Brasil, el gigante suramericano a medio despertar

Brasil, el gigante suramericano a medio despertar

Tras once años de gobierno del Partido de los Trabajadores, Brasil es potencia mundial.

Brasil, el gigante suramericano a medio despertar
6 de diciembre de 2014, 12:34 am

Una abuela de 52 años, enjuta, menuda, que habla sin enseñar los dientes y a la que le cuesta escribir su nombre en un papel, mira con los ojos vidriosos a su nieta de quince años recién cumplidos, estudiante de secundaria, dos palmos más alta que ella, dicharachera y de sonrisa permanente, que posa frente a la cámara de su propio celular.

La abuela asiste a la fiesta de 15 años de la nieta, organizada por la policía de pacificación de la favela en la que viven, en Río de Janeiro. Aunque las dos viven bajo el mismo techo, el abismo entre ambas generaciones es directamente proporcional a los cambios operados en los últimos quince años en Brasil, un país retratado históricamente como un gigante dormido, que en los últimos años parece haber empezado a despertar sin saber si se levanta y camina o vuelve a dormirse.

Por superficie, más que un país es un continente. Por población, más que un continente son tres: América, Europa y África, las tres fuentes demográficas de un lugar tan inabarcable como atractivo, tan promisorio como estancado. Tan contradictorio, en fin, como el lema que flamea en la bandera frente a la realidad cotidiana: “Orden y Progreso”.

Se llama Brasil y es, sin orden de factores, el país que hace frontera con más países, el que tiene el PIB más grande, el dueño mayoritario del pulmón amazónico, el país del fútbol y el carnaval, pero también el del petróleo pre-sal y las grandes infraestructuras, y el lugar donde más rápido se ha combatido la desigualdad social, lo que no le ha librado de multitudinarias protestas en las calles en demanda de servicios acordes al despegue del país. Todo ello con el telón de fondo del pasado Mundial y los venideros Juegos Olímpicos, eventos que lo sitúan en el centro de los focos internacionales pero con la desconfianza por el difícil momento de su economía, tras una década de bonanza.

La victoria de Dilma Rousseff en las elecciones de octubre frente a Aécio Neves por un estrechísimo margen (51,6 por ciento contra 48,3) dejó al país tan dividido como antes, y al nuevo gobierno le dejó el recado de que debe revertir las cifras negativas y hacer recordar así los años del lulismo, cuando se hizo palpable la irrupción de un nuevo Brasil.

Primero, comer

“Me sentiré realizado si, al final de mi mandato, todos los brasileños consiguen comer tres veces al día”. La frase la pronunció Luiz Inácio Lula da Silva el 1 de enero de 2003 en su discurso de toma de posesión. Acababa de recibir de manos de Fernando Henrique Cardoso la banda presidencial y se aprestaba a gobernar, jaleado por setenta mil personas en directo y millones en sus casas. Aquel día, entre las promesas de reformas políticas y tributarias que nunca llegaron, o las de combate a la corrupción que todavía se esperan, el metalúrgico devenido presidente dejó un dato en prenda que, contra la mayoría de pronósticos, pudo recoger victorioso.

No al final de su mandato (2003-2010) pero sí en la continuación del mismo: entre 2003 y 2013, 15,6 millones de brasileños dejaron la condición de subalimentados, una reducción del 82 por ciento, lo que provocó que Brasil fuese nombrado por la FAO como el país con mayores progresos en el combate contra el hambre. Y de hecho, en el informe de la misma entidad de este 2014, Brasil consiguió salir por primera vez del mapa del hambre.

Guerra y paz

“Yo crié a mi hijo y a mis nietas mayores con miedo. No se podía hacer nada, entre tiroteos y balas. Hoy el barrio está tranquilo y se vive tranquilamente”, dice Janira, la abuela de aquella nieta que cumplía 15, Thaís, la menor de siete hermanas. Como ellas, nació y se crió en una favela ubicada en las faldas de la montaña de Corcovado, bajo el mismísimo Cristo Redentor, un entorno selvático y paradisíaco que envuelve una existencia difícil, aunque menos que antes, cuando dominaba el narcotráfico.

