Alice, el robot que enseña a interpretar emociones

Alice, el robot que enseña a interpretar emociones

Adelanto beneficiaría a niños con asperger, por el que tienen dificultades al relacionarse.

Alice, el robot que enseña a interpretar emociones
25 de febrero de 2015, 02:07 am

Para Daniele Mazzei, Ph. D. en robótica automática y bioingeniería de la Universidad de Pisa (Italia), una demostración perfecta de tecnología útil para el hombre sería algo en apariencia tan simple como una sombrilla capaz de sincronizarse con el pronóstico del clima y avisar si se debe salir con ella de casa o no.

El desarrollo de herramientas de este tipo, sin embargo, no es el principal campo de trabajo de Mazzei, coordinador de un equipo de investigación del centro Enrico Piaggio, de la Universidad de Pisa; él condujo un estudio que revolucionaría las terapias para los niños con síndrome de Asperger.

Las personas con este trastorno, enmarcado en el espectro autista, tienen una inteligencia normal e incluso muestran capacidades excepcionales en disciplinas como las matemáticas, pero exhiben dificultades para relacionarse.

La investigación de Mazzei se concentró en el desarrollo de un robot con forma de humano que les ayuda a los terapeutas a enseñarles a los niños con asperger a interpretar las emociones de las personas, a partir del reconocimiento de las expresiones faciales.

El experimento, cuyos resultados fueron publicados en el 2012 y discutidos en el congreso de robótica Humanoids 2014, celebrado en Madrid ( España), consistió en medir respuestas fisiológicas como el ritmo cardiaco y la sudoración de treinta niños con edades entre los siete y quince años, ante los gestos del robot denominado Automatización Facial para Transmitir Emociones (Face, por sus siglas en inglés) o Alice, como le dicen sus creadores.

Las pruebas fueron hechas por los inventores del robot, terapistas y psicólogos de la Escuela Normal Superior de París. Los resultados sorprendieron: la mayoría de niños reconocieron las emociones que Alice expresaba con su rostro, lo que demostraría un vínculo empático entre los interlocutores.

Mazzei explica que el objetivo no era enseñarles a los niños a sentir emociones, algo que, según dice, es imposible de lograr con cualquier persona.

“La idea –afirma– es brindar una herramienta a los profesionales que trabajan con esos niños para que puedan avanzar en las terapias para ayudarlos a mejorar su calidad de vida”.

“La razón por la que decidimos trabajar con el robot y no con actores humanos es que estos últimos pueden inducir a la pena entre los sujetos de estudio, quienes, de no entender la expresión facial del actor, se verían obligados a admitirlo, lo que generaría una situación vergonzosa”, comenta Mazzei, quien trabaja en un equipo de ‘Agentes expresivos para la educación y el aprendizaje de simbiótica’, del que hacen parte varias universidades europeas que estudian los beneficios de involucrar robots en procesos educativos.

Para el neurólogo Leonardo Palacios, el avance es un aporte valioso e interesante que vale la pena perfeccionar, toda vez que los niños se conectan mejor con los objetos que con las personas.

“Es, sin duda, una herramienta tecnológica que puede aportar al proceso de mejorar la socialización y las condiciones de vida de los pacientes”, señala Palacios, exdecano de la Facultad de Medicina de la Universidad del Rosario. Genoveva Morales, psicóloga clínica y directora del Centro de Desarrollo Infantil Anthiros, especializado en espectro autista, considera que este tipo de avances, aunque positivos, no pueden tomarse como una panacea, “que es el error que normalmente cometemos los humanos frente a hallazgos como estos”.

“La personas con asperger –dice– tienen dificultades para leer lo que no es evidente y concreto, lo tácito, lo que es intrínseco en las relaciones humanas; cualquier elemento, tecnológico o no, que sea un paso intermedio entre lo concreto y lo abstracto será útil para decodificar los mensajes, pero no podemos mandar el mensaje de que esta u otras ayudas van a ser soluciones milagrosas”.

NICOLÁS BUSTAMANTE
Redactor de EL TIEMPO