Las mujeres 'rotas', una cicatriz que deja la pobreza

Las mujeres 'rotas', una cicatriz que deja la pobreza

Dos millones de mujeres sufren lesión durante partos mal atendidos y les impide controlar su orina.

Las mujeres 'rotas', una cicatriz que deja la pobreza
28 de mayo de 2015, 01:28 am

Laxmi Bhatt, mujer nepalí con fístula obstétrica. / Foto: Cortesía Direct Relief.

La mujer de la fotografía es Laxmi Bhatt, y aunque no es colombiana, su historia debería importarle.

Nació en el distrito de Baitadi, al oeste de Nepal. Se casó a los 15 años, tuvo su primer hijo a los 17, el segundo a los 18 y el tercero, seis años después.

Entonces, pensó que el nacimiento del último sería sencillo, que como siempre prescindiría de los controles médicos y que una partera local le ayudaría a dar a luz. Sin embargo, la distancia abismal entre su casa y un hospital complicarían todo.

Una noche, a los nueve meses de embarazo, los dolores de parto aparecieron, continuaron hasta la mañana siguiente y más tarde se asomó la mano del bebé. Aquel día en la aldea no había nadie con nociones de alumbramientos, de manera que su marido decidió que viajaran a India, donde se encontraba el hospital más cercano.

El viaje tardó tres días, demasiado para que la criatura de Laxmi sobreviviera y suficiente para que ella regresara a casa decepcionada y con un catéter en la vejiga, cuyo uso solo entendería 15 días después, cuando el dispositivo se desprendió por accidente y a ella le resultó imposible volver a controlar la orina.

Sin darse cuenta, su cama, las sillas o cualquier lugar donde se encontraba terminaban encharcados. Sus piernas y genitales se llenaron de dolorosas quemaduras y ampollas, y el mal olor que desprendía la fue arrinconando de la comunidad.

El parto prolongado había producido en Laxmi una lesión llamada fístula obstétrica. La masa ósea de su pelvis quedó comprimida por el cráneo del niño, y la falta de irrigación sanguínea en esta zona produjo la muerte de los tejidos, generándose así un orificio, o fístula, entre su vagina y su vejiga, que en otros casos también afecta al recto e impide no solo controlar la eliminación de desechos líquidos, sino también de heces fecales. (Imágenes: La vida incómoda de las mujeres con fístula)

Un informe presentado durante la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2008 revela que las mujeres con fístula obstétrica han sobrevivido a tres días de parto y, en algunos casos a más de una semana. En no menos del 90 por ciento de los casos el bebé nace muerto o muere durante la primera semana de vida, de manera que la madre, no solo pierde la esperanza de ver con vida a su pequeño, sino que queda con una incontinencia grave hasta que consiga ser operada.

Durante ocho años, Laxmi, la mujer nepalí, tuvo que usar ropa gruesa para disimular la incontinencia, situación que según el UNFPA (Fondo de Poblaciones de las Naciones Unidas) comparten dos millones de mujeres en el mundo, ubicadas sobre todo en África Subsahariana, Asia y Latinoamérica, donde la precariedad de los sistemas de salud en algunos lugares son causa de la afección.

Según Jazmín Burgos Alderete, cirujana paraguaya que ha realizado varias cirugías relacionadas de fístula, si bien en esta afección pesan la ignorancia, la falta de información y la discriminación para aquellas que no pueden acceder fácilmente a la reparación quirúrgica, “la fístula no es meramente un síntoma de pobreza”.

La experiencia de esta coloproctóloga le ha mostrado que con el aumento en la frecuencia de las cesáreas en todo el mundo, se redujo el adiestramiento y la manualidad por parte de los obstetras y ginecólogos para realizar partos normales. “Tenemos poco tiempo para sacar al bebé, menos práctica y por lo tanto más errores de los médicos”, insiste.

De acuerdo con Jimmy Castañeda, director de Educación de la Federación Colombiana de Obstetricia y Ginecología, “uno no puede decir que cualquier fístula es por falta de práctica de nosotros o por precariedad en el sistema de salud”.