Cerro Corá es una de las casi 150 favelas controladas por la policía de las mil que hay en Río de Janeiro. Desde 2007, el Estado desarrolla una política de seguridad pública consistente en reconquistar los territorios tomados por facciones criminales y plantar –literalmente– la bandera de Brasil. Gestos de guerra para tratar de vivir en paz. Pero aún así el proceso recibe muchas críticas, por las favelas elegidas –la mayoría cercanas a los barrios ricos y turísticos– y porque no se ha borrado el estigma de la violencia policial.

Hace unos días se presentó el Anuario de la Violencia en Brasil, elaborado por el Fórum de Seguridad Pública, y los datos siguen siendo sangrantes a todos los niveles: en 2013 hubo un asesinato cada diez minutos en Brasil, o sea, más de 53.000 muertos al año, y más de 26 homicidios por cada cien mil habitantes, con el agravante de que las cifras no han descendido en la última década, pese al viento a favor en la economía y el mejor reparto de renta. Por eso para los especialistas el futuro es sombrío.

“Comienza un nuevo período tras las elecciones, pero con un debate pobre sobre seguridad pública. A pesar de que los candidatos mayoritarios dijeron que el Gobierno Federal debe asumir mayor protagonismo, hace falta que se pase a la acción”, asegura Carolina Ricardo, analista del Instituto Sou da Paz, uno de los responsables del Anuario.

Sin embargo, lo que sigue llamando más la atención es la elevada letalidad provocada por la policía: 11.200 muertos en los últimos cinco años, más que en los últimos treinta en Estados Unidos.

“La violencia de orden policial está naturalizada en Brasil por la lógica de que el ‘bandido bueno es el bandido muerto’, y ocurre también que la policía mata y muere mucho aquí, no es habitual otro patrón de fuerza”, asegura Ricardo. “Por eso debemos orientar, formar y controlar a la policía”, añade.

Sin embargo, la violencia no es la primera causa de preocupación de los brasileños, sino la situación del sistema de salud. De ahí que millones de personas salieran a la calle en el 2013 y el inicio de 2014 para reclamar más y mejores servicios y menos gastos millonarios en grandes eventos.

Pasó la Copa Confederaciones y el Mundial y las huelgas y manifestaciones parecieron calmarse, pero quedan nada más y nada menos que unos Juegos Olímpicos.

El salto olímpico

El 2 de octubre del 2009 el entonces presidente del Comité Olímpico Internacional, Jacques Rogge, anunció que Río de Janeiro sería la sede de los Juegos del 2016.

Aquello se entendió como la consecución merecida a unos años sin precedentes en la historia de Brasil, pero también como la oportunidad definitiva de enseñarle al mundo que Brasil iba en serio.

Hoy, a poco más de año y medio de la cita, el sueño olímpico ya es una realidad, pero los brasileños lo esperan con un pie atrás.

“Los Juegos debían dejar dos legados relacionados, el urbanístico y el humano, pero ya desde ahora estamos viendo que no será así porque se privilegia solo a una parte de la sociedad”, afirma el periodista, escritor y cineasta Felipe Pena, que acaba de estrenar el documental Se Essa Vila Nao Fose Minha (Si Esa Villa No Fuera Mía), sobre el desalojo de la Vila Autódromo, un barrio que tuvo la mala suerte de estar situado junto al futuro Parque Olímpico, ya en construcción.

Su porvenir, como ocurrió con otras comunidades informales con el Mundial, está condenado al desalojo y la desaparición.
“La Vila Autódromo es un símbolo de lo que ocurre. En 40 años de existencia nunca recibió nada de parte de las autoridades y ahora la tirarán. ¿Qué más simbólico sería para los Juegos que su urbanización? Pues hacen todo lo contrario”, reflexiona.

Al terminar los Juegos se podrá hacer balance de lo dejado por los grandes eventos, y de paso se podrá evaluar si el período de mayor crecimiento de Brasil remite definitivamente o le esperan nuevas promesas preparadas para realizarse.

Recurriendo a la imagen literaria del fútbol, Pena define así el momento del país: “Somos un equipo que conseguimos ser buenos defensas y cohesionarnos en la mitad de campo, pero nos falta definir en la punta porque no tenemos tres delanteros vitales: la educación, la reforma tributaria y la reforma política”.

ARTURO LEZCANO
Para EL TIEMPO