La empleada doméstica que alecciona al país

La empleada doméstica que alecciona al país

Según el Informe de Trabajo Decente, las personas inscritas a sindicatos pasó de 830.000 a 960.000.

La empleada doméstica que alecciona al país
8 de octubre de 2015, 02:55 pm

María Roa Borja fue empleada doméstica por casi 10 años. Nunca tuvo vacaciones, ni seguridad social, tampoco le pagaban el salario mínimo legal y trabajaba casi 14 horas al día.

Ella estuvo este miércoles en la presentación del VIII Informe de Trabajo Decente, que recoge las condiciones laborales de las y los trabajadores según los parámetros con los que lo define la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

El informe indica que 4,4 de cada 100 trabajadores del país están sindicalizados. En los últimos años, el número de personas inscritas a estas asociaciones pasó de 830.000 en el 2010 a 960.000 en el 2014.

Según Borja, estos índices demuestran un avance en la conciencia de los trabajadores acerca de sus derechos, porque, señala, “es solo a través de la unión de los trabajadores de cada sector del país que se pueden lograr cambios fundamentales en las leyes y normas”.

Unirse y velar por sus derechos es lo que precisamente ha hecho Borja, que en el 2013, junto a otras 28 mujeres afrodescendientes se unió para conformar el Sindicato de Trabajadoras Domésticas Afrocolombianas, que hoy en día tiene 125 afiliadas en la ciudad y espera abrir una sede en Apartadó, Urabá antioqueño.

Ese es su gran logro. Expresa que se siente orgullosa de velar por los derechos de todas estas mujeres que “son excluidas y marginadas en sus trabajos”.

Todo esto lo dice desde la experiencia, pues cuenta que hace 10 años trabajó como empleada interna en una casa de dos niveles y ganaba solo 270.000 pesos. Iniciaba labores a las cuatro de la mañana y terminaba a las 10 u 11 de la noche, cuando todos se acostaban.

“Solo cuando dejaban de pedirme comida, que les pasara esto y aquello, que fuera a la tienda y de más, podía irme a descansar. Todo el día estaba en función de servirles, por eso no pude estudiar, que era lo que deseaba”, cuenta.

El dinero que ganaba no le alcanzaba para el mercado, el cuidado de los niños y los gastos de la casa. Además, se sentía poco valorada y discriminada.

Desde un principio le dieron platos, vasos de plástico y sus propios cubiertos, además no podía comer lo mismo que la familia. Solo podía consumir ciertos alimentos.

El excesivo trabajo, de viernes en la tarde a domingo en la noche, la enfermó, así que renunció y comenzó a trabajar por días. Pero tampoco tenía seguridad social, ni vacaciones o subsidio de transporte.

Sus jefes le pagaban lo que consideraban que estaba bien con respecto al trabajo que había hecho, pero nunca lo que era justo por derecho.

“Los sábados, cuando salía de trabajar, me iba para el parque San Antonio, donde me reunía con otras mujeres que se dedicaban a lo mismo. Allí hablábamos de los abusos, lo pesado del trabajo y la mala paga”, relató la mujer de 36 años. De estas reuniones comenzó a conformarse el grupo.

Las charlas informales, historias, quejas e inconformismo iban siempre unidos de los consejos y la solidaridad. Todas ellas tenían algo en común: sentían que sus derechos eran violados y el trabajo que realizaban era despreciado socialmente.

“Me cansé, no quise seguir como empleada, ahora trabajo en una litografía, así que tengo más tiempo para mi familia y me dedico de lleno a la defensa de los derechos de las empleadas domésticas. Ese se convirtió en mi fin”, dice.

Hace seis meses María Roa Borja pronunció un discurso de 20 minutos en el Auditorio Tsai de la Universidad de Harvard, en Boston. Que la mayoría de estudiantes, académicos y líderes que la escucharon, utilizaban equipos para traducir su español del Urabá antioqueño.

Después de ella habló el gran pensador Noam Chomsky; al final, de repente le nació decir: “Si ustedes tienen en sus casas una empleada del servicio doméstico, valórenla. Somos seres humanos y aquí estamos para apoyarlos”. Los asistentes se levantaron, derrochando aplausos.

Quizá, dice Borja, su labor no haya cambiado radicalmente la realidad social y económica de las empleadas domésticas, pero se están generado cambios como el proyecto de ley que busca que se pague la prima de trabajo a los empleadas domésticas.

La idea es modificar el artículo 306 del Código Sustantivo del Trabajo, en el cual quedaría consignado que “todo empleador está obligado” a pagar a cada uno de sus trabajadores la prima de servicios.

Según datos del sistema de Compensación Familiar, para el mes de diciembre de 2012 había 6.000 empleadas domésticas afiliadas, y al 30 de abril de 2014 la cifra llegó a 72.000.

Para ella, los cambios son paulatinos, no llegan de repente, pero sí espera que las condiciones laborales y sociales vayan cambiando. Su próxima meta es estudiar derecho para continuar su defensa de los derechos de las mujeres.

PAOLA INES MORALES E.
EL TIEMPO
MEDELLÍN
inemor@eltiempo.com - @paoletras