'Así he vivido un mes con el tormento del chikunguña'

'Así he vivido un mes con el tormento del chikunguña'

Un periodista de EL TIEMPO en la Costa Caribe narra cómo es vivir con esta enfermedad.

'Así he vivido un mes con el tormento del chikunguña'
3 de febrero de 2015, 01:36 am

El pasado jueves 29 de enero cumplí un mes exacto de andar por la casa arrastrando los pies como si fueran de plomo y despertando, cada día, con un dolor nuevo en las mañanas.

En estas cuatro semanas no ha pasado un día en que, si no tengo fiebre, me duele la cabeza o amanezco con hinchazón en las articulaciones de las manos y tobillos. También sufro dolor en hombros, rodillas y cuello, y de una picazón en todo el cuerpo. Pero lo que más pánico me da son las descamaciones que tengo en la planta de los pies y codos, como una culebra cambiando de piel. (Lea además: Probabilidad de muerte por chikunguña existe, pero es baja: Gobierno)

Todo esto es por el chikunguña, esta corroncha enfermedad, hasta con nombre ‘maluco’, que ya afecta a 143.432 colombianos, y que no me dejó disfrutar de mis vacaciones, ni de las fiesta de Año Nuevo, ni de mi cumpleaños. Y, como si fuera poco, todavía me persigue en plena época de carnavales.

No he podido comenzar mis actividades laborales en forma ni salir a la calle con tranquilidad. Los dolores van y vienen, y en cualquier momento me dañan el día. Permanezco con malestares y cansancio, por lo que no me provoca salir de la casa. (Lea también: Productividad en Cúcuta cayó a la mitad por el chikunguña)

Dieta de acetaminofén

La última vez que fui a la EPS fue hace dos años, por un dolor renal, pero en estos 30 días ya llevo cuatro visitas a Coomeva, pues es tanto el malestar que prefiero la espera en la sala de urgencias y, de paso, hablar allí con la gente sobre el chikunguña, tema que no ha podido quitar del primer lugar de los corrillos ni con el título de Paulina Vega en Miss Universo.

En las salas de urgencias me he encontrado a un pensionado que no solo se quejaba del dolor, también lo hacía porque desde hace un mes no sale de su casa en bicicleta, porque no puede ni pedalear y hasta una señora que, casi llorando, me dijo que se le rompen los platos y los vasos porque no tiene fuerza en las manos para agarrarlos. (Además: Chikunguña: más acción y menos resignación)

Mi tormento comenzó la tarde del 29 de diciembre, en Barrancabermeja. Estaba de vacaciones y viajé a visitar a mis hijos. Allí, mientras estaba en una parranda en el patio de la casa de mi amigo José David Martínez, comencé a sentir los primeros golpes de esta enfermedad. Comenzó con un dolor en la pierna derecha, una leve fiebre y un pequeño brote. “Los mosquitos de mi casa los tengo bien educados, ellos no transmiten ningún chikunguña, esa vaina la trajo de la Costa”, me dijo mi amigo. En Barranca no había brote de esta enfermedad, lo que me hizo pensar que fui infectado en Barranquilla, donde se reportan 5.739 casos, o en Santa Marta, donde pasé las fiestas de Navidad y hay registrados 5.003.

Pese a los primeros síntomas, esa noche viajé en bus a Medellín. Fue el más tormentoso viaje de mi vida. En la silla comencé a sentir escalofríos y dolor en los huesos. Sentí eternas las bajadas del bus por la serpenteante carretera. Al llegar, a las cinco de la mañana, estaba tan entumido que tuvieron que ayudarme a bajar del bus y a subirme a un taxi. (Lea también: Gobierno pide evitar 'bombas' de medicinas para atender chikunguña)

No tenía fuerzas en las manos ni para desvestirme. Me broté en los brazos y piernas, tenía fiebre de 39 grados. Me dolía hasta el último pelo de la cabeza. A las nueve de la mañana, mi esposa llamó al servicio de asistencia médica particular. El doctor me inyectó para bajar la fiebre, pidió que me bañara con agua fresca y que me fuera de inmediato a urgencias.

Estuve en la EPS entre las 10:00 a. m. y las 3:00 p. m., cuando me dijeron que en los exámenes de sangre estaban bien, pero que al parecer era chikunguña, por el brote y el dolor. Me pusieron el tratamiento de rigor: acetaminofén cada 6 horas, naproxeno cada 8 y mucho líquido. “De esto no te vas a morir, tómate las pastillas, descansa; ya se te pasará el malestar. Eso sí, el licor, de lejos”, me advirtió el médico.

Con la dieta de acetaminofén y abstemio, recibí el nuevo año. Pasó una semana y la fiebre era intermitente. Llegaba con la puntualidad de las brisas barranquilleras: a las 5:00 p. m. La segunda semana estuve mejor, pero las punzadas en el tobillo y la mano derecha se mantuvieron; lo bueno fue que recuperé las ganas de comer. Solo quería estar acostado.

