'Camila tuvo esperanzas hasta el día de su muerte'

'Camila tuvo esperanzas hasta el día de su muerte'

Familiares relatan los últimos días de la joven que luchó por conseguir un trasplante de médula.

'Camila tuvo esperanzas hasta el día de su muerte'
26 de febrero de 2015, 12:50 am

“Camila tuvo esperanzas hasta el día de su muerte”. Con esta frase resume Emilio, el hermano de Camila Abuabara, la lucha que libró la joven contra el cáncer en los últimos 68 días.

Ella y su familia pasaron los días más difíciles de sus vidas, tras el trasplante de médula ósea que se le practicó en la Clínica Las Américas de Medellín, el pasado 19 de diciembre, gracias a la donación de Emilio, que tenía un 50 por ciento de compatibilidad.

Al igual que ella, él y su madre también creyeron que aguantaría más tiempo, pero Camila falleció a las 9:50 de la noche del martes. (Lea también: Camila Abuabara puso a prueba el sistema de salud)

“Desde la primera semana del procedimiento –narró Emilio–, ella tuvo una tras otra complicación y fue fuerte hasta el final”.

La historia de Camila, de 25 años, una estudiante de décimo semestre de Derecho de la Universidad Externado de Colombia, conmocionó al país porque, a través de redes sociales y con tutelas, dio una batalla para conseguir un tratamiento para la leucemia linfoblástica aguda (un cáncer de sangre) que padecía. (Lea también: Redes sociales reaccionan a la muerte de Camila Abuabara)

Emilio recuerda ese día del trasplante, que la joven había intentado que le practicaran en Estados Unidos, como si fuera ayer. “Estaba tan feliz porque yo iba a ser su donante. Aún tengo su sonrisa dibujada en mi mente”, recordó su hermano.

Sobre la operación, ella les dijo a sus familiares que no sintió nada. Que parecía fácil, pero luego vino lo peor, los dolores y las recaídas. “Uno se siente abatido –se quejaba Camila–, que no puede más. Lo único que queda es pedirle fuerzas a Dios”. (Lea también: 'Camila Abuabara será recordada como una luchadora': MinSalud)

Las complicaciones

Los días siguientes permaneció internada en la Unidad de Trasplante de las Américas y de allí fue trasladada tres veces a la Unidad de Cuidados Intensivos por fallas en los riñones, hígado, colon y pulmones.

Su intestino también estuvo inflamado, retuvo líquidos y recibió tratamiento de diálisis durante una semana para limpiar su sangre. En ocasiones permaneció días enteros con respiración artificial. (Vea también: ¿En qué consistió el procedimiento de Camila Abuabara?)

Pasados 35 días de la cirugía, los médicos le explicaron a la joven que había asimilado el trasplante en un 99,5 por ciento.

Sin embargo, ella, en el fondo, sabía que lo que vendría sería difícil. “Un día el cuerpo puede estar bien, al otro no. Un día la médula de mi hermano puede estar, pero otro, podría reaparecer la mía y eso sería un fracaso total”, le decía Camila a su madre, Patricia Franco.

Su madre la acompañaba todas las noches y estaba ahí para todo lo que ella necesitara: ir al baño, dar unos pasos por la habitación para descansar, revisar su cuenta de Twitter y para hablarle por teléfono a algún allegado.

Sus brazos estaban amoratados por las múltiples veces que tuvieron que pincharla para obtener muestras de sangre, y por la cantidad de medicamentos que debían serle aplicados por vía intravenosa.

Para Camila lo más difícil era estar encerrada en esas cuatro paredes de la habitación, rodeada de médicos, la monotonía y vivir apartada de su familia.

“Estar en una habitación en la que todo el mundo entraba con tapabocas, guantes, gorro y bata me hace sentir aislada”, dijo la joven en su momento.

En los dos meses que estuvo internada tuvo muchos altibajos. Había días en los que sentía esperanza y otros en los que, aunque no la perdía, tenía mucha angustia.

