Parque del Periodista, el ícono de las generaciones de Medellín

Parque del Periodista, el ícono de las generaciones de Medellín

El conocido lugar pasó de ser un lugar de lotes y viviendas, a un símbolo de la rumba variada.

Parque del Periodista, el ícono de las generaciones de Medellín
8 de marzo de 2015, 04:30 pm

Las manos cuarteadas de Hernando Álvarez desenredan el costal de fique teñido de rojo sin ningún afán. La tarea se hace dispendiosa, pero la mañana apenas comienza, y la jornada será muy larga.

A su alrededor, unos 15 jóvenes amanecidos y otros ya enguayabados, tratan de gastarse las últimas fichas de la rumba. Hernando comienza a meter en el costal la basura de la noche anterior. Termina de cargar una carretilla y se va rumbo a la avenida Oriental.

Esta rutina la repite varias veces en el día. De la misma manera que hace 29 años, cuando bajó desde San Pedro de los Milagros hacia Medellín para buscar una vida distinta.

Tras instalarse con sus ocho hijos en San Cristóbal, Hernando empezó a buscar trabajo. Y así terminó en el parque del Periodista como vigilante de medio turno.

“En esa época, 1984, esto era un rastrojito. La gente venía poco y algunos se sentaban en unas bancas a tomarse media de aguardiente. De ahí no pasaba. Me tocaba sacar gamines de unos pocos negocios que había y ayudar a juntar la basura”, recuerda Hernando.

Los nombres

Ese “rastrojito”, a finales del Siglo XIX, estaba dividido en varios lotes.

En uno de ellos vivían unas señoritas de apellido Acevedo, de quienes algunos de sus vecinos decían que en su solar, criaban un puñado de cabras. De ahí que al cruce de la carrera Girardot con la calle Maracaibo se le conoció durante un tiempo como ‘La calle de los Chivos’.

Ya en el Siglo XX, para 1913, en El Manzaneo, una bitácora que llenaban los agentes de Policía, cuadra por cuadra, para registrar a los propietarios y conocer algunos detalles de las viviendas, se consignó que sobre la carrera Girardot, entre las calles Caracas y Maracaibo, había unas 12 casas con solar que pertenecían, entre otras, a las familias Rosas, Longas, Arcila y Martínez.

Y en 1952, cuando el Municipio rectificó la carrera Girardot, después de comprar algunos lotes y demoler unas casas viejas de tapia, el lugar quedó como zona verde. Allí, en pie, dejaron también un árbol de guanábano que sirvió para rebautizar el lugar.

A mediados de la década de los sesenta, la pequeña plazuela, que por especificaciones de Planeación no cumplía con las condiciones para ser parque, se conoció como plazoleta Hungría, tras la instalación (en 1966) de la placa conmemorativa en honor a los combatientes de la Revolución Húngara de 1956.

Pero solo fue en 1971, tras una gestión del gremio de los periodistas, que pretendían homenajear a Manuel del Socorro Rodríguez (1758-1919), un cubano reconocido como el padre del periodismo colombiano, que en el lugar se erigió un busto de este personaje.

De ahí en adelante se le conoció como plazuela de los Periodistas o, simplemente, el parque del Periodista.

Con el final de la década de los setenta llegó a la zona uno de los pocos locales, junto a la farmacia Girardot, que todavía perdura. En 1979 la señora Teresita Pérez montó, sobre la esquina del parque, una cafetería y panadería que nombró Santa Teresita. Este comercio, dedicado a la preparación de parva, era una estación obligada en esas tardes tranquilas de aquellos años.

Pero la tranquilidad de la ciudad empezó a alterarse con la irrupción del narcotráfico. A comienzos de los ochenta el Centro comenzó a vivir una invasión de vendedores ambulantes y la tranquilidad de muchos locales también se vio alterada por una población de habitantes de calle que empezó a deambular por avenidas y aceras.

Los bohemios de la época, que preferían los bares de tango, iban a la Curva del Bosque, al Armenonville o al Patio del Tango. Pero el rock, el punk y el metal se metieron de lleno en las barriadas saliendo así, de los barrios marginales.

Punkeros y otras yerbas

A mediados de los ochenta, para la época en que Hernando, el vigilante, llegó al parque, los punkeros y los metaleros ya habían tomado lugares del Centro como sus ‘parches’.

Una banca de la avenida La Playa, entre la calle Córdoba y Girardot, fue el fortín del ‘parche’ punkero del Centro. Sobre el separador de las vías se ‘parchaban’ a pedir plata, tomar alhelí, intercambiar casetes y algunos a oler sacol. Hubo veces en que eran más de 100. Puede decirse que se tomaron toda la zona hasta el teatro Pablo Tobón Uribe”, recuerda Jaime Zabala, vocalista del grupo Sociedad Violenta.

Y fue por esa época, ya a finales de los ochenta, en que La Arteria, un pequeño ‘tinteadero’ de La Playa, ubicado en el costado sur, se convirtió en el bastión de la nueva bohemia universitaria.

