Entrevista en BOCAS: El último desfile de Lady Tabares

Entrevista en BOCAS: El último desfile de Lady Tabares

Charla con la actriz que protagonizó La vendedora de rosas y hoy vive en prisión domiciliaria.

Entrevista en BOCAS: El último desfile de Lady Tabares
6 de enero de 2015, 09:29 pm

En plena pubertad protagonizó 'La vendedora de rosas', la película de Víctor Gaviria que entre 1998 y 1999 brilló en los más importantes festivales cinematográficos del mundo, incluido el de Cannes, donde floreció como estrella. Pasó de las calles de Medellín a la cúspide de la fama. Se enamoró, tuvo un hijo y enviudó. Un buen día su luminosidad dejó de titilar, volvió a vender rosas en las calles y, en el 2002 estuvo involucrada en el atroz crimen del taxista Óscar de Jesús Galvis. Entonces, a sus 21 años, fue condenada a 26 años de prisión por homicidio agravado y hurto calificado. El pasado 8 de mayo, con un segundo hijo a bordo, Lady Tabares salió de la cárcel y pasó a prisión domiciliaria. Una vida –por muy cliché que suene– de película.

Por: Andrés Montoya / Fotos: Esteban Zuluaga

Impetuosa, noble, pícara, explosiva, franca, solidaria, terca y confiada. Protagonizó 'La vendedora de rosas', la película de Víctor Gaviria que entre 1998 y 1999 desfiló entre nominaciones y estatuillas por varios festivales del mundo. Fue en el Festival de Cine de Cannes donde Lady Tabares floreció como una estrella (con alfombra roja incluida). De las calles de Medellín a la cúspide de la fama. Pero su luminosidad pronto dejaría de titilar. Volvió a vender rosas en las esquinas.

Hizo un papelito en una serie de televisión, recibió una casa de regalo, creyó enamorarse, tuvo un hijo y enviudó temprano. Vio morir al padre de su hijo acribillado a balazos en su propia casa. Quienes fueron testigos de los hechos dicen que nunca volvió a ser la misma. Espectro dentro de sus propias pesadillas, se arrastró por las tuberías de la ciudad. Sin rumbo. Hasta que encontró consuelo en brazos de otro hombre. Y con él llegó el hundimiento. En el 2002 estuvo involucrada en el atroz crimen de Óscar de Jesús Galvis, un conductor. Uno de sus abogados de aquella época asegura que su popularidad, en parte, la sentenció. Cría fama y te sacarán los ojos.

Foto: Esteban Zuluaga

Fue condenada a 26 años de prisión por homicidio agravado y hurto calificado. Tenía 21 años.

De alabada estrella de cine a uno de los 63.000 reclusos que había ese año en el país. Una licencia del Inpec le permitió tener su segundo hijo en libertad, pero regresó al cabo de ocho meses para cumplir la totalidad de su pena. Pasó por el Buen Pastor, la durísima Valledupar y Pedregal. El teléfono fue su vínculo con el mundo exterior. Llamó a sus hijos, sin falta, tres veces al día. Por ahí los oyó crecer. Los despertó en las mañanas, les ayudó a hacer las tareas, los sermoneó cuando obraron mal. Cuatro mil ciento setenta y seis rayas esculpió en las paredes de su corazón, 4.176 días en ese agujero. La tercera parte de su vida.

Recibió el beneficio de prisión domiciliaria el 8 de mayo de este año. Ese día un enjambre de periodistas revoloteaba en los alrededores de la prisión mientras que ella, con los ojos bañados en lágrimas, firmaba autógrafos y obsequiaba adioses a las reclusas de los pisos altos. De alguna manera evocaría su recorrido por la alfombra roja de Cannes. La biografía de Lady Tabares es más que 112 minutos en la gran pantalla. Su historia está encadenada por miles de fotogramas de una cinta que se incendió ante nuestros ojos. Hoy, mientras aguarda una serie sobre su vida que se emitirá por el canal RCN, busca la manera de aferrar sus raíces a la tierra. Sus hijos y su familia. El tallo de su existencia.

Tres internados, una correccional, una película que le dio la vuelta al mundo, doce años en la cárcel. Es un cliché decirlo, pero su vida es una película de cine.

Total. Yo siempre he pensado que todos en esta vida venimos con una película. Y la mía la he ido afrontando a la manera que me ha sido posible y que hasta ahora no termina.

Se perdió de su casa cuando tenía cuatro años, ¿cómo ocurrió?

