La bahía de Cartagena está bajo el fango

La bahía de Cartagena está bajo el fango

La zona recibe nueve millones de toneladas de sedimentos anuales que generan desastre ambiental.

La bahía de Cartagena está bajo el fango
3 de enero de 2015, 12:19 am

 La bahía de Cartagena vive tal vez uno de sus peores momentos de la historia. Está literalmente ahogada, al igual que su navegabilidad. Es todo un desastre ambiental en el corazón de una de las ciudades más turísticas del país, patrimonio de la humanidad. El declive de este ecosistema tiene una causa: los vertimientos del contaminado río Magdalena, que le están llegando a través del canal del Dique.

Hoy la bahía está desnaturalizada. Se ha convertido en un ecosistema donde la vida marina se hace cada vez más difícil y genera mayores costos y amenazas a la actividad portuaria, según un reciente estudio ambiental de la organización Ecoral, por encargo del Grupo Argos y con la participación de científicos de la Universidad de Texas. (Lea también la columna de Salvo Basile: Una mano a Cartagena).

De acuerdo con esa investigación, a la bahía le caen nueve millones de toneladas de sedimentos anuales, que son la condena de la navegabilidad del mismo puerto y de sus valores ambientales. Esto sin contar las aguas residuales y contaminantes del centro del país, que llegan al Magdalena y que este a su vez deposita en la bahía a través del canal.

Poco a poco, las ciénagas de sus alrededores, que servían de amortiguación, se han ido acabando. A esto hay que sumar la pérdida de 180 hectáreas de arrecifes coralinos. Lo grave es que ya están en riesgo los que aún sobreviven en las islas del Rosario, hasta donde está llegando toda esa sedimentación.

La bahía de Cartagena no nació siendo lo que es; su color era azul turquesa. Pero en 60 años, tras la construcción del Dique y sus rectificaciones, logramos transformar una zona marina y arrecifal en una zona estuarina, donde se mezclan aguas dulces y saladas”, dice Federico Botero, gerente de Ecoral, especialista en estudios ambientales de arrecifes coralinos.

Esta fusión de aguas cambia la salinidad que requieren los corales para poder sobrevivir, que está entre 30 y 40 ppt (gramos de sal por litros de agua). En épocas de altos caudales del Dique, la bahía presenta salinidades de menos de 16 ppt. (Lea también: Aguas negras y descargas industriales acaban con la bahía de Cartagena).

Se estima que tenía unas 1.100 hectáreas de pastos marinos y 1.700 hectáreas de manglares, ecosistemas que se habrían podido conservar si los proyectos industriales, urbanísticos y turísticos hubieran sido concebidos con visión de sostenibilidad.

“Los manglares crecen en zonas inundables; protegen las costas y generan un microclima agradable y aire puro. Son también el hábitat de especies migratorias; son las guarderías de especies de peces de interés comercial, entre otros servicios, que no se han sabido incorporar en la visión de desarrollo de la ciudad de Cartagena, una ciudad de manglares”, explica Botero.

Por su parte, los pastos marinos son un ecosistema vital para mantener la disponibilidad de alimento para los peces y el hábitat de muchas especies, como las tortugas. Incluso, hay evidencia de que a la zona llegaban manatíes para alimentarse. Todo ha quedado degradado.

Bondades desperdiciadas

Esta situación tiene un antecedente histórico: una inversión gubernamental que hubiera podido ser un ejemplo de desarrollo y conservación ambiental, que terminó enlodada.

Por sus profundidades extraordinarias para la actividad portuaria, los españoles observaron por primera vez las bondades de la bahía de Cartagena. Aprovechando esa condición natural, definieron a la ciudad como centro de poder político, eclesiástico y económico. Después de la Independencia, sus condiciones portuarias permitieron desarrollar un centro industrial de importancia nacional, y de esta simbiosis resultó el más importante puerto multipropósito del país y el más atractivo centro turístico.

En su momento, lo que es hoy la zona del canal del Dique era una planicie inundable que, entre otros servicios, amortiguaba inundaciones con su sistema de ciénagas y bombeaba agua en los periodos secos. (Lea también: Una cruzada para salvar el Canal del Dique).