Según el ginecobstetra, una mala cicatrización de un desgarro producido durante el parto o de un corte realizado por el médico para ayudar a la salida del bebé también puede originar la lesión.

“Esa cicatrización inadecuada puede suceder incluso si se hace en condiciones óptimas, por una persona bien entrenada”, insiste el doctor Castañeda, y agrega que si bien en Colombia la incidencia de casos es muy baja, hay pacientes con fístulas, como también hay especialistas preparados para atenderlas.

La gran ventaja para Colombia, explica el ginecobstetra, es que entre el 95 y el 98 por ciento de los partos se realizan en instituciones de salud. Mientras tanto, en Nepal, país sin salida al mar y enclaustrado en las montañas del Himalaya, la fístula obstétrica y otras morbilidades maternas son demasiado comunes, especialmente en las zonas rurales, donde ha habido una carencia histórica de salud materna adecuada y servicios obstétricos de emergencia, según explica Kate Grant, directora de Fistula Foundation, con presencia en el país asiático.

El problema se agrava aún más por las duras condiciones geográficas para transportarse, una serie de devastadores terremotos en 2015, el conflicto político periódico y una extendida falta de conciencia sobre la lesión, lo que finalmente conduce a que el país ni siquiera tenga cifras o estudios oficiales sobre cuántas mujeres sufren el drama de la fístula.

Discriminación: A Laxmi la llamaban ‘mujer rota’

Según el UNFPA, en muchos lugares es tal la estigmatización y falta de conocimiento acerca de la fístula, que ni siquiera existe una palabra para denominar la lesión.

Entonces, la fístula obstétrica recibe nombres como “el problema de la orina” o “la lesión del parto”, mientras una paciente puede ser calificada como “la que ya no es mujer”, entre otras razones por las dificultades para volver a tener hijos.

A Laxmi Bhatt, por ejemplo, la calificaban con el monstruoso apodo de ‘mujer rota’.

Frente al desconocimiento, cerca de 50 organizaciones en el mundo trabajan para informar sobre la lesión y sobre la existencia de una cirugía para ser tratada. Porque “cuando las comunidades conocen y comprenden la fístula, las mujeres se sienten más apoyadas y es más probable que den un paso adelante para buscar tratamiento”, explica Erin Anastasi, técnica especializada en Fístula Obstétrica y Salud Materna y Reproductiva del UNFPA.

Sin embargo, es inevitable que “con las fugas de fluidos corporales una mujer sea rechazada por su marido a causa del mal olor. También es probable que sea rechazada por su comunidad y obligada a vivir una existencia aislada. Con demasiada frecuencia, su comunidad cree que esta condición es el resultado de estar maldecida o de haber pecado. A menudo ─lo que es peor─, ellas, las pacientes, lo creen también. La absoluta pérdida de estatus y respeto les genera un profundo trauma psicológico y potencia su muerte temprana, a veces por suicidio”, explica Kate Grant, de Fistula Foundation.

A menudo Kate piensa que de haber vivido y dado a luz en uno de los lugares donde trabaja su organización, ella misma podría ser una paciente con fístula.

“Tengo un hijo que nació por cesárea después de 24 horas de trabajo de parto. El nacimiento ocurrió en un hospital de la ciudad de Nueva York, y tuve la suerte de tener acceso a unos médicos que sabían cómo hacer que mi parto fuera lo más seguro posible”, cuenta.

Pero las mujeres que Fistula Foundation ayuda a tratar nunca tuvieron ese tipo de apoyo o el acceso a una atención de calidad. Por eso, “no pasa un día en el que no miro a mi propio hijo, con sus pecas y tan lleno de energía, tan rebosante de vida y de posibilidades, y reconozco cuán afortunada soy de contar con él”, continúa la directora.

