La gran reforma que tocó a la danza del congo

La gran reforma que tocó a la danza del congo

Esta danza rompió el paradigma de los tradicionales grupos a raíz de los turbantes.

La gran reforma que tocó a la danza del congo
15 de febrero de 2015, 05:12 am

Los turbantes más lindos de la ciudad se hacen en un cielo raso. Justo en un espacio límbico, que no es ni arriba ni abajo, que toca el suelo y el techo con bajar unos pasos o alzar el brazo de un vuelo. A ese purgatorio sin nombre asciende cada día Julio Sánchez Stevenson, una robusta nobleza 'hecha' hombre que arrastra las palabras para contar el porqué de ese cosmos incomparable. “Fue idea de mi papá, Manuel Sánchez, y mi hermano Atilano, ya fallecidos”.

No se refiere al cielo raso, sino a la danza del congo reformado. Esa fue la herencia de su padre, un ‘rebelde’ que se sublevó al Congo Negro, mientras que su hermano hizo lo mismo en el Toro Negro. “Cuando mi papá saca la danza, lo hizo con una característica diferente: invitó a las mujeres”, cuenta, cambiando la norma de los hombres vestidos como señoras para emular la presencia femenina en las rondas. Fue un cambio para escandalizarse, pensaron en el comienzo, y de ahí su fama de ‘reformado’. De eso hace ya 53 años.

Desde el 87, el turbante mayor se posó sobre la cabeza de Julio, el elegido de los 15 hermanos (13 siguen vivos) para hacer perdurar el baile que vino como legítima fortuna, luego de las muertes de sus parientes fundadores. Allí vino el otro punto de quiebre, con la clara intención de darle una vuelta a la historia de los –hasta el momento– marginados congos y su apariencia lánguida, rezagados por una incursión de nuevas manifestaciones desconocidas a esa altura de las fiestas. Llegó el vestuario estilizado. Una nueva reforma.

Fantástica danza

“Todo va cambiando con el transcurrir del tiempo. Si no fuera así, los jóvenes no integraran la danza de congo”, sustenta Sánchez para justificar la decisión de engrosar sus filas y renovar la gastada imagen de la danza, siguiendo una premisa incontestable: todo entra por los ojos. Pero no estaba alejándose de los pasos tradicionales de la sangre africana que curte el espíritu de los congos bravíos, sino volviendo a ellos. “Muy poca gente sabe que antes se usaban plumas, canutillos, lana, flores y de moña”.

Y es así como describe Carnaval de Barranquilla a una de sus manifestaciones más ricas y sublimes: “ataviados con prendas brillantes que son adornadas con lentejuelas, canutillos y otros elementos que le dan vistosidad”, en su dossier detallado de las expresiones que lo engrandecen.

Nada se han inventado, entonces, fuera de lo común los Reformados, y aunque su fastuosa carta de presentación de un metro, turbantes de un nivel de fantasía extraordinario, los recubra la vistosidad característica de las comparsas, conservan los patrones tradicionales de una auténtica danza nacida de la máxima festividad colombiana.

Tanto, que son líderes de la tradición por ostentar más de “50 años cumplidos de participación ininterrumpida en el Carnaval, ser reconocido como un grupo tradicional, poseer excelente calidad y comprometerse en la calidad y el respeto a la tradición”, tal como lo sentencia la directriz de la ‘Propuesta para la Salvaguardia de nuestra identidad Cultural’, presentada a la Fundación Carnaval por una serie de grupos autóctonos en 2006.

La sapiencia perceptible de Sánchez, que busca su mejor repertorio de palabras para describir esa pasión que involucra a 120 danzantes, se concentra en la sala de su casa, en el barrio Pumarejo, donde unas letras de icopor anuncian que quienes han llegado ahí se aprestan a conocer la historia de un congo con agallas. Una mesa invisible soporta más de 10 tocados maravillosos, quintaesencia de la cuadrilla. “Cuando cogí la danza, dije: ‘esto tiene que cambiar, porque antes solo iban bien cambiados el director y las dos cabezas de cuadrilla’ “, recuerda Julio, graduado del Colegio Montesquieu y perfilado en el arte de la albañilería por su padre, lo que refinó su aptitud creativa.

“Esto es empírico, es un don de Dios, que me impulsó. Esto lo hago yo con la cabeza”. Y para la cabeza. Un coctel de forros de icopor, lentejuelas de gran tamaño, espuma y vinilos termina convertido en un caimán titánico, amenazante, con flores de estampa y penca vistosa. A Arnulfo Padilla, con 10 años en las filas del Congo Reformado, ya no le pesa, y eso que carga el escudo del Junior –con alegrías– y penas y toda su parafernalia.

