Cartas recomendadas

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Cada carta llega cuando tiene que llegar; toda botella de náufrago llega algún día a la playa.

Cartas recomendadas
18 de junio de 2015, 12:52 am

La semana pasada una buena mujer de más de 80 años, Thérèse Pailla, recibió en su casa de Trélon, una comuna en el norte de Francia, una carta para ella. O casi, casi: la carta iba dirigida en realidad a su bisabuelo, Amand Pailla, y fue escrita y enviada el 22 de enero de 1877. Algo la detuvo por el camino y apenas ahora, 138 años después, llegó por fin a las manos de su destinatario, solo que el pobre murió en 1897 sin recibir ni leer jamás esa carta que un día fue para él.

Su anciana bisnieta la recibió entonces, como cuentan los periódicos locales –cuál no lo es–, primero con desdén y luego intrigada, sin entender nada. La abrió y la leyó varias veces, corrió a llamar al cartero que se la había dejado. ¿Qué broma era esa? ¿Quién carajos se atrevía a escribirle desde ultratumba? El tipo tampoco sabía qué decirle, la verdad. Porque además él estaba allí solo cumpliendo con su oficio de cartero, su oficio en vías de extinción.

Pero sí le pareció muy rara la cosa, y entonces llamó a sus colegas del pueblo. Los pocos que quedan. Y como Trélon es una comuna tan pequeña, muy pronto había frente a la casa de Thérèse Pailla una verdadera cumbre de carteros, analizando todos con cara muy docta y solemne qué podía haber pasado para que esa carta se hubiera demorado así. Ninguno lo podía creer; ninguno paraba de dar resoplidos y mover la boca, que es como un amigo dice que se habla en francés.

Y como en este mundo de hoy las noticias vuelan y todo salta de inmediato a la red y todos vamos a acabar hablando con la mano en la boca, como los futbolistas pero hasta en nuestra propia casa, pues la noticia de la carta de Trélon que nunca llegó –nunca antes– se filtró al periódico local y muy pronto la supo el planeta entero, con titulares de ficción que solo puede engendrar la realidad: ‘Una demora postal de más de un siglo...’, ‘Octogenaria bisnieta viola la correspondencia de su bisabuelo...’.

La Poste, la empresa postal de Francia, ha salido a defenderse ante este nuevo escándalo en el que, una vez más, quedan en evidencia sus truculentos caminos y su proverbial burocratismo. “Pero esta vez no es culpa nuestra, esto es rarísimo”, dice angustiada la oficina de correos, aunque sin ninguna autoridad moral: en el 2010, como se sabe, una carta que ha debido llegar en 1790 fue entregada por fin a su destinatario. La escribieron durante la Revolución Francesa y llegó para el Mundial de Sudáfrica.

¿Y qué dice la carta de Trélon? Es lo de menos: una prosaica factura de unas lanas, esa platica se perdió. O quién sabe, ya no puede uno confiar en nadie. Pero queda su historia: no la que esa carta cuenta, que no es casi nada, sino la que esa carta es. Sus huellas, su vida todos estos años. El tiempo extraviado dentro de sus propios pliegues, el tiempo recobrado por obra y misterio del azar. Cada carta llega cuando tiene que llegar; toda botella de náufrago llega algún día a la playa.

Recuerdo la historia de Ernst Robert Curtius, el gran sabio, que guardaba sus fichas de investigación en sobres de papel como si fueran cartas. Una vez dejó encima de su escritorio uno que decía: “Pericles, Atenas”. Su secretario pensó que en efecto era una carta que se le había olvidado mandar al maestro, y entonces, por hacer más, ah, la mandó él. Un mes después se la devolvieron a un perplejo Curtius con una nota de la oficina de correos griega que decía: “Dirección no encontrada”.

¿Y si la hubieran encontrado? ¿Si un Pericles cualquiera –o el propio Pericles– la hubiera recibido en Atenas? Algunas cartas no son de sus dueños sino del que las necesita.

Posdata: gracias por leerla. Firma.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com