El ladrón de libros

El ladrón de libros

Que el 'Cien años de soledad' del librero Álvaro Castillo esté ahora en manos amorosas y exquisitas.

El ladrón de libros
6 de mayo de 2015, 11:51 pm

El robo de un ejemplar de la primera edición de Cien años de soledad de una vitrina de la FilBo, donde se exhibían otras ediciones y traducciones de la novela a decenas de idiomas, cierra con broche garciamarquiano las celebraciones dedicadas a Macondo.

El ejemplar de coleccionista, dedicado por el autor al librero Álvaro Castillo, no tiene en apariencia valor comercial.

Una de las razones, de poco peso, para descartar ese valor es que se trata de un libro dedicado. Pero resulta que no, que ese sería un valor añadido a la pieza en un mercado sofisticado de coleccionistas.

No estamos, de todas maneras, ante un incunable, sino ante una copia de los ocho mil ejemplares de la primera edición, hecha en Buenos Aires.

Si se tratara de un mandado hecho por un caprichoso coleccionista a un ladronzuelo de feria, el caso tendría altos vuelos literarios. Desde el siglo XIX, la leyenda del ladrón de libros adorna la misteriosa naturaleza de este delito.

Alguien, más por pasión hacia los libros que por interés comercial, se habría metido entre ceja y ceja la idea de tener ese ejemplar. Esto le daría visos de bellas artes al robo y lo incluiría en el inventario iniciado en 1836 en Barcelona y recogido en la Francia romántica por Charles Nodier. Gustave Flaubert escribió un cuento sobre el librero asesino de Barcelona, ficción aceptada en Francia como noticia real. En 1927, el catalán Ramón Miquel i Planas volvió a escribir sobre el librero de su ciudad, sobre la leyenda del librero asesino, algo más sublime que un simple ladrón de libros.

Nuria Amat le consagró hace 20 años un bello libro, editado por Muchnik. Así que el robo de la FilBo retoma en parte la cola lánguida de la leyenda, si es que no se trata de un mediocre robo de circunstancias.

Un ladrón de libros, a los ojos de esta leyenda, no es un ladrón cualquiera. Es alguien poseído por una pasión incontrolable hacia los libros, capaz incluso de matar para hacerse con la pieza codiciada. Si se tratara de un caso colombiano de ladrón de libros por amor y pasión, estaríamos ante una deliciosa paradoja: en los momentos en que la pasión por los libros ha decaído, alguien la hace florecer en una modesta república suramericana.

Un coleccionista quiere tener el libro de otro coleccionista, dedicado por el autor. Este detalle justificaría estéticamente el robo. No es lo mismo robar un banco que robar un libro. Los vulgares asaltantes buscan un beneficio económico; el ladrón de libros, la satisfacción de un raro placer íntimo, de malévola naturaleza espiritual, una obsesión que se le ha convertido en patología.

Lo peor que pudo haber pasado con el ejemplar firmado de Cien años de soledad es que el ladrón haya pensado en el valor y ahora ande encartado con el posible comprador. Le quitaría el carácter de leyenda literaria a la cuestión. Sería otro vulgar asunto de policía. Ruego al espíritu de Gutenberg que no sea así. Que el libro del librero Álvaro Castillo esté ahora en manos amorosas y exquisitas. Y siga su periplo, robado por otro coleccionista más obsesivo, y así, en ciclos repetidos, llegue a ser la leyenda de la novela que contiene.

El mundo del libro se ha vuelto inflacionario, pero sigue siendo una mina de piedras preciosas con montones de tierra y desperdicios encima. Se siguen escribiendo y publicando grandes obras, al lado del supermercado de baratijas. Sé que el robo de un ejemplar de la primera edición de Cien años de Soledad es un asunto de policía. Para mí, simbólicamente, es un tema perdido de la literatura.

Óscar Collazos