Una casa en Bogotá fue transformada en una obra de arte

Una casa en Bogotá fue transformada en una obra de arte

Está ubicada en el barrio La Esmeralda. Sus curiosidades hacen parte de sus diferentes exposiciones.

Una casa en Bogotá fue transformada en una obra de arte
27 de mayo de 2015, 01:30 am

“Cómo no estar lleno de gozo cuando se sabe la razón de haber nacido”, se lee en una baldosa, en la cocina, en el refugio de Lucero Bueno. Este lugar, que es casa y obra de arte, está repleto de símbolos. ¿O qué más pueden ser unas manitos de porcelana que brotan de una matera y tratan de agarrar una libélula plástica?

En la sala de estar, separada de la cocina por un marco envuelto en una enredadera natural, confiesa que su vida emocional es una montaña rusa. Por eso tomó el camino del arte, hace más de treinta años, en su Cali natal.

La vivienda, en La Esmeralda, se presenta con una fachada blanca, de puertas y ventanas forradas en hierro, que le dan aspecto de búnker.

En el primer piso, una galería, ‘Calidoscopio’, que bien podría albergar dos automóviles, le sirve como sitio de exposiciones. Un maniquí femenino, sin tórax, muestra una pierna forrada en monedas, con sofisticado tacón violeta. ¿Y la otra pierna? Un pedazo de palo, una prótesis. Su nombre es Paso en falso.

“Esta obra tiene un huequito de alcancía (sobre la pelvis), pero por más dinero que le metan, la pierna no vuelve a salir. Hay cosas que el dinero no compra”.

Cruzando un portón, supera la galería y continúa hacia el patio, donde la recibe un helecho de cuatro años e igual número de metros. Se eleva hasta el segundo piso y envuelve las paredes, cual piernas y brazos desmadejados sobre una tina. Emana verde.

“Quiero mirarte eternamente/ y regalarle esa mirada al visitante… /ese es el hecho/ ¿o eres tú, helecho?”, poetizó Lucero entre su notas escritas. “Para mí, el helecho es el centro energético de este lugar”, indica, cubierta por unas gafas de aumento que achican sus ojos achinados.

En contraste, un árbol sietecueros, en lámina de hierro, aparece incrustado en la pared, junto al helecho. Y un tórax de maniquí femenino, sin brazos, funge como matera, a la vez que su atuendo remite a una guerrera amazona. “La encontré tirada en Modelia, mutilada. La titulé Segunda oportunidad, porque pensé en las modelos que son usadas y al envejecer las desechan”.

Más al fondo, el taller: una bodega con miles de objetos, materiales y herramientas. Desde fierros que permiten la manipulación del hierro hasta delicadas pinzas para moldear cerámica. En un cuarto de san alejo, ¡dos millones de palitos para comer sushi! Los recicló en el 2014 para construir su última obra: unos nidos de tamaño humano, que desea instalar en la plaza de Bolívar; símbolos del afecto que deberían recibir aquellos que se desmovilicen y quieran regresar a la vida civil.

Y en el último rincón del primer piso, una escalera de bomberos asciende a los aposentos, su refugio: baño, habitación, sala de estar y cocina. “Mi acceso secreto, cuando no quiero ver a nadie ni subir por las escalas principales”. Vive sola, pero, junto a la galería, alquiló dos cuartos que sirven como estudio para una empresa de diseñadores.

En la sala de estar, donde empezó esta crónica, Lucero ojea un libro con la biografía del austriaco Friedensreich Hundertwasser, el escultor, arquitecto y artista que más admira.

“Hundertwasser dijo que la línea recta es antinatural”, señala, mirando hacia una gran ventana redonda, que parece más de un barco que de una casa; entre la sala y el cuarto, hay dos más.

“Las trajo él de una instalación petrolera de Barrancabermeja. Las reciclamos y las instalamos. Siempre me han gustado las ventanas redondas”. El lector se preguntará quién es él. Él es Rafael, su esposo muerto hace tres años.

Con él hizo esta casa durante treinta años. Él era ingeniero eléctrico. Él era su compañero de equipo. Él fue el papá de su único hijo, ya adulto. A él le dio cáncer un día y a él se lo llevó la enfermedad en cuestión de meses.

Ahora estas líneas viajan al 2012. Lucero siempre quiso viajar, pero él era amigo de la quietud. Ella empacaba la maleta y él prefería quedarse. Ella le dijo que viajaba a Cali y “por primera vez en treinta años, no lo invité”. Antes de salir, él le dijo: “Espera, voy contigo”. Ella se sorprendió. Lo esperó. En el viaje, él se sintió mal. Lo tuvo que internar. Fue el principio del fin, una época que sobrevino con “mucho dolor”.

Al mirar por la ventana, más curiosidades. Hacia abajo, las anchas crestas del helecho. Hacia un lado, una muralla de arbusto seco, e, incrustados en ella, un montón de nidos bordados en alambre: Inquilinato de pájaros. En frente, un gato hace equilibrio sobre el tabique de la pared. Es felino, sí, pero en lámina de hierro.

Ese metal, durante el duelo por Rafael, fue su material predilecto. Múltiples obras reposan en su galería y en colecciones privadas. “Fue duro trabajar con Rafael por treinta años, para terminar de construir este refugio juntos, y que justo cuando lo acabamos, se muriera”… Esas palabras obligan a una pausa…

El baño es una mezcla de conceptos. Por ejemplo, la tina comparte locación con un ojo de buey, hecho en mosaico sobre otra ventana circular. El inodoro es una jirafa, con un tubo- cuello que sube un metro con ochenta hasta el tanque, y la cadenilla para vaciarlo pende sobre él como una trenza de niña.

…Tras su letargo memorioso, Lucero concede que ha superado el duelo. “Hoy soy feliz. En este momento de la vida hago lo que quiero y me pagan por hacerlo. Ya no quiero crear más obras con dolor”.
Por eso, entre sus proyectos cuenta la intervención de una estación de TransMilenio, para darles un poco de alegría a las multitudinarias “filas que le toca hacer a la gente. Que miren hacia un lado y tengan, aunque sea, un segundo de arte. Con eso bastaría para alegrarlos un poco”.

Luego sonríe y puntualiza que para eso vino al mundo, para crear. Después se bebe un té y, a través de la ventana redonda, contempla el cerro de Monserrate. Uno de sus placeres más amados.

FELIPE MOTOA FRANCO
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