Entrevista en BOCAS: Los Tigres del Norte, capos de la música norteña

Entrevista en BOCAS: Los Tigres del Norte, capos de la música norteña

Los mexicanos tienen medio centenar de discos, más de 700 canciones, 16 películas y un Unplugged.

Entrevista en BOCAS: Los Tigres del Norte, capos de la música norteña
28 de noviembre de 2014, 02:56 pm

Jorge, Hernán, Eduardo y Luis Hernández junto a Óscar Lara -el único que es primo y no hermano., son Los Tigres del Norte, la banda mexicana que pegó primero en el género del narcocorrido y, por lo tanto, la banda que pegó más duro. Han grabado medio centenar de discos, más de 700 canciones, 16 películas y un MTV Unplugged con los artistas del pop y del rock más famosos de América Latina: Juanes, Julieta Venegas, Paulina Rubio, Andrés Calamaro, Calle 13, Diego Torres y Zack de la Rocha. Tienen un Grammy Anglo y cinco latinos y, de tanto cantar las historias de México -Historias de 'Mojados', de políticos corruptos o de narcos asesinados a balazos-, se convirtieron en la voz de los ilegales, en una suerte de héroes con superpoderes para entrar al congreso de Estados Unidos.

Con el colombiano Juanes durante el MTV Unplugged. Foto: Camo

Por Adriana Restrepo / Fotos Camo

La vida de Los tigres del norte es su mejor corrido. Cuatro niños (tres hermanos y un primo) salieron de Rosa Morada, Sinaloa, con los pantalones rotos, un par de instrumentos y algunas coreografías improvisadas. Fueron a probar suerte porque sus familias tenían hambre. Y crecieron en cantinas de mala muerte, en bares de poca monta, entre putas y borrachos.

Llegaron por suerte a Estados Unidos y por suerte, quizás, se quedaron de ilegales. No tenían mucho ni conocían a nadie. Pero siguieron tocando donde hubiera chance y grabando discos que nadie oía. Hasta que al fin uno se oyó: La Camelia. Contrabando y traición.

Desde entonces, los hermanos Hernández (más tarde salió Raúl y entraron Eduardo y Luis) han sido los juglares de México. Sus letras –directas y certeras como balas de metralleta– han contado las historias de los que pasaron por el hueco buscando, como ellos, multiplicar sus pesos. O aquellos que decidieron multiplicarlos por billones y terminaron presos o acribillados en cualquier esquina.

Como en los buenos corridos, los hambrientos niños de Rosa Morada ya no pasan penas. Mandan en lo que hacen. Han grabado más de 55 discos, 700 canciones, 16 películas, ganaron un Grammy anglo y 5 Grammy latinos. Tampoco le tienen miedo a “la migra”. Son la voz de esos mexicanos que se juegan el pellejo en el desierto de Arizona. Han marchado junto a los ilegales, han abogado por ellos en el Congreso de Estados Unidos y hasta le han dado serenata a Obama frente a la Casa Blanca. Jorge se ganó su mote: “El jefe de jefes”. Y su banda es el referente más pesado de música norteña en el mundo.

Los tigres del norte tienen casi 50 años, pero vayamos atrás, cuando eran niños de campo…

Óscar: Trabajábamos en la agricultura con nuestros padres, hacíamos lo que se hacía en un ranchito pequeño. Allí casi no tuvimos niñez, no conocíamos más juguetes que los que fabricábamos nosotros con trozos de madera y cosas que encontrábamos.

¿Y ya soñaban con cantar?

Óscar: No, para nada. Pensábamos en ayudar a nuestros padres en las labores de la casa. Yo, por ejemplo, pensaba más en ser peluquero porque en mi familia todos eran peluqueros. Y a mí hasta me gustaba.

Entonces, ¿por qué tan pequeños -Jorge (14 años), Óscar (12), Raúl (9) y Hernán (7)- deciden empezar a cantar?

Óscar: Nos tocó dejar el estudio y ponernos a trabajar porque nuestras familias tenían muchas necesidades.