Me acuerdo que salí con una amiga del inquilinato donde vivíamos y fuimos a la glorieta de San Diego, y de repente me encontré en medio de muchos carros y dejé de verla a ella. Nunca supe cómo regresar a la casa. Una señora de una caseta me llamó y le dije que andaba perdida y ella llamó a la policía. Cuando llegaron me subieron al carro y terminé en un internado. Allí pasé casi cuatro años. Después de muchas pesadillas, y porque me levantaba llamando a mi mamá, decidieron que debían encontrarla. Y por preguntas que me hicieron se fueron guiando con los recuerdos que yo tenía, y sin querer queriendo un día dimos con mi mamá. Ya poco la recordaba, incluso a ella misma le pregunté por mi mamá. Ella tenía un vaso, lo dejó caer, gritaba que su hija había vuelto. Toda la gente del inquilinato salió a mirar.

Actividades culturales en el internado, ¿obras de teatro? ¿Cine?

De todo. Pero más que todo en Semana Santa… hacía de Niño Jesús en las obras de teatro. Y en las procesiones hacía de María y en la Batalla de Boyacá de soldado.

¿De ahí proviene su gusto por el cine?

No, eso fue algo que había nacido conmigo. Porque antes de llegar a los internados, yo me metía a cine.

¿Cómo hacía para ingresar si no había plata ni para el pan?

Es que yo siempre he sido delgada y bajita, y entonces me metía muy fácil sin que me vieran. O a veces, en ocasiones, les pedía plata a los clientes, yo les decía: “Oiga, me va a regalar pa’ la boleta”, y ellos decían: “Ay, tan linda la niña”, y me compraban la boleta y yo echaba pa’ dentro. [Risas].

Después de que se reencuentra con su mamá viene el paso por la correccional, ¿cómo aprendió a robar y cuántos años tenía?

Yo creo que yo empecé a robar como a los siete años. Entraba a los supermercados y me robaba las cajas de chicles y las vendía. O también me robaba las gelatinas en polvo porque me gustaban mucho. Ya más tarde aprendí a entrar a los establecimientos a robar, que es por lo que caigo a la correccional de menores. Ahí pasé un año y luego llegué al internado Fray Luis Amigó.

Ese lugar precisamente marca un punto de quiebre en su vida, ahí conoció a Víctor Gaviria.

Un día hacen llamar a un grupito, que pienso que fue a criterio de las monjas porque seguro ellas vieron que nosotras podíamos servir para lo que Víctor quería. Él nos hizo preguntas de la vida de cada una, qué hacíamos, por qué estábamos ahí, qué nos gustaba hacer. Improvisamos algo y a mí me gustó. Él quedó encantado con esa interpretación mía porque a los días me llamó.

Cuando comenzó a leer acerca de su personaje, ¿creyó que lo podía interpretar con cierta facilidad? Y lo pregunto por los puntos comunes que tiene con su vida.

¡Total! Mónica es un personaje con el que me familiaricé mucho, porque parte de lo que ella vivía yo lo había vivido: estar en las calles, mendigar, pasar hambre, amanecer en la calle, la problemática con la familia… Aunque había un guion e hicimos muchos ensayos, cada vez me sentía más en confianza con mi personaje.

La buscan cuando la película es incluida en la selección oficial del Festival de Cine de Cannes de 1998, ¿qué pasa en ese avión rumbo a Francia?

Tengo recuerdos muy nítidos de eso. Íbamos con la camisa de La vendedora de rosas y en el avión iba un grupo de extranjeros. Y cuando ellos supieron que dentro del avión iba la delegación de la película, empezó una conexión toda bacana. Pero antes, yo estaba muy asustada. ¡Era mi primera vez en un avión! Entonces pedí una cerveza y Víctor no me dejó, pero me la bebí al escondido. Ya luego me relajé y cuando menos pensamos, resultamos repartiéndonos las camisas con los gringos: ellos nos dieron las de ellos y nosotros les dimos las de 'La vendedora de rosas'. Nos aplaudieron, fue muy lindo…

Foto: Esteban Zuluaga

¿Es cierto que prendieron un bareto en la parte de atrás del avión?

¡Horrible! Pero a nadie le importó, nadie miró. Atrás del avión fumando marihuana y tomando dizque whisky en las rocas, y yo preguntando que qué era eso.

Cuál momento fue más emotivo, ¿la caminata por el tapete rojo en Cannes o la caminata desde su celda hasta la furgoneta del Inpec que la llevó a la casa?

El de la celda hasta la furgoneta. Aunque en Cannes era emocionante porque estaba en otra parte y vi otras culturas. Pero esta era camino a la libertad, a mi familia, a mis sueños…

¿Al regreso de Francia sintió que tenía el mundo en sus manos con ese recibimiento, con las ruedas de prensa y los elogios?

