Editorial: El contragolpe de Maduro

Editorial: El contragolpe de Maduro

Ante los nuevos embates, Colombia debe mantener su postura de sensatez y voluntad de diálogo.

08 de septiembre 2015 , 07:28 p.m.

Cuando colombianos y venezolanos comenzaban a ver, ilusionados, tímidas pero dicientes señales de que la crisis en la relación binacional podía superarse, el presidente Nicolás Maduro sorprendió este martes con la decisión de cerrar el paso fronterizo de Paraguachón, en La Guajira. Estamos ante una determinación que, junto con nuevos y destemplados dardos contra el país, y en particular contra la canciller, María Ángela Holguín, arrancó de raíz la esperanza de una pronta solución de la crisis que había germinado entre la gente de lado y lado de la frontera.

Son ellos, a fin de cuentas, los más perjudicados por estos arrebatos y a quienes más les cuesta entender que asuntos tan ajenos a ellos como, por poner un ejemplo, la posibilidad de perder en las urnas el control sobre el Legislativo por parte del oficialismo venezolano perjudiquen de forma tan severa su cotidianidad. Y es que, no sobra recordarlo, por más que las capitales no siempre lo reconozcan, estamos ante regiones –las zonas limítrofes– con comunidades y economías con tantos vínculos que en ocasiones la línea fronteriza es más visible en los mapas que en la vida de las personas.

Por lo anterior, y por razones que ya se han expuesto en este espacio, y que tienen que ver con el deber del gobierno de Juan Manuel Santos de no prestarse para el insensato juego planteado desde Miraflores, ante esta nueva provocación conviene mantener esa postura que combina sensatez, firmeza y voluntad de diálogo. No obstante la beligerancia y el desconocimiento de los más elementales códigos, no solo diplomáticos, sino del trato interpersonal, es preciso conservar siempre abiertos los canales que los cánones de la diplomacia establecen para superar las tensiones y retomar la normalidad que les conviene a millones frente a los roces que usufructúan unos pocos con opacos intereses.

Con esto claro, y lamentando que un departamento que hoy afronta tantas dificultades, como La Guajira, sume una más, hay que decir que la búsqueda de soluciones por las vías del diálogo y el entendimiento tiene un límite, que lo marca la ansiedad del gobierno vecino, la misma que le impide aceptar que la mejor manera de luchar contra azotes como el contrabando es coordinando los esfuerzos de ambos lados.

Así las cosas, hay que incluir entre los distintos escenarios futuros el de un cierre fronterizo por largo lapso. Aunque, por supuesto, es el menos deseado, dado que el nivel de pugnacidad que se observa en Caracas es cada vez más factible. De cara a esta posibilidad, vale advertir que, a diferencia de hace una década, Venezuela ya no es un aliado clave para la economía del país. Hoy serían menores los costos de una ruptura prolongada. Según cifras del Dane, solo el 3,2 por ciento de las exportaciones de los primeros siete meses del año tuvieron ese destino.

Comenzar a prever que la situación tome ese indeseado rumbo implica, sobre todo, no bajar la guardia en la forma como desde distintos frentes se ha atendido a los que han regresado, y reproducir modelos de gestión y gerencia exitosos en otras crisis humanitarias. Exige también un buen criterio que evite que el péndulo de la atención estatal termine en el extremo del asistencialismo. Se trata de darles las herramientas para empezar, autónomos, una nueva vida en su tierra natal.

editorial@eltiempo.com

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