Pero todo comenzó a cambiar y a desdibujarse en 1923, cuando se empezó a dragar el canal del Dique, existente desde el siglo XVI, con el propósito de que por este pudieran entrar barcos desde el río Magdalena hacia la bahía y, de paso, a la Heroica, para darle a la región una oportunidad de crecimiento económico.

La obra tuvo un auge relativo, que se convirtió en ínfimo en 1982. Fue entonces cuando el Gobierno decidió rectificar las curvas del canal, que servían como trampas naturales de sedimentos: pasó de tener 270 curvas a 50 y de tener 180 kilómetros a 115 de longitud.

Esa rectificación dejó el canal casi recto y lo llevó a transformarse en un rodadero de barro. A partir de entonces, se inició el llenado de la bahía con toneladas diarias de suelos de todo el país y material arrastrado, proceso que hoy continúa aumentando implacablemente.

Según José Vicente Mogollón, exministro de Ambiente, el río Magdalena arroja a las bahías de Barbacoas y Cartagena el equivalente a 1.600 volquetas de 6 toneladas de sedimentos diarios. Foto: Archivo / EL TIEMPO

Para atender la problemática, limitar el caudal del canal del Dique y controlar la sedimentación que está cayendo en la bahía de Cartagena, en el 2012 el Fondo de Adaptación adjudicó un contrato por 52.600 millones de pesos al Consorcio Dique, conformado por la empresa holandesa Royal Haskoning DHV y la firma colombiana Gómez Cajiao. El proyecto se pensaba realizar en 25 meses, y hasta el momento sigue en ejecución. Se estima que podría estar terminado antes del 2017. Mientras tanto, la situación empeora.

José Vicente Mogollón, exministro de Ambiente, advirtió en su libro 'El canal del Dique: historia de un desastre ambiental', que este pasó de transportar 6 millones de toneladas de sedimentos en los años 80, a 9 millones de toneladas en la última década. Eso significa, entonces, que el Magdalena arroja a las bahías de Barbacoas y Cartagena el equivalente a 1.600 volquetas de 6 toneladas de sedimentos diarios.

A pesar de haber dragado el canal para darle profundidad, lo único que hasta ahora ha pasado por allí son los barcos que transportan productos de Ecopetrol. Expertos en logística de hidrocarburos dicen que, en lugar de llevar estos por allí, podrían ser transportados por los oleoductos del país.

Mogollón asegura que “este no es un canal sostenible. Año tras año tienen que dragarse 1’200.000 metros cúbicos, y desde 1984 se han dragado 34’800.000 de metros cúbicos para mantenerlo navegable. Si se dejaran actuar las fuerzas de la naturaleza, su navegación se haría imposible en menos de un año”.

SOS por los corales del Rosario

El diagnóstico es certero y sin rodeos: la subsistencia de los arrecifes de coral en las islas del Rosario, de los más valiosos del Caribe, está muy comprometida por la contaminación y sedimentación de la bahía de Cartagena.(Lea también: Lanzan alerta por 'deterioro' de corales en islas del Rosario).

La advertencia la lanzó la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, en una carta dirigida al presidente Juan Manuel Santos y respaldada por la Universidad Javeriana y cerca de 30 ambientalistas, entre ellos Juan Armando Sánchez, de la Universidad de los Andes, y la investigadora Elvira Alvarado, tal vez los dos colombianos que más saben sobre los arrecifes nacionales.

La preocupación principal se concentra en la cantidad de sedimentos que llegan desde el canal del Dique a la bahía de Cartagena y de allí hasta el parque Corales del Rosario. El material sólido, que procede del río Magdalena, está ahogando los corales y ha reducido críticamente la visibilidad para los buzos y turistas que se sumergen a estudiarlos.

Se calcula que esa porción arrecifal se ha reducido en más del 35 por ciento, según Parques Nacionales Naturales. Los corales funcionan como diques que frenan inundaciones, sostienen la pesca y construyen playas.

PATRICIA BARRERA SILVA*
Especial para EL TIEMPO

*Revista Catorce 6