“La Arteria de un momento a otro se volvió en un oasis de la rumba. Llegaban estudiantes y gente que le gustaba el Centro. Se tomaban unas cervezas y conversaban en las aceras” comenta Byron White, que frecuenta la zona hace décadas.

Este lugar llegó a congregar tanta gente que la acera se llenaba desde Córdoba casi hasta la Oriental.

“A mi me tocaba irme a ayudarle a cerrar a don Guillermo, el dueño de La Arteria. Corría desde el parque al local y lo acompañaba cuando bajaba las persianas. De ahí me devolvía a mi lugar de trabajo”, dice Hernando, el celador.

Muchos se quedaban en el Centro hasta pasadas las nueve de la noche, hora en que se iban los últimos buses. Eran días en los que no se salía muy tarde debido a la presión de las bandas delincuenciales en los barrios y a la estigmatización y presión de autoridades, como el Departamento de Orden Ciudadano (DOC), en contra de los jóvenes.

Finalizando los ochenta, y con la presión de la guerra de Pablo Escobar y su Cartel de Medellín, en contra del Estado, el capo mandó a dormir a la gente a las nueve de la noche.

Por las calles corría la voz de que el que estuviera después de esa hora por fuera era hombre muerto. La paranoia se apoderó de la noche, y las masacres, en esa guerra de policías y mafiosos, metieron más a la juventud puertas adentro.

Cambio definitivo

Pero hubo un grupo que no le hizo caso a ese toque de queda ilegal ‘implantado’ a punta de plomo y amenazas. Ese puñado de visitantes de los bares del Centro, a quienes ya ni en La Artería se los soportaban, empezó a rematar sus rumbas en el parquecito de la esquina de Girardot con Maracaibo.

A esos amigos, que echaban de todos los bares, les dio por abrir uno en ese local donde había dejado de funcionar, pocos días atrás, El Pollo Farsante. Los cuatro socios fundadores fueron Juan Fernando el ‘Mono’ Upegui, José Ignacio Mesa, Gloria la ‘Mona’ Uribe y John Jaramillo.

Y el nombre con que abrieron el negocio no podía ser otro que El Guanábano. Aunque la próspera sociedad recibió, de Francisco Guillermo Trujillo, otro bautizo: “Gato con longaniza”. Porque, según él, no duraría ni un suspiro.

El 17 de abril de 1990 arrancó el bar El Guanábano. La apertura coincidió con el cierre de La Arteria. Esto hizo que todos los que no tenían miedo al ‘toque de queda de la mafia’ ni a las represalias de algunos miembros de grupos de seguridad, se fueran al Parque del Periodista.

El Guanábano arrancó con un montón de taburetes de distinta forma llevados de las casas de los dueños.

“La gente se tomó el parque. Se sentían como en la sala de sus casas. No dábamos abasto”, cuenta la ‘Mona’ Uribe.

De ahí en adelante el lugar cambió para siempre. El Guanábano arrastró a muchos otros locales, como El Viejo Vapor o la Micro Tienda, para volver la plazuela un símbolo cultural, o mejor, contracultural de Medellín. Un lugar donde se gestaron grandes iniciativas en el cine, la literatura, la música, la poesía, el periodismo, y otras artes y aficiones de la ciudad.

Oasis de cemento

El Parque de inicio de los noventa conservaba el césped en el suelo. Pero las transformaciones urbanísticas lo llenaron de cemento.

El 13 de julio del 2004 se erigió allí el primer monumento del país dedicado a la memoria de las víctimas de los crímenes de Estado.

En el centro del Parque, una esfera con niños jugando en su interior homenajea a ocho menores y un mayor de edad, de 22 años. Todos asesinados el 15 de noviembre de 1992 en el barrio Villatina por agentes adscritos a fuerzas de seguridad del Estado.

Hoy, la zona conserva la bohemia de hace 23 años y dio hasta para crear, en noviembre del 2008, Universo Centro, una publicación mensual “que registra los recuerdos y los inventos de muchos. Este es el único parque con periódico”, agrega White.

Pero el Parque carga con el lastre de otros problemas como el microtráfico, el desaseo y gente que en otras partes no quieren ver.

En las noches, el parque del Periodista vuelve a vivir con cada uno de los lugares de rumba de los que salen diferentes ritmos musicales, porque “esto no es de punkeros, salseros, raperos ni de nadie. Es de todos”, dice Felipe Vélez, un universitario que frecuenta hace más de dos años el lugar.

Ya, en el día, es común ver a Hernando, el vigilante de 76 años, que con su uniforme bien lavado y sus zapatos rotos, pero limpios, amarrando basura en un costal de fique.

“En 29 años trabajando acá nunca ajusté un mínimo en un mes. Pero bueno, sigo dándole duro”, dice. 

Rafael González Toro
Para EL TIEMPO