Jorge: Mi papá quedó inmovilizado en un accidente, así que teníamos que juntar dinero para curarlo. Como no sabíamos hacer mucho, resolví que íbamos a cantar y nos fuimos para Los Mochis, otra ciudad de nuestro estado, Sinaloa. En esa época cantábamos de todo: rancheras de José Alfredo Jiménez, de Antonio Aguilar, de Javier Solís.

Hernán: Al principio nos dejaron cantar en un lugar donde vendían tacos y sopes. Y allí una señorita nos vio cantar y nos dijo: “Pos si quieren juntar dinero, y hacer valer de verdad su trabajo, se tienen que ir a la frontera. Váyanse para Mexicali o para Tijuana, porque mientras aquí se ganan un peso por canción allá se van a hacer un dólar, que son 12 pesos”. Y pos que nos latió. Al otro día ya estábamos armando el viaje para la frontera. Aprovechamos que en Los Mochis andaba una hermana de mi papá que vivía en Mexicali y le pedimos que nos diera chance de quedarnos en su casa.

¿Ya tenían algún nombre?

Jorge: No, nada. Nos decían como querían: Los norteñitos de Chihuahua, Los alegres de Rosa Morada, lo que fuera.

¿Dónde tocaban?

Hernán: Al principio en restaurantes porque éramos menores de edad, pero después nos dejaron cantar en cantinas, donde fuera.

Y entonces, ¿apareció La Pichiguila?

Jorge: [Risas]. La Pichiguila era una camioneta que parecía una carroza. Era toda cerrada, pintada de blanco y negro. La compramos porque cuando llegábamos a los bares había muchos mariachis que nos ganaban los clientes. Perdíamos mucho tiempo cuando nos teníamos que mover de un lugar a otro en camión [bus], así que compramos nuestro carro y la bautizamos La Pichiguila. Y así, si no había clientes en un restaurante, nos íbamos rápido para el otro. Trabajábamos desde las cuatro de la tarde hasta la cinco de la mañana del otro día.

¿Cómo pasan a Estados Unidos?

Jorge: Como estábamos juntando el dinero que mandábamos a la casa, terminé haciéndome amigo del señor de los telégrafos, que también trabajaba con músicos. Un día me dijo que necesitaba un grupo para ir a tocar en la cárcel de Soledad, California.

Me dijo que no había pago, pero que el señor que nos contrataba tenía un restaurante y que si tocábamos allá podríamos conseguir algo de lana. “Órale, va”, le contesté y ellos nos arreglaron los pasaportes y nos fuimos a vivir esa aventura.

Y fueron bautizados en la frontera…

Jorge: Sí, llegamos a la frontera y el agente de migración le preguntó a la persona que nos llevaba que cómo nos llamábamos. Y nosotros: “No, pos no tenemos nombre, que nos ponga como quiera”. El tipo nos miró y nos dijo: “The little tigers (Los tigritos)”. Pero antes de que firmara los documentos, nos miró otra vez y nos dijo: “Mentira, les vamos a cambiar el nombre porque pronto van a crecer. Se van a llamar Los tigres del norte”.

Ustedes entraron legalmente y de muy amigos del agente de migración, sin embargo se quedaron como ilegales…

Jorge: Nos quedamos porque nos dejaron. Cuando estábamos allá, como a los 15 días, las personas encargadas de nosotros se fueron con nuestros pasaportes y nos dejaron allá, así que ya no teníamos cómo regresar.

¿Qué hicieron?

Hernán: Fuimos con el señor que tenía el lugarcito donde tocábamos y le contamos lo que nos había pasado. Él nos consiguió un cuartito en la casa de su mamá, que vivía sola con un nieto.

Jorge: Por ese entonces, conocimos a un señor que tenía un restaurante-bar, él nos dejaba cantar en una sección del lugar, pero no nos dejaba entrar a la parte que era para mayores de edad. Así que la gente que estaba en esa sección se paraba y nos decía qué canción quería y nosotros se las cantábamos de lejos.

¿Quién es Arturo Walker?

