Los pescadores del Chocó que se empeñaron en cuidar su mar

Los pescadores del Chocó que se empeñaron en cuidar su mar

Crearon el área marina Golfo de Tribugá-Cabo Corrientes, primer distrito de manejo en la costa.

Los pescadores del Chocó que se empeñaron en cuidar su mar
27 de marzo de 2015, 04:54 pm

La mañana del 12 de marzo pasado se había transformado en una mañana feliz, como de carnaval. A pesar de que las nubes chocoanas amenazaban con otro aguacero, uno más, tal vez el tercero desde la madrugada, se notaba el triunfo de la esperanza, de la alegría sobre la habitual pesadumbre. Otra victoria de las negritudes del Chocó. Y entonces, no había que reservar nada. Ni el biche, que se mezcló con jugo de mango para formar un benévolo coctel con el que se hizo un brindis. Hubo bailes. Y a ritmo de chirimía se le cantó a la vida. También al mar, a la langosta, al arrecife.

Enrique Murillo, vicepresidente del consejo comunitario de negritudes Los Riscales, era uno de los más satisfechos. Había estado esperando este momento durante años. Él lo describe sin intrigas: “Comenzamos a cuidarle la pesca, el manglar, el sustento a Nuquí, vamos a aportarle al mundo”. (Galería: Nace otro intento por blindar el mar chocoano). No está exagerando. Porque lo que pasó aquí es, sin discusión, un intento por darle una segunda oportunidad a la supervivencia.

Una sucesión de acontecimientos, que se resumen con cierta sencillez, llevaron a Murillo y al resto de la gente del pueblo a enfrentar el desconcierto: un día, esta comunidad de al menos 8 mil habitantes comprueba que sus recursos naturales están bajo amenaza. Ya no se pesca lo mismo que contaban los abuelos. La canoa ya no viene a rebosar de pargos luego de horas de faena. El manglar se está talando y se vende como madera en el pueblo todos los días, es decir que un recurso muy típico y limitado se ofrece en el mercado como inagotable. Barcos enormes llegan a sacar del océano lo que quepa en sus redes, a la vista de todos, sin aparentes reglas. Pasa el tiempo y los pobladores reaccionan, piensan en una estrategia y creen que al menos una parte de ese mar debe ser protegido.Y tras dos años de discusiones y diálogos, sus líderes impulsan la creación de un lugar único en Colombia, hecho para blindar sus recursos y aislarlos de la depredación: el primer Distrito Regional de Manejo Integrado costero del país (DRMI), la trigésima área marina protegida de nuestro mapa, con 60 mil hectáreas de extensión. La razón precisa y resumida de toda esta celebración.

Se llama Golfo de Tribugá-Cabo Corrientes, apadrinado además por la Mesa de Ordenamiento Ambiental de Nuquí. Queda ahora bajo la vigilancia de la Corporación Autónoma Regional de Chocó (Codechocó).

Chocó

Al menos 8 mil personas de Nuquí (Chocó) y sus corregimientos se benefician con la creación de la nueva área marina protegida 'Golfo de Tribugá-Cabo Corrientes' / Foto: Javier Silva

No quisieron tener un parque nacional

La comunidad de Nuquí eligió la figura del DRMI porque querían cierto control de sus terrenos. Descartaron la conformación de un parque nacional, que generalmente queda vedado a cualquier actividad y suele volverse un obstáculo para muchas personas que viven en sus alrededores. Este DRMI, por el contrario, permite explotar la tierra, o el mar en este caso, aunque con regulación. Se podrá hacer investigación, pesca artesanal y ecoturismo y beneficiará a caseríos o corregimientos vecinos como Arusí, Termales, Joví, Coquí, Panguí, Tribugá y Jurubirá.

Todo bajo el amparo de un plan de manejo concertado, que logre un equilibrio entre las actividades humanas y los objetivos de conservación.

Esta zona del Golfo de Tribugá y Cabo Corrientes siempre había estado dentro de las zonas prioritarias que merecían ser incluidas en algún proceso de preservación por su importancia ecológica.

“Durante 18 años se venía hablando del ordenamiento en la zona", dice Luis Perea, presidente del Grupo Interinstitucional y Comunitario de Pesca Artesanal del Chocó. Porque allí hay playas de anidación de tortugas y bancos de piangua, un molusco que es base de la alimentación regional.Y 11 de las 16 especies de corales registrados para el pacifico colombiano.

Y zonas de anidación de aves marinas. Uno de esos lugares que las aves se han apropiado y donde parece han levantado una especie de 'planeta B', lo conforman una serie de pequeñas islas, unas seguidas de las otras, que los nativos llaman 'Los Morros'. Son impresionantes por la vegetación que reúnen. Sobre ellos, que son como montañas a medio terminar, crecen los árboles más hermosos de la Tierra. Revolotean tángaras, chorlos, y abajo, en sus faldas, el agua forma como un revoltijo que cambia continuamente de color, de azul a verde, de turquesa al tono del cristal de berilo. Es espumosa, pero a veces cristalina. Y la marea se agita con tanta furia que cualquier humano que se acerque a curiosear prefiere acelerar su lancha y despedirse.