Su hermano sostiene que “los médicos jamás encontraron el foco de su alta fiebre. No sabían qué la producía. Ella estuvo con sangrado; en fin, con muchas recaídas que de una u otra manera no pudieron controlar”.

La joven a veces sentía que se quedaba sin respiración y sin ánimos. No escuchaba bien por un oído. Tampoco veía bien. Sus días eran largos. No podía pasar el tiempo viendo televisión, ni conversando.

Abuabara soñaba con graduarse este año y continuar con su fundación Latinos Hasta la Médula, una iniciativa de ella apoyada por el Consulado de Colombia, en la que buscaba donantes de médula ósea en Estados Unidos para colombianos.

Su madre contó que mientras Camila estaba en la clínica también pensaba en los jóvenes que, como ella, tenían cáncer de sangre y necesitaban un nuevo tejido para seguir viviendo.

Llegó a pesar 100 kilos, 30 más de lo normal, porque se llenó de líquidos. Por eso, no se hallaba a gusto en la cama, se volteaba de un lado a otro. Sus familiares relatan que ella quería ver películas y estar en redes sociales, pero tampoco podía apoyar el computador en su estómago o piernas debido a la inflamación.

El 4 de febrero, la joven habló con varios medios y dio un parte de tranquilidad. Según le relató a este diario, sentía que debía aprender a caminar de nuevo. “Me quiero levantar –dijo– y realmente no puedo; quiero dar un paso, pero debe ser con ayuda. Eso es desalentador”.

“Estoy con un aparato en la boca. Hay momentos en que me lo quiero sacar de un jalón –confesó aquella vez–. Igual, deseo quitarme todos los catéteres que tengo en brazos y cuello, pero me aguanto porque sé que esto valdrá la pena”.

“Confío en Dios y creo que toda la lucha que inicié hace cuatro años no va a ser en vano. Si salgo de esto seguiré trabajando por los jóvenes que están desprotegidos y que tienen que luchar no solo contra una enfermedad, sino también contra un sistema de salud ineficiente”, agregó la joven.

Ella no veía la hora de salir de la clínica. Lo primero que iba a hacer era comer pasteles y platos hechos por su mamá. “Estoy muy aburrida de comer dos meses seguidos en un hospital. También quiero tener mis cosas, mi ropa, no estar todo el día con una bata puesta ni estar atada a una máquina, y menos tener que estar orinando en un pato”.

La primera semana de febrero permaneció estable, pero su cuerpo volvió a decaer y las semanas siguientes fueron complicándose.

El martes, Camila amaneció conectada a una máquina y con agujas adheridas a su cuerpo, con oxígeno artificial y fiebre alta. Su hermano cuenta: “Estuvo débil, pero consciente. Y con frecuencia vomitó sangre”.

Como todos los días, una enfermera pasó por su habitación a las 5 de la mañana para ponerle medicamentos de rutina y tomarle pruebas de sangre.

En el transcurso del día, Camila necesitó ayuda de su madre para ir al baño, para comer y para acomodarse en la cama porque estar en una misma posición la lastimaba.

Después de pasar un día con dolores, náuseas y desaliento, la joven falleció a causa de un paro cardiorrespiratorio.

“Ella no llegó como cualquier paciente que recibe tres tratamientos de quimioterapia –explicó la madre–; ella llegó con seis tratamientos distintos y su organismo ya estaba muy desgastado, por lo que no soportó”.

La mamá anunció que su cuerpo sería llevado a Bucaramanga. En esa ciudad, donde Camila creció, le darán el último adiós. En la memoria de muchos colombianos quedará su imagen de mujer valiente, soñadora y, sobre todo, de alguien que luchó no solo por su salud sino por la de muchos colombianos que padecen la enfermedad que le arrebató la vida.

DEICY JOHANA PAREJA M.
Corresponsal de EL TIEMPO