Hernán: Es como nuestro padre en Estados Unidos.

Jorge: Allá en California había un supermercado que se llamaba Pink Elephant, que era muy popular entre los latinos. Allí mismo el señor Jesús Reyes Valenzuela tenía una radio que se llamaba Radio Coffee y transmitía en vivo a los grupos que se presentaban en el mercado. Él nos invitó a tocar y Arturo Walker, que acababa de llegar de Manchester, nos vio. A señas nos dijo que le gustaba lo que hacíamos y que quería grabarnos. Hernán: Él tenía una compañía chica, Fama Records, y ahí grabamos por primera vez, en una ciudad llamada Fresno. Nos hicimos amigos, aunque ni él hablaba español ni nosotros inglés.

¿Con él se organizaron y crearon la banda tal y como es ahora?

Jorge: Para ese entonces Óscar tocaba la redobla y Hernán tocaba el tololoche [contrabajo], pero como era tan chiquito le tocaba acostarlo. Arturo nos dijo que Hernán debía aprender a tocar el bajo eléctrico, y Óscar, la batería, para poder sonar como una banda de verdad. Ya luego nos puso a tocar con otros músicos que nos enseñaron a tocar esos instrumentos.

¿Cómo les fue con el primer disco?

Hernán: Pues ya con esa grabación nos pusimos a buscar otros sitios donde nos dejaran cantar y donde no tuviéramos problemas por ser menores de edad o problemas con la policía. Conseguimos unas tocadas en un parque, en fiestas de quinceañeras, bodas, comuniones, todo lo que se pudiera para poder juntar lo de mandar a la casa.

¿El éxito no llegó tan rápido?

Hernán: Pos no, el éxito no llegó así de golpe. Antes de grabar La Camelia [el primer gran éxito de Los tigres], habíamos grabado cinco discos. Pero a Arturo Walker le debemos mucho, nos tuvo mucha fe. Él siempre nos decía que nos iba a ir bien, porque le gustaba nuestro estilo. Será porque tampoco había muchos ídolos en esa época a quienes podíamos imitar. Será por eso que siempre tuvimos nuestro estilo propio.

¿Recuerdan la primera vez que tocaron ante mucha gente?

Hernán: Sí, Arturo Walker nos consiguió un festival en la Universidad de Berkeley donde había más de 200.000 personas.

Nosotros éramos los únicos hispanos. Estábamos como asustados de ver tanta gente, pero fue bien padre. No conocíamos a los artistas que se presentaban ahí, porque nosotros si acaso sabíamos de Elvis Presley o Frank Sinatra, pero debían de ser bien importantes para que allí hubiera tanta gente.

¿Ese día se dieron cuenta de que sí podían vivir de la música?

Jorge: Así es. Ese día andábamos bien loquitos de la emoción. Ahí nos cambió la mentalidad de lo que queríamos hacer y ser en la vida.

Hernán: Nunca nos imaginamos que esto nos iba a dar tanto, que nos iba a socorrer tanto la vida, pero tampoco nunca nos derrotamos. Cuando las cosas no salían, Óscar, Jorge y Raúl trabajaban en otras cosas. Yo aún era muy pequeño y no trabajaba. También íbamos a la escuela de adultos para aprender inglés. Nunca estábamos esperando a que nos dieran o nos hicieran el favor, siempre nos buscamos nuestras propias oportunidades. De no haber sido así, seguro y agarrábamos vicios porque estábamos donde estaban todos: el trago, los cigarros, las mujeres. Gracias a Dios ninguno tuvo debilidad mental. Había más hambre y teníamos claro lo que íbamos a hacer.

Hablemos de La Camelia. Contrabando y traición. Hernán: Walker tenía un puesto en un flea market [mercado de las pulgas], donde vendía discos. Nosotros íbamos allí y le ayudábamos a ordenarlos. De paso poníamos nuestros discos bien adelante, para que la gente los viera. Fue allí donde La Camelia empezó a escucharse y donde cambió para siempre la vida de Los tigres del norte.

