Vivía de los toros y hoy no lo dejan pisar la arena

Vivía de los toros y hoy no lo dejan pisar la arena

Desde los 14 años fue ayudante de la plaza. Hoy, con 47, pide que regrese la fiesta brava. Crónica.

Vivía de los toros y hoy no lo dejan pisar la arena
13 de mayo de 2015, 02:07 am

Huele a mierda de vaca en los corrales de la plaza de toros de Santamaría. Guillermo Franco es monosabio o ayudante; se aproxima la corrida y debe conducir los animales por un pasillo hacia los toriles (corrales individuales). Sacude un trapo desde lo alto para animar el arranque del toro, en vano.

Entonces desciende por una escalera colgante y, a la altura de los pitones, protegido por un burladero, asoma la mano para sacudir el chiro. El animal, un camión, emprende carrera, embiste, en un golpe seco que talla la madera, e, impulsado, entra al toril. Después, el burladero se va al piso y Guillermo queda indefenso. Si hubiera pasado dos segundos antes, no estaría contando la anécdota.

Tocada la cabeza con una boina roja, a la usanza de los aficionados taurinos, pesca memorias de sus buenos tiempos.

Sentado en frente de la Santamaría, a la cual no puede entrar por una decisión del alcalde Gustavo Petro, recuerda que el susto en los corrales pudo ser una tragedia. “Pero Dios y la Virgen de la Macarena lo cuidan a uno que ama los toros”.

Su piel morena es ideal para aguantar el sol que en las tardes de torería calentaba los oles, oles y más oles que por décadas retumbaron en la plaza más importante de Colombia. Décadas en las que su familia, incluido él y sus hermanos, atestiguaron la gallardía de los hombres y el poder letal de los astados.

“Yo nací allá –apunta a la carrera 6.ª entre calles 27 y 28–, donde mi abuela vendía fritanga y cerveza. Mi papá y mis hermanos también nacieron junto a la plaza”. Incluso su abuelo, Marco Aurelio Prieto, fue el primer conserje (cuidador) en la recién inaugurada plaza, a principios de los cuarenta. “A veces, con mi papá, dormíamos en las habitaciones que tenía la plaza”.

Marco Aurelio cedió el cargo y se convirtió en monosabio, aprendiendo todas las minucias de esta labor: arenillero (cuida que la arena del ruedo se mantenga limpia y llana), mulillero (conduce el tiro de mulas que arrastra al toro tras el final de la lidia) y ayudante de toriles, entre otros.

En este lugar lo cogió, a Marco, el 9 de abril de 1948, fecha del célebre Bogotazo. Una horda colérica irrumpió en el edificio donde se celebraba una corrida, y “el abuelo nos contaba que con machetes y palos comenzaron a matar a los aficionados. Debajo de los tendidos orientales, nos decía, había unos túneles que daban a la calle, y por ahí se escapó con otros compañeros”, reconstruye Franco.

Pasión por la fiesta

Marco le traspasó su amor por la fiesta brava a su hijo Enrique Prieto, avezado saltador de toros que el público llegó a reconocer con el mote de ‘Indio Veloz’. La misma pasión la compartía su yerno, Hernando Franco, que a la postre sería el papá de Guillermo y de Hernando hijo (hoy banderillero).

“Cuando tenía 10 años (1978) empecé a gozarme la plaza. Mi abuelito era el jefe de areneros y yo le ayudaba con un rastrillo que era más grande que yo, pesadísimo”, rememora el niño que hoy tiene 46 años. “Con mi hermanito Hernando y mi hermana Carmen mirábamos los toros desde los balcones de la plaza. Como éramos niños, no nos dejaban ir a los corrales. Así nos entró la pasión”.

Hasta que un día le llegó el debut clandestino. Armado con un talego de empacar arroz se las ingenió para colarse, con los dos niños, en los terrenos de una vaca brava. Tras saltar el muro, su botín levantó polvo. Con el trapo en las manos enfocó a su contendora, extendió el trapo para citar y ella se dejó venir. “Le saqué varios lances, no me fue mal. Tenía 12 años. Mi hermana también se metió y supo capotear. Y mi hermanito le sacó unos cuantos desde el burladero”.

Lo siguiente fue convertirse, a los 14 años, en el monosabio más joven del Sindicato de la Santamaría, a la vez que practicaba para ser novillero. Con juramento de iniciación incluido, Franco se comprometió a amar por siempre la fiesta taurina y, en consecuencia, igual que sus predecesores de sangre, cursó toda la carrera de monosabio. Con esto conseguía además parte del sustento.

Metidos en un pantalón color merengue, tenis del mismo color, camisa y cachucha escarlatas, Guillermo y sus compañeros desfilaban cada tarde, tras la cuadrilla de alguacilillos y toreros, para dar inicio a las corridas. Antes de llegar a ese momento ritual, trabajaban el día y la mañana anteriores para dejar la plaza como una quinceañera lista para el vals.

Entonces, el clarín guiaba a los tambores y, con la velocidad de la saeta, emergía al ruedo un animal brillante, de poderosa cornamenta. El torero se envolvía en una capa, simulando los vestidos de la Virgen María, y ante el choque de la razón y la fuerza bruta, el público gritaba “ooole”.

Hasta que en el 2012, el alcalde de Bogotá ordenó cerrar el coso. Los músicos se fundieron y los atuendos brillantes se quedaron en los armarios. Para ese entonces, el abuelo Marco ya se había muerto, a los 87 años. Y su nieto Guillermo tuvo que lidiar con la prohibición de una pasión. Se dedicó, por tiempos, al desapegado oficio de cartero.

“Eran muchos los puestos de trabajo que se generaban cuando había toros: ahí teníamos la oportunidad de devengar algo”, comenta Guillermo. “A Dios le pido que proteja al alcalde, pero que no nos niegue los toros que amamos, porque crecimos con ellos y son lo más hermoso que yo puedo ver”, sentencia, a la vez que simula un pase de muleta, a la altura de la pelvis.

FELIPE MOTOA FRANCO
Redactor de EL TIEMPO