Es que de pronto eso me hizo soñar más de lo que debía. Yo me imaginé no más hambre, no más penurias, estudio completo. Porque es que yo soñaba con poder estudiar. Fue difícil, pero rápidamente asumí lo que me tocaba y volví a vender rosas. Aterricé con dolor, con tristeza de ver que no fue lo que esperaba. Es que me exigían demasiado y yo tenía pocas posibilidades.

Casi nadie está preparado para la fama, ¿usted lo estaba?

¡No! [Silencio]. Creo que no solo no estuve preparada para la fama, sino que todavía no lo estoy. Es que a veces, en el fondo, he pensado que no quiero esta fama. Y no la quiero porque la fama me ha condenado y me ha aporreado muy feo.

Dos personas que la conocen de esa época me dijeron que su vida nunca volvió a ser la misma después de la muerte de Ferney, su primera pareja, ¿es cierto?

Al tiempo de grabar 'La guerra de las rosas', él cayó a la cárcel. Entonces yo llegaba a Medellín e iba a visitarlo… Y cuando él sale de la cárcel y regresa a mi casa, siguen los problemas con su mamá. Pero cuando se entera de que va a ser papá, eso de alguna manera lo cambia. Se quiere ajuiciar. Pero yo, desafortunadamente, no pensaba igual. Porque tenía una confusión personal, de muchas cosas, y quería primero sentirme segura de lo que quería. Y habían sucedido varios detalles debido a mi inestabilidad.

¿Cuáles detalles?

Enojos de él. Me amenazaba con matarme y me decía que si yo no iba a estar con él, entonces, no iba a estar con nadie. De pronto pasaban muchachas y yo las miraba… Y él lo notó.

¿En ese tiempo ya sabía que usted era gay?

Yo empecé con mis “confusiones”, por decirlo de alguna manera, a mis doce años. Estaba haciendo 'La vendedora de rosas'. Pero mirá que un día surgió ese corte tan bárbaro, esa palabra del universo que le dice a uno: “Bueno, Lady, esto es así”. Y fue su asesinato. Que fue bastante impactante para mí porque se subieron hasta acá, en mi propia casa y lo volvieron mierda con mi hijo ahí, justo donde estamos ahora. Y cuando vi que había muerto me afectó bastante, pero también pensé que había sido por algo. Quizás porque mi orientación sexual no iba por ese lado. Me dolió muchísimo que él se fuera de esa manera, después de verlo tan enamorado de su hijo.

¿Por qué no le hicieron daño ese día, Lady?

Porque la orden era para él. Y como yo me le tiré para que no le dieran más, pues el man, en su adrenalina, me agarraba con una mano y con la otra le daba más tiros… En el transcurso de mi vida, yo he visto muchas muertes: demasiado violentas y más normales. Muchas me habían impactado, pero la de Ferney fue trascendental para mí.

¿Cómo asume la vida a partir de ese momento?

Yo tenía algo muy claro y es que quería tener dos hijos en mi vida. Pero mi anhelo era que los dos fueran del mismo hombre. Desafortunadamente no sucedió así. Matan a Ferney cuando José tiene un año y existe Édisson Castañeda… Realmente a mí no me agradaba, fue muy extraño, pero un día cualquiera asesinan a otro amigo del combito y en el velorio de este hay un acercamiento entre Édisson y yo, y lo miro y analizo y termino decidiendo que con él quiero mi segundo hijo. Y quedo embarazada de Julián.

¿Antes de ingresar a la cárcel?

Claro, póngale que quedo en embarazo y al mes se da lo de la cárcel. O sea que en noviembre me detienen sindicada de homicidio agravado y me entero de que estoy en embarazo, ¡son golpes bastante fuertes! Y empiezo una decadencia física y sicológica…

¿Y en la cárcel acepta su sexualidad?

¡Sí! Pienso que definitivamente este es uno de los motivos por el que voy a parar a la cárcel. Fue una liberación, porque en Cannes o en los viajes que teníamos con la película, todo era un inconveniente para vestirme. Porque los productores me decían: “¡No, Lady, que póngase un vestido, que pantalón ancho, no!”, ¿si ves? Siempre tratando que uno no sea uno.

¿Qué tanto la afectaba?

Mucho. Pero en la cárcel ya me abro, más que hacia el mundo lo hago conmigo misma. ¡Me acepto! Aunque fueron tres años muy difíciles, a nivel físico y psicológico: que medicamentos, que psicólogos, que intentos de suicidio…

¿Intentos de suicidio?

