¡Cumplo noventa años!

¡Cumplo noventa años!

Tengo por un privilegio llegar a viejo. Llego, pletórico de vida y felicidad, al final de mis días.

¡Cumplo noventa años!
20 de agosto de 2015, 12:38 am

Tengo por un privilegio llegar a viejo. He vivido 90 años. ¡Soy un viejo feliz!

Nací el 21 de agosto de 1925, en Medellín, de una familia profundamente católica, vale decir, seguidora de Jesucristo, quien ha sido la razón de ser de mi existencia.

Mañana cumplo 90 años de vida plena, y estoy próximo a ajustar 75 de jesuita, 60 de sacerdote y 50 de escritor. Vivo la dicha de ser sacerdote desde 1956. Parece que fue ayer cuando se coló esta felicidad por todos los poros de mi ser.

Dios me dotó con la intuición de algunos cambios de formulaciones de la Fe. Lo cual me ha traído algunas sanciones de los guardianes de la Fe. He sido frentero e innovador, no rebelde ni desobediente. Como comprendo la solicitud de quienes me han sancionado, no albergo resentimientos ni amarguras por sus intervenciones, sobre todo la última, del padre General de la Compañía de Jesús y del Arzobispo de Bogotá, de dar por terminada mi labor de escritor; es decir, me amordazaron quitándome la libertad constitucional de escribir.

Quiero recordar algunos hitos de mi pedregosa carrera de escritor.

La primera acusación a Roma contra mis enseñanzas se produjo en los albores de mi apostolado intelectual, cuando divulgué en Colombia las ideas del sabio jesuita Teilhard de Chardin. Sencillamente, me pronuncié a favor de una creación evolutiva, que comenzó con el Big Bang, hace 13.700 millones de años. El episcopado en pleno puso el grito en el cielo y me acusó a Roma por estar dando “cristiana sepultura” a los personajes Adán y Eva.

Vino luego el problema de la regulación de la natalidad, que prohibía a las parejas católicas regular artificialmente su natalidad y que prescribía orientar cada acto conyugal a la procreación. Me puse de parte de los esposos, a favor de su derecho a programar sus hijos. Nueva intervención de los señores obispos y nueva acusación a Roma, que no prosperó. El Concilio Vaticano II y la Comisión Pontificia para el Estudio de la Población me dieron la razón.

Enseñé, luego, el derecho de los católicos a no acatar, por excepción, algún mandato de la Iglesia, siguiendo el dictado sensato de su conciencia. El papa Benedicto XVI, siendo joven profesor, ante la solicitud que le hizo el cardenal Frings, de Colonia, de un recurso doctrinal para evitar que muchas parejas católicas se retiraran de la Iglesia, recordó una norma sensata que confirma el derecho de los esposos a no acatar algún mandato de la Iglesia. Recordó Ratzinger: “Aun por encima del Papa, como expresión de lo vinculante se halla la propia conciencia, a la cual hay que obedecer ante todo, si fuere necesario incluso en contra de lo que diga la autoridad eclesiástica”.

Recientemente me llegó una dura sanción por intuir esta verdad: que Jesús perteneció a una familia judía numerosa, compuesta por dos jóvenes esposos, María y José, y por varios hermanos varones, cuyos nombres aduce el Evangelio: Santiago, José, Simón y Judas, y varias mujeres. Mt 13,55. Se necesita ser tan ingenuos como los defensores del mito de la cigüeña, que traía al bebecito en una cestita, para seguir creyendo el cuento de los “primos hermanos” de Jesús. Desde que el teólogo católico alemán Rudolf Pesch defendió que se trataba de verdaderos hermanos de Jesús, son muchos los teólogos católicos que ponen en duda la virginidad corporal de María, sin que hayan sido sancionados por la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Llego, pletórico de vida y felicidad, al final de mis días. Con modestia puedo confesar con san Pablo: “Estoy a punto de ser derramado en libación; el momento de mi partida es inminente. He terminado mi carrera, he conservado la Fe”.
Una cosa pido y espero se me conceda. Que sobre mi tumba se grabe esta elocuente inscripción: “Aquí yacen los restos de un hombre a quien la fe en Jesucristo lo hizo libre y feliz”.

Alfonso Llano Escobar, S.J