De nuevo a urgencias

La tercera semana me sentí peor. Volví a urgencias, cojeando y con la mano hinchada. Me recetaron inyecciones de diclofenaco. Se me quitó el dolor y regresé a trabajar. Creí que ya todo estaba controlado, pero llegó la recaída con más fuerza y ‘maluqueras’.

Al dolor en el tobillo y la mano se le sumó el de la espalda y cuello, y la ñapa fue que se empezó a caer la piel de las plantas de los pies y los codos, al parecer, por deshidratación.

Volví a la EPS y me mandaron lo mismo: acetaminofén, tomar bastante agua y descanso. Desde entonces, en las mañana ocurre lo más tormentoso. Es como si amaneciera cada día con un dolor nuevo. Cuando me levanto, parece que tuviera anclas en los pies y camino con la espalda doblada, como un anciano, como si estuviera bajando de un cuadrilátero, luego de una pelea a 12 asaltos.

En este club del chikunguña hay cientos de historias. Algunos solo sufren unos días, pero otros vivimos por semanas un calvario. Mi suegro, un uruguayo robusto que lleva años en Santa Marta, al que nunca escucho quejarse ni cuando paga el recibo de energía, hoy no sabe ni que más tomar para aliviar los dolores que, desde el 5 de diciembre, lo aquejan no solo a él sino a su esposa y a cuatro empleadas de confianza, también golpeadas por la enfermedad.

También me contaron que al cachaco Ulpiano, que en 20 años nunca había cerrado su tienda del barrio Lucero, en el centro de Barranquilla, nadie le ha visto la cara desde el 2 de enero por culpa del chikunguña.

Lo peor es que no hay ni remedio casero que valga. Me han recomendado caléndula, tiamina, voltaren, el cogollo del mango, vinagre contra la comezón y hasta la caña de azúcar; pero qué va, nada me quita el malestar.

Lo último que me dijo el médico que me atendió esta semana cuando entré cojeando y con la espalda algo doblada al consultorio y me vio arrugar la cara al sentarme frente a su escritorio fue: ‘Ñerda, otro al que se le jodieron los carnavales’. Y me volvió a mandar acetaminofén, hidratación y descanso.

Los más ‘golpeados’

Bolívar y Norte de Santander

Según el último reporte del Instituto Nacional de Salud, en todo el país, el virus lo han contraído 143.432 colombianos. Bolívar es el departamento que más acumula casos confirmados: 30.764. Tan solo en Cartagena van 12.436 registros.

Luego, Norte de Santander, en el oriente, es el segundo departamento más golpeado: 27.733 personas han sido diagnosticadas con el chikunguña. En Cúcuta el brote ha sido tan fuerte que algunas empresas han visto afectada su productividad; lleva 25.372 casos.

Ofrecen desde vacunas falsas hasta curas ‘ancestrales’

El avance del chikunguña ha dado para todo. Hay quienes se han dedicado a la tarea de crear medicinas caseras –de efectividad no comprobada– y otros que hasta ofrecen vacunas falsas contra el virus.

En el Tolima, por ejemplo, hay quienes han saltado a la ilegalidad prometiendo curas milagrosas y recorren Ibagué y más de 10 municipios del Tolima ofreciendo una supuesta vacuna contra la enfermedad.

Para hacer creíble el engaño usan el nombre de la Secretaría de Salud y aplican, inyectadas, las vacunas sin efecto alguno. Por estas cobran alrededor de 10.000 pesos.

En Bolívar, por otro lado, hay quienes buscan la cura en prácticas ancestrales. Jaime García, un campesino de San Jacinto, decidió crear su propia ‘fórmula’ y, según dice, ha obtenido excelentes resultados con un ‘brebaje’.

“Está hecho de diversas plantas medicinales que eran usadas por nuestros antepasados zenúes para quitar el dolor”, advierte, y varias personas consultadas aseguran haber mejorado notoriamente después de la tercera dosis.

También hay quienes han fortalecido sus empresas por cuenta del virus. En Ibagué, por ejemplo, entre 20 y 30 tanques de agua y albercas lava diariamente Multi Servicio Activo, una empresa creada por Juan Conejo. Su negocio, que lo abrió a comienzos del 2014 y estuvo a punto de cerrar, cambió desde que entró a Colombia el chikunguña. “Mejoró desde que el Gobierno y los medios de comunicación comenzaron a darle bombo”, afirmó.

Por tanque cobra 30.000 pesos y por alberca, 10.000. En Barranquilla, donde nadie quiere caer enfermo antes de carnavales, han hasta diseñado métodos para que el mosquito transmisor no llegue a las casas. Carmen González, de 58 años, asegura que “no hay que darle tregua al chikunguña”.

En el barrio El Bosque, la mujer, madre de cinco jóvenes, dice que prende fuego a los cartones donde vienen empacados los huevos, para así impedir que el mosquito transmisor llegue hasta su hogar. “Enciendo dos por las noches, uno en la terraza y otro en el patio. Cuando no tengo le prendo candela a unas ramitas de nim, que cumplen el mismo papel”, explica.

LEONARDO HERRERA DELGHAMS
Corresponsal de EL TIEMPO
Barranquilla