La fauna tiene cabida para mandriles, gorilas, tigres, águilas, boas y cualquier cantidad de figuras exóticas. Cada turbante es la exaltación de una reunión de animales que delira verseando fragmentos de historia, escenas eufóricas, ridículos cómicos. “Hay que estudiar para poder saber las historias. Yo me preocupo por eso, porque ahora cualquiera es cantante”, dice quien fuera rey Momo en 2007 y ha viajado por medio mundo por culpa de su cara pintada de blanco y sus gafas oscuras.

El año de la fisionomía estilizada del grupo fue 1991, cuando la uniformidad se hizo imperativa para quien es su director, vocalista, percusionista y, como si fuera poco, modisto. “Me ayuda Breiner, el yerno, que es el que corta”. Mónica, esposa del jefe de la bandada, es la encargada de los tocados femeninos, que tienen su propia interpretación de lo bello.

Cuando Julio revela que un ajuar completo llega a costar un millón de pesos, podrían pensar los ignorantes que es un capricho innecesario, pero tras este detalle diferencial hay una gallardía propia de él, notoria para quienes logran descubrir el valor de sus palabras; para los que saben que cabalgar con una danza ancestral de ese modo es casi una proeza y aplauden que más de un centenar de personas se adhieran a ella. Que tenga semillero y no abandono. Que crezca día a día. “Aquí, los antiguos solo pagan un valor simbólico por la inscripción. Los nuevos pagan cien mil pesos. Yo presto los vestuarios”. Cuente, con esto, otra

‘Gran Reforma’.

Es la tenacidad la que encierra al congo mayor en el mezzanine improvisado de su casa y no lo suelta hasta que la originalidad lo supere. Sube allí todos los días gracias a la misma escalera de madera que lo secunda como albañil, aunque lleve meses sin dedicarse a eso. El síndrome de Guillain-Barré se ensañó con él desde noviembre y a su cuerpo se le ha dado por atacarse a sí mismo. La movilidad no es la misma, razón que lo hizo trasladarse por un tiempo a la casa de su madre para seguir viviendo su propia Creación de 365 días, dándole soplos de vida a osos y cebras. A toda su danza.

“Estoy caminando porque el Carnaval lo mueve a uno. Esa ayuda de Dios me ha motivado bastante”. Así que ya pudo volver a su casa e instalarse entre cielo y suelo. Allá, en su cielo, es donde todo sucede. La magia, metros arriba, ocurre mejor. Hasta da visos de lo que podría proponer en un par de años. “De pronto cambio y creo la Catedral, el estadio Metropolitano o cosas que he visto en mis viajes”. Solo pensar en un turbante así emociona, pero mientras eso pasa, queda tiempo para regodearse en los que ya existen.

En Miércoles de Ceniza

Camina sin prisa, y ese ritmo que ha adquirido ahora lleva la velocidad de sus palabras. Tres días le toma acabar uno de sus tocados esbeltos y no hay ni uno de tregua para descansar. “Comenzamos a trabajar desde el mismo día que pasa el Carnaval”. Es en plural que habla y lo deja claro. Cuarenta miembros de su familia cercana están zambullidos en ese universo de machetes y pecheras. Tiene dos hijos, danzantes también; es su nieto el que menos carnavales ha vivido, pero no el que menos ha gozado. Le dicen Julián, un conguito de 4 años que baila como si caminara.

Julio Sánchez Stevenson le toma fotos sentado en un trono de madera que todos llaman mecedor. Su celular de alta gama tira flashes captando la mejor imagen de un zigzagueo que repite de memoria el más pequeño de la camada. Su turbante, hecho a medida de una escasa estatura, es la prueba material de que algún día se convertirá en el líder de todo eso que se vive en su hogar, con lo que crece y desayuna, con lo que se levanta y duerme. Privilegio inmenso. No todos los días nace un carnavalero consagrado, con pinta de Momo.

El Congo Reformado es la esperanza de los grupos tradicionales que navegan contracorriente. Muestra de que no toda evolución es amenaza. Hay un machete afilado con madera y cientos de turbantes dotados de poder para espantar al fracaso, ese buen amigo de los que se sientan a esperar que el tiempo se los alcance, mientras los Sánchez y su séquito ya vienen bailando de vuelta.

Andrea Jiménez Jiménez
Redactor ADN
BARRANQUILLA