye Galino, que teme la llegada del mal tiempo. Entonces la situación será peor.

CATALINA GÓMEZ ÁNGEL
Especial para EL TIEMPO