El efecto Lucifer o de cómo conviven el bien y el mal en una persona

El efecto Lucifer o de cómo conviven el bien y el mal en una persona

Factores situacionales, culturales y comportamentales influyen en las decisiones diarias.

El efecto Lucifer o de cómo conviven el bien y el mal en una persona
19 de abril de 2015, 04:14 am

¿Cómo el doctor Jekyll se convierte en míster Hyde? ¿Es posible, como lo aseguró Juan Pablo II, que el cielo y el infierno coexistan en toda persona? Cualquiera podría encontrar las respuestas con solo recordar las veces que su voluntad de hacer lo “correcto” ha sido quebrada y, de paso, entender que las personas buenas pueden volverse malvadas.

En 1963, la filósofa alemana Hanna Arendt escribió un ensayo sobre la ‘banalidad del mal’, después de asistir en Jerusalén al juicio de Adolf Eichman, cabeza de la logística del trasporte del Holocausto, donde seis psiquiatras lo calificaron como un hombre normal.

En el mismo sentido, Christopher Browning, uno de los más reconocidos historiadores del Holocausto, aseguró que las matanzas de judíos en Polonia fueron ejecutadas por “hombres corrientes”, polémico concepto que, por la época, compartieron el psicólogo Ervin Staub y el sociólogo Zygmunt Bauman, lo que encendió una polémica que reactivó la pregunta: ¿la crueldad y la bondad conviven en el mismo individuo?

Philip Zimbardo, profesor de psicología social y expresidente de la Asociación Americana de Psicología, parece tener la respuesta sobre un principio general: “Podemos aprender a ser buenos o malos con independencia de nuestra herencia genética, nuestra personalidad o nuestro legado familiar”. Esto difiere de manera radical de la perspectiva habitual de que la ejecución del mal depende de lo disposicional, es decir que depende del carácter y de rasgos físicos y psicológicos fijos de cada persona.

Zimbardo plantea que existen fuerzas sistémicas externas capaces de fomentar y alimentar la maldad, y procedimientos eficaces para inducir la imaginación hostil al punto de lograr que cualquier ser humano renuncie a su bondad y actúe de manera irreflexiva. A esto puede llegar movido por una ideología, en cumplimiento de órdenes atroces, siguiendo tendencias que etiquetan a otros como enemigos o frente a otras condiciones colectivas que desconectan la moralidad y los sentimientos (hinchas extremos, linchamientos, fanatismo).

El profesor probó su hipótesis con un estudio que, en 1971, quebró los pilares de la inmutabilidad de la personalidad. ‘El experimento de la prisión de Stanford’, como se llamó el estudio, convocó a jóvenes normales de clase media para analizar su estabilidad física, psicológica y emocional, mientras eran confinados en una cárcel, asumiendo los roles de guardias y prisioneros.

El proyecto, planeado para durar dos semanas, tuvo que ser abortado a los seis días ante el dramático realismo que adquirió, con unos prisioneros depresivos y sumisos ante unos guardias sádicos, abusadores y maltratadores.

Con estos resultados, y después de analizar y defender a uno de los soldados norteamericanos responsables de los desmanes contra los prisioneros de Abu Ghraib en el conflicto con Irak, Zimbardo escribió el libro El efecto Lucifer: cómo la gente buena se vuelve mala, donde profundiza el análisis del que concluye que cualquier persona, dada la influencia apropiada, puede abandonar su moral, tornarse violenta o colaborar con la violencia y opresión contra humanos inocentes. Esto se da, según el autor, por acción directa o por omisión frente a los atropellos, con lo cual la mayoría sucumbe ante su lado oscuro cuando se da en un ambiente que le favorece. Todo más allá de la propia responsabilidad de quien no es lo suficientemente fuerte para defender su opinión y sus valores. Zimbardo insiste en que la violencia y la maldad del mundo, en este sentido, son responsabilidad de todos.

La psicología social ha recogido estos conceptos, y, ante la imposibilidad de definir el bien y el mal en términos absolutos, se acepta que aunque todas las personas tendrían un lado oscuro, lo que las hace buenas es la capacidad de resistirse a él.

Huir de mister Hyde

El efecto Lucifer solo puede ser contrarrestado con determinación. Una educación de valentía, que afiance el poder de la individualidad, con capacidad reflexiva para sobreponerse a la imposición de lo colectivo cuando de actos violentos y malvados se trata y de proporcionar el coraje para contrarrestar la marginación que produce el hacerlo.

La base está, según el profesor de psicología social Philip Zimbardo, en afirmarse en los valores y en ser coherente con la ética. La capacidad de negarse a una orden inmoral, aunque el entorno aliente y favorezca lo contrario, debe imponerse. Retomar la unicidad como seres humanos es la vía más rápida para convertirse en “héroes”, dice Zimbardo. O al menos para que el mister Hyde, que llevamos dentro, aparezca menos en escena.

De bondadoso a malvado

Las personas, siendo esencialmente sociales, crean redes y jerarquías al interactuar, que pueden diluir el pensamiento individual, donde el ‘nosotros contra ellos’ se aprecia como normal.

Ante órdenes superiores, el individuo puede considerar válida no solo una acción violenta, sino su desborde.

Cuando las jerarquías se pierden ante un hecho violento, un individuo puede hacer valer su derecho a expresar mayor violencia.

Además, cuando se deshumaniza el entorno, y ante la amenaza, los individuos pueden responder con violencia con la ‘tranquilidad’ de que lo hacen en legítima defensa.

Bajo presión y ante la necesidad de formar parte de un grupo, los límites se pueden desdibujar y un bondadoso se torna malvado.

Fuentes: Zimbardo, P. ‘The Lucifer Efect, Understanding How Good People Turn Evil’. (2008). Joaquín García Carrasco, ‘El porqué de la maldad’. U. de Salamanca. Browning, C. ‘Aquellos hombres grises’. Batallón 101 y la solución final en Polonia. (2002). Bauman, Z. ‘Modernidad y Holocausto’. (2006).

CARLOS F. FERNÁNDEZ
Asesor médico de EL TIEMPO