Nacer, morir: con dignidad

Nacer, morir: con dignidad

El debate sobre eutanasia tiene mucho que ver con las discusiones sobre la legalización del aborto.

Nacer, morir: con dignidad
5 de mayo de 2015, 11:49 pm

Nacer con dignidad, morir con dignidad. Dos momentos de la vida que necesitan de la reflexión y de los debates que hoy nos permiten los avances y progresos de la democracia y de la medicina.

Tenemos, o deberíamos tener, el derecho a nacer dignamente. Y digo deberíamos, porque sin la legalización total del aborto muchos recién nacidos vendrán al mundo sin haber sido deseados por una madre que, por distintas circunstancias de su recorrido vital, no se siente, ni desea ser madre aún. Siempre he pensado que en casos así es difícil hablar de nacer con dignidad; es decir, con las condiciones que aseguren un desarrollo y un bienestar suficiente a ese embrión o feto que se espera. En efecto, soy una convencida desde hace tiempo, y desde mi condición de psicóloga, de que es el amor y el deseo de una mujer de ser madre lo que humanizan un feto y posibilitan un sano desarrollo de un recién nacido.

Y es así como el debate actual sobre la eutanasia o el suicidio asistido tiene mucho que ver con las discusiones sobre la legalización del aborto. Morir dignamente, nacer dignamente, dos eventos que comparten o deben compartir valores de empatía, amor, dignidad, libertad individual y autonomía. Asistir al sufrimiento insoportable de un ser querido que no tiene ninguna esperanza de cura o mejoría debería ser suficiente para la legalización de la eutanasia o del suicidio asistido. Escuchar a una mujer que tiene una razón de peso para no dar a luz debería ser suficiente para otorgarle autonomía y poder de decisión sobre su cuerpo y su vida. Dos expresiones de derechos que me parecen fundamentales.

Sé de antemano que para algunos en este país, incluyendo al Procurador General de la Nación, es inconcebible plantear la autonomía de sujetos morales como un derecho. En cuanto a ellos, a los y las que se ofuscan con la eutanasia o el suicidio asistido, me pregunto dónde quedó su compasión y desde qué lugar pueden justificar los insoportables padecimientos y sufrimientos que van a veces hasta los gritos y las suplicas de un ser amado para morir.

Nos deberían dar la receta, pues yo, ante una persona, es decir un sujeto moral que decide morir porque su vida se volvió invivible, no lo dudaría. Y si bien entiendo la duda como posibilidad, lo que no entiendo es que uno pueda decidir por otro, por otra, ante semejante acontecimiento.

Hoy, la gran mayoría de colombianos y colombianas no sabe que la eutanasia fue reconocida desde hace casi 20 años en el país, que acompañaba así decisiones similares en países como Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Suiza y algunos estados de Estados Unidos. En efecto, desde 1997, la Corte Constitucional (C/239) despenalizó el homicidio por piedad y abrió así la puerta para que las personas que sufren una enfermedad incurable y en fase terminal puedan pedir poner fin a su vida. Y es lamentable que la indolencia del Congreso para reglamentarla haya forzado hoy al Ministerio de Salud a expedir, en un acto que merece reconocimiento, una reglamentación al respecto (resolución 1216) que ha vuelto a agitar las aguas oscurantistas alrededor de un procedimiento que, duele decirlo, funcionaba mejor a la sombra de la opinión pública y de las doctrinas de aquellos que hacen política con el dolor humano.

Afortunadamente, existen médicos y médicas que han entendido que el nacimiento como la muerte son acontecimientos humanos de tal complejidad que es necesario arroparlos con la máxima dignidad. Nacer con dignidad, es decir, deseado y amado, y morir con dignidad, es decir, sin sufrimientos insoportables, deben ser reconocidos como derechos fundamentales.


Florence Thomas

* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad.