'Si hay paz, Colombia no puede reducir sus fuerzas armadas'

'Si hay paz, Colombia no puede reducir sus fuerzas armadas'

Mauricio Vargas, quien dirigió el posconflicto en El Salvador, habló del proceso de paz en el país.

'Si hay paz, Colombia no puede reducir sus fuerzas armadas'
8 de marzo de 2015, 02:56 am

Está en Colombia uno de los hombres que más sabe de la guerra y de la paz: el general retirado Mauricio Ernesto Vargas, de El Salvador, quien combatió en su nación como comandante del ejército, hizo parte luego de la mesa de negociaciones para buscar la paz y, para consolidarla, ejerció, durante diez años, la dirección del posconflicto.

Su experiencia y su conocimiento han motivado que sea invitado regularmente para hablar sobre los errores que El Salvador cometió en su proceso de paz y el posconflicto. Los señala para prevenir a los colombianos de no incurrir en los mismos ‘pecados’. Errores que van desde la reducción de las fuerzas armadas hasta la desviación de sus presupuestos.

El Salvador vivió 12 años de guerra civil entre el Gobierno y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), que provocó más de 70.000 muertos y, por lo menos, 8.000 desaparecidos. Los puntos críticos que originaron el choque fueron la distribución de la tierra, la violación de derechos humanos, las desapariciones forzadas y la ausencia de democracia.

El general Vargas, no obstante ser un hombre con ideología de derecha, fue aceptado por la guerrilla como negociador y director del posconflicto, porque siempre sostuvo la teoría de que “es mejor coexistir que matarnos”.

¿Cuál es el objetivo de su presencia en Colombia?

Hablar sobre las experiencias negativas de la paz en El Salvador, por los errores que cometimos en la estructura de la negociación.

¿Qué errores cometió El Salvador?

Por ejemplo, la reducción de las fuerzas armadas, que produjo una pérdida de control territorial; que los cuerpos de seguridad fueran disueltos; que se creara una policía nacional civil, inexperta, sin un esquema operativo claro; que no se previeran los niveles de violencia que actualmente estamos sufriendo y que se afectaran justos beneficios a los militares.

¿Qué experiencia tuvo El Salvador en el posconflicto?

Pagamos el costo de los errores cometidos. Una persona que ingresó muy joven a la guerrilla es más adaptable a la delincuencia y al crimen organizado que a un empleo porque su formación ha sido de violencia y de guerra.

¿Cuando se hizo la paz en El Salvador, qué se convino hacer con los militantes del frente Farabundo Martí?

Primero, la integración política. Hoy es la primera fuerza política del país. Tienen la jefatura del Estado. El presidente, Salvador Sánchez Cerén, era uno de los comandantes del Farabundo Martí.

¿Y eso, para usted, fue acierto o un error?

Un acierto porque lo que queríamos era que dejaran la lucha armada y se incorporaran a un proceso democrático. Pero la situación en El Salvador es muy distinta a la de Colombia.

¿En qué sentido?

La guerrilla en Colombia nació con una visión política ideológica, pero se desnaturalizó con el tiempo y se convirtió en una narcoguerrilla. No hay un paralelismo entre el frente Farabundo Martí y las Farc.

Por la experiencia salvadoreña, ¿las Farc tendrían que entregar las armas?

Sí. Esa es su obligación. Si quieren reintegrarse a la sociedad, pueden hacerlo, pero sin armas. Política sin armas. Y armas sin política. Primer error que cometió El Salvador que no debería repetir Colombia: reducir las fuerzas militares. Además del impacto sobre la territorialidad, tiene un efecto en la institucionalidad y en el sistema social de las fuerzas armadas.

¿Cuál es su tesis?

Digamos que hoy tienen 200 exmilitares que son pensionados con 300 que están aportando. Si se reduce la incorporación, automáticamente se rebajará el número de aportantes y bajará el recaudo para sostener las pensiones.

¿Cómo se resuelve eso?

Es muy importante que se pueda visualizar. Nosotros estamos recomponiendo ese esquema en el momento actual, 23 años después de firmada la paz, por el error de omisión que cometimos. Los salvadoreños vimos el desarme, la desmovilización y la integración como el fin del conflicto. Ese fue un enfoque miope, porque la paz es un proyecto de nación, no puede ser un proyecto sectorial. El posconflicto tiene implicaciones económicas, políticas y sociales. No haber tenido esa visión global estratégica nos está haciendo pagar las cuentas, y los costos son demasiado altos.

Por la experiencia de su país, ¿ningún acuerdo de paz que firmen las naciones que tienen conflicto interno debe incluir el desmejoramiento de las fuerzas armadas?

No podemos mantener un enfrentamiento permanente entre el gasto social y el gasto militar. Tenemos que buscar un equilibrio porque ambos son una necesidad del país. No se puede decir aquí que con el dinero de tres tanques se hacen cuatro hospitales o que con dos aviones menos se hacen 60 escuelas. Esa es una matemática falsa porque la seguridad se tiene que mantener y desarrollar. El presupuesto militar no se puede ni se debe recortar porque acabó la guerra.

¿No se puede recortar qué?

Recursos para modernización, para tecnología, para seguridad, para prestaciones. Mucho menos se puede ver como una manera de confort la institucionalidad de las fuerzas armadas a la terminación del conflicto, porque ahí es donde empiezan los problemas. A las fuerzas armadas no se las puede afectar porque tienen unas tareas intrínsecas dentro de la sociedad y en relación con el Estado. No se las puede ahogar vía presupuesto. Ese fue un error que cometimos. Me preocupa que las Farc ‘salvadoreñisen’ la agenda e introduzcan los temas de nuestra paz en los lineamientos que están presentando en Cuba.

