El erasmista Carlos Gaviria

El erasmista Carlos Gaviria

Con sus ponencias a favor de la eutanasia, el magistrado dio un gran paso en defensa de la dignidad.

El erasmista Carlos Gaviria
22 de abril de 2015, 11:33 pm

Con la muerte de Carlos Gaviria Díaz desaparece un ejemplar superior de la especie humana, muy escaso entre nosotros, donde pulula la mediocridad, y muy raro en tiempos cuando imperan la penuria ética y la intolerancia.

Al igual que Erasmo –el de Róterdam–, solo una cosa odiaba de verdad: el fanatismo, por ser algo antagónico con la razón. Ese creer en la razón, tan propio del verdadero humanista, le permitió comportarse como el ciudadano admirable, como el político ecuánime y, sobre todo, como el magistrado íntegro. A pesar de que algunos sectores lo identificaran con la insurgencia armada, en su manera de pensar no había lugar para la imposición cruenta, violenta, de ningún tipo de ideas, así fueran de su particular simpatía.

Es decir, no comulgaba con el fanatismo a ultranza. Su vocación de razonador inteligente lo llevó a ser el juez apropiado para limar conflictos, para llegar a acuerdos a través del diálogo. Él mismo se definió como un liberal a carta cabal. Pienso, por eso, que estuvo poseído de un indiscutible erasmismo, tan necesario para alcanzar la convivencia pacífica en cualquier lugar del mundo.

Como defensor de los derechos humanos no tuvo par. Su doble formación de jurista y de humanista quedó registrada en sus sesudas sentencias, algunas de ellas audaces y, por eso, muy controvertidas. En particular, la relacionada con la descriminalización de la eutanasia activa dio pábulo –y lo sigue dando– a la controversia sobre la sacralidad de la vida versus la autonomía de la persona para disponer de ella.

Para Carlos Gaviria, la Sentencia C-239/97, de la que fue magistrado ponente, se constituyó en un hecho histórico, pues se dio un paso memorable en defensa de la dignidad y de la libertad humanas. Según su criterio, la autonomía de la persona es un principio moral con rango de derecho fundamental, constitucional. Por eso apoyó la tesis de que los enfermos en estado terminal poseen el derecho legal de escoger entre morir con dignidad o agonizar pesarosamente. Siendo razonable tal decisión, ayudar a morir no puede configurar un delito, menos aún siendo el médico quien atiende la última voluntad del paciente, circunstancia esta que yo he denominado ‘yatrotanasia benevolente, solicitada y consentida’.

A raíz de la sentencia de marras, muchos fueron los foros y debates donde defendió su ponencia, siempre con altura y asistido por la dialéctica propia del académico razonador. En varias ocasiones discutimos sobre la conveniencia y oportunidad de que la sociedad diera autorización legal al médico para poner fin a la vida de los enfermos, aun estando condicionada a severos requisitos, establecidos por la misma ley. Para mí, se corría el riesgo de que el facultativo perdiera imagen ante esa misma sociedad, suscitara desconfianza ante ella. Dejemos las cosas como están –decía yo entonces–, pensando en que, además, la reglamentación pertinente haría demasiado engorroso el procedimiento eutanásico. Que sea la conciencia del médico, su buen juicio, la que le otorgue licencia para hacer en silencio lo que considere correcto, como ha venido ocurriendo desde siempre. En otros términos, poniendo en práctica lo que recomendaba el moralista Séneca: “Si la opción queda situada entre una muerte atormentada y una simple y fácil, ¿por qué no echar mano de esta última?”. Por supuesto que el doctor Gaviria no encontraba razonable mi posición, pues para él no era aceptable actuar al margen de la ley.

Dado que el Congreso de la República, pasados dieciocho años desde la aprobación de la Sentencia C-239, aún no ha cumplido con el deber de convertirla en ley, la misma Corte Constitucional ha conminado al Ministerio de Salud y Protección Social para que sea el encargado de reglamentarla. Así las cosas, la norma tendrá pronta vigencia. Creo que, en reconocimiento a su gestor, debería llamarse ‘Sentencia Carlos Gaviria Díaz’.


Fernando Sánchez Torres