Sí, tres. ¡Estaba mal! La cosa fue que un día en la celda, Julián lloraba y yo no podía ver porque estaba ciega por los medicamentos, no fue más de tres horas, pero era muy frustrante porque tenía que darle el tetero. Era de madrugada y estaba muy oscuro, y como no podía ver casi lo quemo con el agua caliente. Pero ya de día, cuando pude ver, me dije que tenía que pararme porque él me necesitaba.

¿Qué edad tenía Julián?

Ocho meses. Y definitivamente él fue ese bastón, ese sacudón que yo necesité para pararme de la depresión. Y ahí empezó mi batalla real en la cárcel: enfrentar y afrontar muchas cosas que me dolieron mucho, que me tumbaron, pero que con la ayuda de él y del destino y de Dios, me paré.

Leyendo las diligencias de audiencia pública y el fallo condenatorio está claro que los autores materiales del homicidio fueron Sergio Zapata y Sergio Urrego. También participa Johnatan Madrigal, también menor de edad, quien señala el lugar donde deben cometer el homicidio. Mientras que Zapata y Madrigal la acusan, el otro, Urrego, la exonera de toda responsabilidad y dice que usted no entregó las navajas y tampoco dio la orden para matar a la víctima. ¿Por qué la condenan entonces?

Es una pregunta que yo siempre me he hecho. Quizás yo fui a la cárcel a pagar por otras cosas. Pero no esa. O simplemente tuve algo que ver porque anduve en el carro del señor. En el momento yo no sabía lo que sucedía, pero anduve en ese carro por Bello y la gente me vio y también estuve en la finca donde murió. Lo que sí pienso es que esta experiencia en la cárcel yo la tenía que vivir, y la tenía que vivir por muchos motivos: allí me hice mujer y allí me hice mamá. O sea, yo aprendí a ser mamá, a ser mujer y a ser adulta en la cárcel.

¿Qué hizo el día del homicidio?

Édisson llega en el carro robado, me dice que si lo voy a acompañar al tránsito… Yo me acuerdo que tenía que hacer una vuelta, entonces me subo al carro, nada fuera de lo normal…

¿Y no le preguntó de quién era el carro, si sabía que no era de él?

No, porque yo no vivía con él. Estaba acostumbrada a verlo en carros diferentes. Luego llegamos a mi casa y luego aparece Sergio “Chiquito” (Urrego), llegó ensangrado [sic], y yo le pregunto: “¿A usted qué le pasó?”, y él me pide el favor de que le regale ropa para cambiarse. Él me dijo que tuvo un problema, pero que no pasaba nada, que no lo habían seguido… Yo recuerdo que tenía ropa de Ferney, se la entrego y él se lleva su ropa ensangrentada.

¿En los días siguientes no se enteró de que habían cometido un homicidio?

No. Solo hasta cuando la Fiscalía llega a mi casa en noviembre… Ah, no, a mí antes me llaman de la Fiscalía y voy. Me preguntan que si conozco a Sergio “Grande” (Zapata), que por qué lo conozco, que hace cuánto, las preguntas rutinarias que suelen hacer. ¿Y conoce a Sergio “Chiquito”?, y les dije que claro, que yo lo había tenido en mi casa viviendo. Y me preguntaron otros nombres y yo dije que no los conocía. Eso se queda así. Y pasados como veinte días o un mes, llega a mi casa la Fiscalía y el CTI… ¡Horrible! Y me acusan del homicidio del señor Óscar Galvis. Se desenvuelven los hechos y a mí y a Édisson nos llevan para San Quintín. Él allá me dice muchas cosas. Y desde ese momento lo odié con toda mi alma. Incluso sentía que no quería al niño que tenía en mí. Y me confiesa que fueron esos dos pelaos: que era que el señor se les iba a volar, pero que la intención no era matarlo, que era que habían hecho un negocio con el señor y que se había quitado… Todo un enredo. Yo en mi ignorancia pensaba que las cosas se iban a solucionar. Pero yo no acepté cargos.

Si tuviera la oportunidad de revivir aquellos días, ¿aceptaría hoy cargos sabiendo que eso significa una rebaja considerable de la pena?

Te voy a decir una cosa: hasta el sol de hoy, yo nunca hubiera aceptado cargos, ¡no! Y no porque yo no tenía un motivo para matarlo. Ni me debía ni sabía quién era el señor.

¿Tiene algo para decirle a la familia del difunto?

Nada. O bueno, sí, que lamento mucho lo sucedido, pero que yo no tuve ni el más mínimo motivo para hacerles daño. Que lo lamento mucho, pero que si ellos han sufrido, yo también he sufrido y ha sufrido mi familia.

En la cárcel construyó la relación con sus hijos a través del teléfono, ¿cómo fue ese vínculo con el mundo? ¿Cada cuánto hablaban?