Pero supongamos que alguien se atreve a lanzarse a nadar, digamos que un buzo aguerrido, uno de los experimentados. Pues abajo lo esperarán ejemplares de tiburones martillo, algunos de ellos juveniles, y otra especie de escualo que, según la tradición, ha sido apodado por la gente sólo con base en sus antecedentes: le dicen 'rata'. Ya se imaginarán entonces lo que significará toparse con su mandíbula.

Este escenario naturalmente inquietante contrasta con la paz que se siente cuando se recorre una parte de las casi 2 mil hectáreas de manglar, con siete especies diferentes, que crecen en la zona, un bosque que se reproduce entre el silencio, sobre aguas en completo reposo y que sirve como dique natural, salacuna de peces y hogar de nutrias gigantes.

Todo es, además, una de las áreas vacacionales preferidas para las ballenas jorobadas, que cada segundo semestre del año huyen del frío de la Antártica y reposan en estas aguas cálidas para reproducirse y tener sus crías. Todo en medio de litorales rocosos, aves migratorias, fondos blandos, vitales para sostener la vida de crustáceos como el camarón y la langosta, y moluscos como pulpos o calamares.

Es una zona marina protegida geográficamente estratégica. Se transforma en algo así como una pieza más de lo que, idealmente, sería un rompecabezas para la preservación del Pacífico. Es el primer eslabón de una cadena que se une al emblemático parque nacional natural Utría y, como tercera porción, a la llamada Zona Exclusiva de Pesca Artesanal (Zepa), que desde el 2013 ha resguardado al menos 280 kilómetros de línea de costa y 2,5 millas de extensión mar adentro, entre Juradó, Cabo Marzo y Cupica, y extendida hasta Bahía Solano, para que solo sea transitada, especialmente, por pequeño pescadores.

Incluso, los beneficios se prolongan hasta el hecho de que con este DRMI, Colombia amplía a 30 sus áreas marinas protegidas y, de paso, el porcentaje total de estas zonas de reserva para el país, que deben llegar al 10 por ciento del total del territorio en el año 2020. Hoy, no cubren más del 2 por ciento de nuestra geografía, esto exceptuando la reserva de biosfera Sea Flower, en San Andrés y Providencia.

Chocó

Siete especies de manglares están dentro de la nueva área marina. Estas plantas acuáticas son como salacunas para la reproducción de peces. También son como diques naturales / Foto: Javier Silva

La negritudes han logrado de esta forma, además, la protección de una parte del Golfo de Tribugá, muchas veces incluido como uno de los sitios donde podría construirse un puerto de gran calado, aprovechando las profundidad natural de esta parte del océano.

Diálogo con pescadores industriales

Pero no todo ha sido consumado. Las aguas que hacen parte del distrito regional han sido utilizadas durante muchos años como un caladero para pesca industrial de camarón. Por eso, uno de los temas pendientes es un acuerdo para que, de alguna forma, esos barcos no sean excluidos y entren a pescar allí este recurso, sin afectar la zona.

"La pesca que se realiza en Nuquí representa el 80 por ciento del camarón que se captura en todo el Pacífico colombiano y, además, de estos barcos dependen más o menos 300 pescadores del golfo de Tribugá”, explica Juan Manuel Díaz Merlano, subdirector científico de la fundación Marviva, una de las organizaciones que impulsaron la declaratoria, al lado de Patrimonio Natural, Conservación Internacional, el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), The Nature Conservancy (TNC) y el Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras (Invemar).

Por eso se tendrán que definir cantidades permitidas de captura, vedas y el uso de herramientas para pescar que no sean dañinas, para reemplazar otras muy perjudiciales como las mallas de arrastre. "Se deberá buscar un esquema de acceso a los recursos, donde los pescadores puedan realizar la pesca artesanal y se siga capturando el camarón comercialmente" agregó Díaz Merlano.

Pero además, se necesitará vigilancia de las entidades competentes y un monitoreo constante para saber si esas actividades que se pueden ejecutar son sostenibles, como lo explica Mario Rueda, del Invemar, quien dice que muy pronto llegará a la zona un barco científico del instituto para hacer estudios.

"Una de las estrategias que se aplicarán aquí es la unión entre el conocimiento científico que nosotros podemos liderar, con el tradicional, para estudiar con más rigor toda esta región y determinar, entre otras cosas, las zonas de crianza de muchas de las especies que sabemos que existen, estadísticas de pesca, porque, por ejemplo, no se trata de prohibir la pesca, sino se busca pescar mejor, eso es posible con concertación. Ese será uno de los tantos senderos que se deberán seguir", agregó Rueda.

JAVIER SILVA HERRERA
Redactor de EL TIEMPO