La vida de una familia después del feminicidio

La vida de una familia después del feminicidio

La Corte Constitucional falló a favor de Sandra Patricia Correa, asesinada por su exesposo

La vida de una familia después del feminicidio
18 de agosto de 2015, 12:59 pm

 En el 13 de Noviembre, en una loma de la zona periférica oriental de Medellín, de calles estrechas y casas desordenadas, vive Flor Alba Velásquez, una de las hermanas de la mujer que hace tres años fue asesinada por su exesposo y cuyo caso es el primero en el país en ser declarado feminicidio por la Corte Constitucional.

Allí, divididos por solo una pared de la casa en donde convivieron Sandra Patricia Correa y Alexánder de Jesús Ortiz Ramírez, crece ahora su hija María Fernanda, de 9 años de edad, junto a su hermana Angie Patricia, de 17 años, junto a su tía y a sus dos primas.

Para Flor Alba Velásquez, las vidas de las hijas de su hermana menor no han sido normales, ni fáciles, pero ahora observa cómo las dos se mueven con tranquilidad en el hogar que ella les ha brindado.

“Hay cosas difíciles que hay que afrontar. Por ejemplo, cuando ella murió, el psicólogo y yo nos dimos cuenta de que Alexánder le había dicho a María Fernanda que se envenenaran los dos para hacer sufrir a la mamá. Uno trata de que ella borre de la mente todas esas cosas”, cuenta Alba.

Para la mujer es difícil olvidar cómo Alexánder, al que su familia conocía desde la niñez porque se criaron en el mismo barrio del municipio de Betulia, le quitó parte de su vida y privó a las dos niñas de tener una madre.

Desde un principio, cuenta Flor Alba, cuando la pareja decidió convivir, él comenzó a vigilar y a celar a su hermana. La espiaba cuando iba a la tienda, cuando salía al antejardín de su casa o a hablar con las vecinas y no la dejaba ir a reuniones familiares.

Todo el tiempo quería que Sandra Patricia estuviera adentro de la casa. Cuando estaba en la calle o donde una vecina él la miraba desde la puerta y ella, del miedo, se entraba. Mi hermana quería ser libre, pero ni podía hablar con nosotras, mucho menos con un hombre. Él era celoso a morir”, recuerda Flor Alba.

Estos sentimientos enfermizos o de propiedad hacia Sandra Patricia dieron origen a una conducta violenta que desencadenó en septiembre de 2009, cuando Alexánder persiguió a Flor Alba desde su casa hasta una tienda cercana y le propinó nueve puñaladas. “Fue un ataque de celos y de desesperación”, relata Flor Alba.

Ellos se separaron pero él constantemente la amenazaba. A la final resultó volviendo, muy en contra de nosotros. Cuando esto sucedió fue muy fuerte, porque yo veía en él a una persona mala, manipuladora y posesiva. De ahí en adelante fue peor”, cuenta la hermana.

Unos días después, cuando la mujer aún no se había recuperado, Alexánder regresó a la casa y amenazó con llevarse a la hija si su compañera lo expulsaba del lugar.

Tres años después, en septiembre de 2012, Alexánder la volvió a agredir físicamente al encontrarla chateando. A raíz de eso, contó Flor Alba, “le sacó la ropa” a la calle y él se fue a vivir en otro lugar, en una habitación que rentó en una casa cercana. Incluso, a Sandra le advirtió que, solo por encima del cadáver de él, ella se conseguía a otra persona.

Los días que siguieron fueron de acoso total. Él llamaba a todas horas al celular y al teléfono fijo para comprobar que la mujer estaba sola. Los viernes se embriagaba, iba a la casa de ella y le gritaba que la iba a matar.

Dos meses después, un 17 de noviembre de 2012, cuando ya estaban separados, Alexánder consiguió que Sandra lo acompañara al motel ‘Romantic Suites’, en el centro de Medellín.

“Ingresaron al lugar hacia las 3 de la tarde, dialogaban “cómodamente” –dirían luego las autoridades de policía en su informe— y subieron a la habitación 402. De allí Alexánder salió a la hora, luego de asestarle a la mujer una puñalada en la parte izquierda del tórax, a causa de la cual falleció en el lugar”, dice la sentencia.

Ante estos hechos, que evidencian una forma de violencia extrema contra una mujer, la Corte Constitucional sentenció:
“No hay duda que el procesado, como si se tratara de una cosa, sentía de su propiedad a Sandra Patricia Correa. Era evidente que la negaba como ser digno y con libertad. La discriminaba. La mantenía sometida a través de la violencia constante (...) Ella no dejó de pedirle que se fuera. Y cuando al fin se marchó, luego de una nueva agresión física, la continuó hostigando, le siguió haciendo saber que era él o ninguno y que la mataría”.

Después de tres años de la muerte de su hermana, Flor Alba Velásquez recuerda estos hechos en detalle. Quisiera no hacerlo, no tener memoria para el sufrimiento. Dice que cada vez que cuenta la historia la revive, porque le quitaron a su mejor amiga.

“Yo creo que uno nunca está conforme porque nos negaron un pedazo de mundo. Pero ojalá Dios me dé tiempo para yo poder formar a María Fernanda, y cuando tenga que enfrentarlo, lo haga de forma consciente”, dice la mujer.

Ahora cuida a las dos hijas de su hermana como si fueran propias. Angie, que se retiró del colegio hace dos años, ayuda en las tareas cotidianas de la casa, cuida a los niños del hogar comunitario del Icbf que maneja la tía. Dice que volverá a estudiar y que será enfermera.

“Mi mamá también tenía un hogar y como nos la llevábamos tan bien, éramos más amigas que nada, yo permanecía en la casa y le ayudaba en la comida y en el cuidado de los bebés”, dice la hija mayor.

La más pequeña estudia en el colegio del barrio, repite tercer año de primaria y va al psicólogo una vez por semana.

También juega, canta, desfila con los tacones de sus primas mayores y le encanta el maquillaje, al igual que su madre.

“En las dos veo a mi hermana. La misma sonrisa, la forma de ser vanidosa, siempre arreglada, hasta en las peores circunstancias. Ella era la alegría de todos”, añade Flor Alba.

PAOLA MORALES ESCOBAR
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