Jorge: Cuando la gente oía la canción, compraba el disquito, el de 45 [rpm]. Llegamos a vender hasta 400 discos en un día. Y Arturo solo nos decía: “Good, good, good. Éxito, éxito”. De ahí me fui con Arturo a distribuir los discos en toda California. Y de pronto el teléfono empezó a sonar y que nos llamaban de Texas, de Oregón, de Washington, de Arizona.

¿En qué momento decidieron volver a México?

Jorge: Dos años después de que salió Contrabando y traición, Arturo se fue para México y llegó con la noticia de que nos iban a distribuir el disco allá. Ahí ya nos tocó preocuparnos por arreglar nuestros papeles para poder viajar.

¿Y cuando entraron al grupo los demás?

Eduardo: Yo entré en 1987 debido a que Guadalupe Ovidio, un músico que tocó el saxofón para La Camelia, se enfermó. Yo tendría como 18 años y ya era músico. Tenía mi propio grupo musical.

Luis: Yo entré en 1996 cuando mi hermano Raúl decidió irse del grupo para probar suerte como músico independiente. Yo no me imaginaba que iba a entrar al grupo, porque no veía posible que uno de mis hermanos lo dejara.

La relación con Arturo Walker no terminó muy bien. ¿Qué pasó?

Jorge: Él se asoció con un italiano que cambió todas las reglas de la compañía. Cuando el italiano entró, pensamos que debíamos ganar algo porque llevábamos 15 años trabajando para Walker. El italiano nos demandó, nosotros contrademandamos. Y al final, después de dos o tres años, el juez dictaminó que todo era nuestro, que podíamos grabar lo que quisiéramos. Lo único que no nos dio fueron los logos de las canciones.

¿Es verdad que su papá les enseñó que lo más importante en la vida es el público?

Jorge: Nos habíamos llevado a mi papá a San José, California [ciudad donde viven actualmente], porque se había enfermado de cáncer de páncreas y allí lo estábamos cuidando. En esos días teníamos que ir a trabajar a San Luis Potosí, en México, y cuando fuimos a despedirnos de él, nos dijo: “Yo quiero que se vayan contentos a hacer lo que tengan que hacer, porque gracias a ese público me dieron la oportunidad de vivir más tiempo. El público es primero que nada. No se preocupen si cuando lleguen yo ya no estoy aquí”. Esas palabras se nos quedaron grabadas para siempre.

¿Y lo encontraron de regreso?

Jorge: No, justo cuando íbamos a tocar la primera canción nos avisaron que papá había muerto. Sin embargo, subimos al escenario y cantamos toda la noche y al día siguiente le pedimos al promotor que nos dejara regresar, pero él se negó. Si mi padre no nos hubiera dicho eso, tal vez, yo no le hago caso al promotor, pero como se lo habíamos prometido a nuestro padre, nos quedamos y cumplimos con los compromisos que teníamos ese fin de semana. El lunes siguiente regresamos a casa y llevamos el cuerpo de mi padre a Mexicali, donde vive mi madre.

Esa no es la única vez en que deben cumplir la pro-mesa a su padre…

Jorge: Esas palabras regresan cuando muere mi hermano Freddy en 1992. Él no tocaba en el grupo, pero estaba aprendiendo las percusiones y nos servía de chofer. Al finalizar un concierto en Estados Unidos, nos llevó al hotel y luego él se fue a otro porque iba a verse con unos amigos. Habíamos quedado de encontrarnos a las siete de la mañana del día siguiente, pero él nunca llegó. Lo estuvimos esperando por horas hasta que la administración de su hotel nos llamó para decirnos que lo encontraron muerto.

¿De qué murió?

Hernán: Dijeron que le pegó un ataque al corazón.

Pero ¿era muy joven? ¿No les pareció raro?

Hernán: Sí, pero mi mamá nunca quiso investigar. No quiso que lo abrieran porque eso sería irrespetar su cuerpo. Entonces lo dejamos así. Jorge: Cuando Freddy falleció, nosotros también debíamos cumplir con unos compromisos, así que tuvimos que cumplir con ellos antes de enterrar a mi hermano.