Los llamaba tres veces al día: a las 5:45 a. m., porque estudiaban por la mañana; a las 12:30 p. m., cuando llegaban del colegio, y la tercera a las 4:00 p. m., porque a las cuatro y media me encerraban. Hacía las tareas con Julián, desafortunadamente con José no fue posible porque la abuela paterna se encargó de que entre él y yo no hubiera mucho contacto. Pero siempre pendiente de que si se portaron mal, si perdieron o ganaron el año. Les cantaba por teléfono el Happy Birthday. También cada quince o cada ocho días les escribía cartas. Me daba el arrebato y me entraba la melancolía y escribía.

¿Qué escribía?

A cada quien le escribía lo que en ese momento sentía. A mi hermana, por ejemplo, el hecho de haberla dejado. Porque siendo niñas le había prometido que jamás la iba a dejar sola, porque yo la quería acompañar cuando ella fuera madre por primera vez; y no fue así. A mi mamá sobre cómo me dolía haberla dejado sola. A mis hijos les profesaba el amor y el arrepentimiento que tenía de no poder compartir con ellos sus etapas valiosísimas.

(Con su autorización y por considerar que sus letras revelan una Lady más desconocida, menos mediática, divulgo dos fragmentos de sus cartas).

“Mi hermoso hijo, supe que superaste el año en el colegio y no es para menos, pues eres tan inteligente. Me siento muy feliz por ti, pues sé que solo es el comienzo de las grandes cosas que lograrás.Yo también tengo una buena noticia para darte. ¿Recuerdas que la mamá te contó que igual que tú, yo también andaba estudiando? Pues pasé y me dieron un diploma y todo para que te sientas orgulloso de mí”.


“…vives en mi vida como el sol en el día y con el sueño de estar a tu lado como tu amiga, madre y todo lo que tú desees… Te he necesitado mucho, pero tu gallardía y paciencia me han hecho una madre fuerte y perseverante. El destino y el universo están que confabulan para nuestra unión y ese día seré muy feliz, de verdad muy feliz, hijo”.

Hace poco, gracias al permiso del juez, tuvo la oportunidad de ir a Bogotá y dictar unas charlas sobre prevención del delito en unos colegios. ¿Cómo fue esa experiencia?

Fue muy gratificante por el recibimiento que tuve, no lo esperaba. La cosa es que yo salí con un miedo muy grande: y fue el miedo al rechazo. Pensaba en señalamientos, en comentarios malucos hacia mí, pero recibí todo lo contrario. Recibí unos jóvenes dispuestos a escucharme. Fue una experiencia muy bonita: los aplausos, los abrazos, la reacción no solo de los estudiantes, sino también de los adultos que estaban allí.

Hay una anécdota que ocurrió en una de las sesiones con una adolescente…

[Risas]. Fue en una de las últimas sesiones y el ambiente estaba muy desordenado. Entonces una estudiante dijo que tenía una hermana en la cárcel y me dijo que se sentía muy orgullosa de mí, porque yo les había enfatizado mucho que no abandonaran la gente que tenían en la cárcel. Y yo la miro y ella está llorando, y entre lágrimas me dice que cuando había visto La vendedora de rosas le había dejado la sensación de que ella nunca iba a consumir drogas. Y la niña comienza a atacarse a llorar, luego se quedó callada, se creó un silencio y ella dijo: “Yo antes de despedirme quisiera decirle que a mí me gustaría que usted hubiera sido mi mamá”. Y ahí mismo me puse a llorar. Todavía me conmueve, porque es que yo he sido muy señalada y juzgada, y muy pocas veces he sido elogiada, independientemente de los premios que haya ganado como actriz.

¿La vida le está dando en este momento una nueva oportunidad?

¡Es que la vida me está dando una segunda oportunidad desde que entré a la cárcel! Yo sé que algo no muy grato estaba destinado para mí si no hubiera ido a parar allá. Con todas las dificultades que yo pasé, lo sola que me sentí, lo aburrida, lo deseosa de morirme… Pero también todo lo que aprendí como persona, los conocimientos que adquirí, la madurez. Y ahora el regreso a mi casa, a mi familia, a un espacio que comienza a ser nuevo para mí. Ahora es cuando empieza una segunda etapa de esa nueva oportunidad que me dio la vida.

¿Cómo piensa aprovechar esta nueva oportunidad?

No sé. Y no sé porque uno no tiene claro nada en la vida. Solo sé que quiero terminar mi bachillerato y que el bienestar de mis hijos es ahora mi presente y mi futuro.

ANDRÉS MONTOYA