“En cambio, si lo hubiera traído a la vida en la mayoría de lugares del África Subsahariana, mi pequeño habría fallecido antes de tenerlo en mis brazos por una simple y evitable muerte fetal. Y yo, ¿quién sabe? ¿Me habría despertado al día siguiente con mi cama empapada en orina, o me habría muerto durante el parto, cuando mi útero agotado se rompiera? No hay manera de saberlo a ciencia cierta, pero estoy agradecida todos los días por haber tenido los cuidados que recibí, y por eso también lucho por aquellas para quienes esta posibilidad es infinitamente remota”, concluye Kate Grant.

Pobreza: Laxmi no tenía cómo pagar una cirugía

Si bien la fístula no es un problema de salud pública en Colombia, en algunos países de Asia y África, e incluso en Haití, lo es (ver mapa de la fístula en el mundo), y en estos territorios la afección se deriva, principalmente, de la pobreza, la desigualdad de género y algunas creencias y costumbres, las cuales obstaculizan a la mujer el acceso a servicios de salud.

El libro ‘Las tradiciones que no aman a las mujeres’ (2011) expone que los matrimonios y los partos precoces se consideran una de las causas de la fístula obstétrica. “El cuerpo pequeño y muchas veces no totalmente desarrollado de niñas y adolescentes, provoca partos muy prolongados que finalmente conducen a la afección”.

Pero la fístula también es común en mujeres con partos sucesivos. Quienes han tenido hasta 12 hijos y sus tejidos ya se encuentran muy deteriorados, pueden presentar la afección en su último parto, mientras en algunos lugares se tiene la creencia de que la opción de la cesárea en comparación con un parto vaginal es menos femenina, y en países como Etiopía ir a los hospitales a tener los hijos resulta vergonzoso ante la sociedad, ya que consideran que ello implica un síntoma de debilidad en la mujer.

La situación para las mujeres con fístula obstétrica se agrava ante la imposibilidad de muchas para encontrar un diagnóstico a sus síntomas y pagar una cirugía que corrija su lesión, cuyo costo, según Jazmín Burgos Alderete, puede oscilar entre los 1.500 y 5.000 dólares estadounidenses.

“Los más pobres no podemos costear un tratamiento, así que me quedé en casa, avergonzada de mi condición”, dijo Laxmi Bhatt en su testimonio.

De hecho, aunque su familia recaudó dinero para dos cirugías, las intervenciones no tuvieron éxito, aparecieron cálculos en la vejiga y el dolor de espalda y la fiebre indicaban que algo más andaba mal. Uno de sus riñones había perdido la capacidad, y la mujer nepalí podía morir de insuficiencia renal si no era tratada con premura.

Sin embargo, ni en su distrito ni en los distritos vecinos había alguien capacitado para tratar sus múltiples afecciones.
Laxmi perdió la esperanza hasta que el hermano de su esposo se enteró de que en un poblado llamado Surkhet, a cuatro días de su hogar, había médicos de la ONG Direct Relief especializados en cirugía de fístula obstétrica.

La mujer recuerda que llamaron por teléfono y solo les asignaron una cita para dos meses después.

La espera tuvo sentido cuando finalmente, luego de varias cirugías para retirar el riñón deteriorado y los cálculos (uno de ellos del tamaño de una papa, cuenta Laxmi), ella recuperó su función renal y tenía el aval médico para la esperada intervención que la libraría de la fístula.

Entonces, Laxmi viajó de nuevo a Surkhet en compañía de su hijo mayor. Los análisis de sangre mostraron que su único riñón se estaba recuperando, y todo indicaba que volvería a casa con la ya olvidada sensación de estar seca.
Por fin, en abril del 2015, médicos de Direct Relief la operaron de la fístula obstétrica. “No tenía miedo. Solo quería estar bien”, expresa en su testimonio, y añade que 15 días después de la intervención, rompió en llanto, llanto de felicidad, al ver que le retiraron un catéter y sus pantalones, por primera vez en ocho años, no estaban mojados.

MARIANA ESCOBAR ROLDÁN
marrol@eltiempo.com