¿A Freddy también lo llevaron a Mexicali?

Jorge: Sí. A mí madre no la sacan de Mexicali. Allá están las tumbas, están enterrados juntos. Le decimos que se venga con todos nosotros para San José, pero ella no quiere. Quiere quedarse allá para ir a visitar a su esposo y a su hijo por lo menos tres veces a la semana. Les lleva lo que a ellos les gustaba: refrescos, pan, cigarros, cervezas. Les limpia las tumbas, les lleva flores y en la fecha de sus cumpleaños se queda todo el día junto a ellos.

Han sacrificado mucho por el público, ¿qué ha hecho el público por ustedes?

Jorge: Sentimos mucho cariño, una estimación diferente. Siempre hay abrazos sinceros como de familia. Nos hacen sentir que somos parte de ellos.

¿Es cierto que la gente les manda cartas contándoles la vida para que la escriban en sus letras?

Jorge: Sí, de ahí salen las ideas. Nos llegan cartas, CD, casetes, donde nos cuentan sus historias de cómo pasaron a Estados Unidos, de todo lo que han sacrificado por llegar al otro lado.

Hablemos del cine. ¿Cómo terminaron convirtiéndose también en actores?

Jorge: La primera vez que recibimos una oferta fue por parte de Antonio Martínez, un actor muy famoso que hacía de maloso en las películas. Él consiguió los derechos de La Camelia y me llamó para que participara en la película pero de a gratis. Y yo le dije que no. Más adelante el señor Pedro Galindo, de la productora Chapultepec, me buscó. Con él hicimos primero la película de La banda del auto rojo, con papeles muy pequeños. Después hicimos La muerte del soplón, ya con papeles más grandes. Al final hicimos 16 películas, una por año.

¿Por qué les cantan a los narcos?

Jorge: La gente cree que hacemos apología del narcotráfico, pero no es así. Nosotros contamos en nuestras canciones las historias que vemos, la vida real de algunos personajes. Es como decir que los diarios hacen apología de los narcotraficantes porque narran sus noticias. No es así. Los narcos siempre mueren a balazos o terminan en cárceles en Estados Unidos. ¿Quién va a querer eso?

¿Cómo han logrado mantenerse al margen de la guerra de carteles que se libra en México, en la que las bandas, como ustedes, siempre toman partido?

Jorge: Cuando empezó el auge del narcotráfico, el grupo tenía otro entorno. Ya no necesitábamos trabajar en otras cosas. Aunque sí recibíamos muchas llamadas para ir a bailes, el grupo ya era muy sólido y no había tiempo de hacer esos trabajos.

Además, estamos en otra área, vivimos más que todo en los Estados Unidos.

¿Perdieron muchos amigos? Durante los últimos años han asesinado a varios músicos norteños, como a Valentín Elizalde o al vocalista de K-paz de la Sierra, entre tantos otros. Se dice que los mataron los mafiosos del bando contrario.

Jorge: Todos ellos tenían su propia área de trabajo, hicimos algunos trabajos juntos, pero en realidad nunca tuvimos una relación tan cercana como para saber cómo vivían. Después fue que leímos lo que les había pasado, pero es difícil saber por qué sucedieron esas cosas. Hay muchas suposiciones. De todas formas, los personajes que están alrededor de todo esto siempre le han tenido mucho cariño y respeto al grupo y han sabido no pasarse de la raya.

La parte social es importante en la vida de ustedes. La primera de sus causas es la de los ilegales…

Hernán: Desde que empezamos a grabar siempre hemos querido cantar sobre ilegales porque queremos llevarles alguna esperanza. A ellos les gusta escuchar que alguien se atreve a decirle algo al gobierno, a la migración. Lo primero que grabamos con este tema fue Vivan los mojados y desde entonces se sienten defendidos por nosotros. También hemos tenido oportunidad de ser parte de muchos movimientos y organizaciones que buscan defender los derechos de los ilegales: hemos estado en marchas masivas y, en estas, les hemos cantado a los gringos de las leyes. También hemos estado en Washington cuatro veces para dar nuestro punto de vista a los congresistas, incluso hasta cantamos La jaula de oro frente a la Casa Blanca.