¿Como cuáles?

La reducción de las fuerzas armadas, la discusión del tema de las fuerzas armadas. En nuestro país dijimos: nosotros no estamos resolviendo en una mesa de negociación un problema militar, estamos resolviendo el problema de la paz; hacer la guerra es una tarea militar, hacer la paz es una tarea política. Separémoslas. No vamos a negociar lo militar, vamos a negociar la paz…

¿Qué tipo de relaciones hubo en El Salvador entre exguerrilleros y exmilitares?

Ese es el otro gran problema sobre el cual hay que prevenir a Colombia. En El Salvador no solo se han unido, sino que han creado una confederación por los lisiados. Es un problema que se va a tener que abordar con seriedad. Tiene que ser un proyecto de nación, no de sector, no del gobierno. Si la empresa privada no ingresa realmente a la reinserción, los problemas los vamos a tener más temprano que tarde. No es solo que den empleos sino que asesoren en microempresas; que financien pequeñas compañías; enseñarles reglas mínimas de administración, de contabilidad, de mercadeo. En El Salvador, el Farabundo Martí tenía militantes con buena formación cultural. Los militantes de las Farc no la tienen. No olvide que no se puede vender la cultura suiza a los pipiles y a los mayas. Nosotros pensamos que lo podíamos corregir en el tiempo, y después de 23 años no lo hemos logrado hacer. Por eso estamos en problemas.

¿El Salvador tuvo una visión estratégica en el proceso y en el posconflicto?

No. Y su pregunta es razonable; en la guerra hay que hacer como en el ajedrez: para mover una pieza, hay que tener listas dos jugadas posteriores, y no hubo eso.

¿Estas experiencias suyas se las ha trasladado al Gobierno de Colombia?

He venido en varias oportunidades a conversatorios, a conferencias, pero no a ver ni explorar proyectos de futuro. Por ejemplo, creo que nuestros hermanos militares colombianos deben mirar su sistema pensional.

¿En qué sentido?

El sistema solidario es un sistema de pensiones que ha fracasado en el mundo. Nosotros acabamos de presentar una ley en la que quienes estamos a tal edad se quedan en el sistema anterior y los nuevos se van a un tipo de AFP. Se ahorra y cuanto más ahorro, mejor pensión. El esquema solidario fracasó y nuestro seguro social se aniquiló. En El Salvador se redujo la fuerza armada, quedaron los mil que estaban y solo están aportando 400, y eso lo hace insostenible en el tiempo; y todo eso fue producto de la falta de visión del problema de las pensiones.

¿Fue ese un grave error cometido en su país?

Sí. Por eso le digo: cuidado con reducir a las fuerzas militares; cuidado con las pensiones de los militares, cuidado con la proyección institucional; cuidado con detener la institucionalidad; cuidado con rezagarse: las fuerzas armadas tienen que modernizarse; cuidado con un presupuesto militar ineficiente.

¿Qué hizo El Salvador con el presupuesto que antes dedicaba a la guerra?

Bueno, es que la comunidad internacional es muy generosa para la guerra pero es muy tacaña para la paz.

¿Usted ha tenido contacto con militares aquí en Colombia?

Sí.

¿Tienen las mismas preocupaciones que usted está expresando?

No me lo han expresado así con claridad.

¿Pero las tienen?

Me imagino que las deben tener. Y supongo que visualizan el problema de los lisiados a consecuencia del conflicto; es otra preocupación. Ni los gringos han podido atender eso.

¿Y en El Salvador cómo hicieron?

No hay cómo atenderlos. Las necesidades crecen y los recursos no. Mire: nuestra nación no habló nunca de los costos de la paz; allá queríamos paz, pero no asumir los costos de la paz; la sociedad tiene una deuda con los lisiados; es un costo de la guerra que tiene que pagar la paz. Ese es uno de los factores del posconflicto, en donde hay problemas económicos, políticos y hay sociales.

¿Y ustedes cómo los asumieron?

Mal porque no tuvimos la visión estratégica; no podemos tener victorias tácticas con pérdidas estratégicas porque eso es bastante peligroso.

¿En El Salvador funcionó la comisión de la verdad?

Eso fue un desastre. Su conclusión fue que toda la culpa viene del Estado y de los agentes del Estado. Sostienen la tesis de que los derechos humanos los viola el Estado porque los ciudadanos no violamos los derechos humanos sino que cometemos delitos, y para eso están los jueces. La teoría de la verdad es correcta, con algunos elementos básicos, como la reparación de las víctimas y la reparación de la sociedad, sin carácter punitivo sino para eliminar todo lo que permitió en el pasado que las cosas sucedieran y establecer que en el futuro ello no se repita; pero nuestra comisión no lo vio así. Las comisiones de la verdad que yo he conocido en Argentina, Chile, Guatemala, Sudáfrica y la de El Salvador no han funcionado. En ningún lado. Todas han traído problemas. Yo les aconsejo a los colombianos: no se metan en ese laberinto. ¿Conocer la verdad de cincuenta años? Mucha gente, que ya no existe, no nos va a poder decir la verdad; por tanto, vamos a tener historias omitidas y verdades unilaterales.

¿Pero acaso las víctimas no tienen derecho a saber la verdad y a tener reparación?

Claro que sí. Pero ¿cree usted que cincuenta años de guerra los va a reconstruir una comisión de la verdad o una memoria histórica? Si nosotros no pudimos reconstruir 12 años, ¡cómo será reconstruir 50! Algo más: los técnicos que trabajan en esto tienen sus dos manos de izquierda. Van contra el Estado, contra su institucionalidad, van contra los agentes del Estado, con todo…

YAMID AMAT
Especial para EL TIEMPO