“Nos sentimos muy engañados por Obama, porque se eligió en gran parte por los latinos y su gobierno ha deportado más inmigrantes que el de Bush”. Foto: Camo

Jorge: El tema de los ilegales nos interesa porque no es solo que sufren porque no tienen papeles, sino porque son abusados, les sacaron los niños de la escuela o en las escuelas no les quieren dar comida. Hemos dado conciertos en los estados más racistas, como Filadelfia o Indiana, donde han llegado los de la migración, han hecho redadas y se han llevado a muchos de los asistentes. Nos sentimos muy engañados por Obama, porque se eligió en gran parte por los latinos y su gobierno ha deportado más inmigrantes que el de Bush.

¿Se han sentido censurados en Estados Unidos?

Hernán: No, nunca nos han censurado.

Pero en algunos estados de México sí han prohibido sus canciones…

Jorge: No ha sido directamente la gobernación sino algunas asociaciones de radios. Se supone que si ponen un tema fuerte las multan, primero con 300.000 pesos [más de 45 millones de pesos colombianos], luego con medio millón y así. Pero en realidad, lo que parece haber es un negocio de estas asociaciones. Al principio las compañías disqueras aceptaban pagar las multas, pero multa tras multa la cosa subió a dos millones de pesos. Así que creemos que estas asociaciones estaban sacando dinero a las disqueras.

Y, sin embargo, son los más vendidos.

Jorge: Aunque en la radio no los pasen, siempre los fans encuentran la forma de escuchar estos corridos, que no están dedicados, solo son vivencias cotidianas.

¿Qué pasó con el caso de las muertas de Juárez? ¿También les pidieron que dejaran de cantar?

Jorge: Esto es más delicado. Aparecían muertas las mujeres en el desierto de Chihuahua y nadie decía nada. Así que hicimos la canción de Las muertas de Juárez. Paulino Vargas fue el compositor y viajó hasta allá para hacer la canción tal y como tenía que ser. Pero allá le quitaron la documentación, la cámara y todo lo que llevaba. Gente anónima empezó a llamarlo para que no hiciera la canción. Nosotros de todas formas la hicimos y la empezamos a tocar. Pero en el estado de Chihuahua no la pasaron.

Nosotros les ofrecimos conciertos a las madres para recaudar dinero, pero ellas dijeron que preferían no hacer nada porque tenían amenazas de otras gentes. Entonces decidimos retirarmos de esa área y dejar las cosas así.

Colombia y México se han desangrado por culpa del narcotráfico. ¿Están de acuerdo con la legalización como salida a esta guerra?

Jorge: Son organizaciones internacionales con un lucro muy grande, un lucro que todos queremos y que es incluso más grande que el de los gobiernos. Los pensadores, los hombres que tienen el poder de la firma, son quienes tienen la última palabra, pero deben ponerse de acuerdo entre todos los países y decidir si se va a combatir o, mejor, se hace un negocio internacional con todas las de la ley.

Después de tantos años, tantos discos, tantos premios, ¿cómo ven el futuro de Los tigres del norte?

Jorge: Hemos logrado muchas cosas, pero ha sido difícil y tuvimos muchas carencias y muchos sacrificios. Sin embargo, todavía tenemos sueños, como conquistar otros países y hacer cosas nuevas. Ahora, por ejemplo, estamos metidos en una gira por México con varios músicos de rock, como Molotov y Julieta Venegas.

Foto: Camo

Hernán: Esto nos da un escalón más. Nosotros mostramos que la música une pacíficamente a las gentes. Hicimos un concierto en Tijuana, donde empieza el muro que construyó Estados Unidos, y no hubo ningún enfrentamiento entre los fanáticos del rock y los fanáticos de nuestra música. Sería bueno que esto lo vieran los gobiernos: no importa qué tan diferente sonemos, al final la unión es más divertida.

ADRIANA RESTREPO