Entre la frivolidad y el ridículo

Entre la frivolidad y el ridículo

Si se aceptaba el contenido de esa placa, la próxima sería en homenaje a soldados de Pablo Morillo.

Entre la frivolidad y el ridículo
6 de noviembre de 2014, 01:08 am

Un episodio sin trascendencia aparente provocó en Cartagena un airado y hasta divertido debate. En menos de una semana se representó un sainete que empezó con un disparate diplomático y acabó con el mea culpa de uno de los coautores del guion: el Alcalde de la ciudad.

El sainete tenía altas dosis de provincianismo, soberbia y frivolidad tercermundista. Y el primero en aparecer en el escenario –de lino hasta los pies vestido– fue el alcalde Dionisio Vélez, al lado del heredero del trono de Inglaterra. Pronto se supo que Vélez no era el “escritor” de la obra, sino la llamada Corporación Centro Histórico, con una cabeza visible: el exministro Sabas Pretelt de la Vega.

La dichosa corporación rendía homenaje al “valor y sufrimiento de todos los que murieron en combate intentando tomar la ciudad”, comandados por el almirante Edward Vernon. Pese a la ramplonería de su redacción, el mensaje estaba claro y la polémica, servida.

No es necesario vivir en Cartagena para saber que, como en muy pocas ciudades de origen colonial, aquí sobrevive una especie de aristocracia neocolonial, sensible a los halagos que ofrece a los visitantes ilustres, pero arrogante y desdeñosa con los humildes de su ciudad. Y esto es lo que ha sido castigado por los cartageneros que se opusieron a la famosa placa.

Lo que pretendía tener valor histórico no pasó de una ridiculez. Si se aceptaba el contenido de esa placa –pensamos algunos–, la próxima, con motivo de alguna visita de Felipe VI de España, sería en homenaje al “valor y sufrimiento” de los soldados de Pablo Morillo en el sitio de 1815.

La polémica puso al Alcalde y a Sabas a defender lo indefendible. El sainete, mientras tanto, ganaba público, no porque se estuviera defendiendo el poder colonial de la España de 1741 contra la rapacidad de los ingleses, sino porque en aquella guerra, además de los españoles, las víctimas fueron criollos, indios y esclavos negros. En esa época ya estaban presentes los componentes étnicos, sociales y culturales de la futura nacionalidad.

¿Dónde habían estado en todo esto Mincultura y la Cancillería? Si estuvieron, también a ellos les tocará aceptar la ligereza. Para los críticos (historiadores, líderes de opinión, gente del común, dirigentes políticos, estudiantes), el “homenaje” a los caídos ingleses era un acto de sapería presentado como un hito de la diplomacia criolla. Por eso se hacía este delicioso debate: para poner al descubierto la frivolidad y el servilismo de ciertas élites locales.

Era lógico que le endosáramos la mayor culpa al Alcalde, sordo a lo que no sea su propia música. Pienso que este ha sido el más severo plebiscito contra su soberbia. Hace algunos meses adoptó el escudo colonial como símbolo de la ciudad, descartando el republicano. Los historiadores consideran que esta decisión es una afrenta al espíritu republicano y a la mayor gesta de la ciudad: su independencia, en 1811.

No hay gestos gratuitos. Esos gestos revelan una manera de pensar a la sociedad que se “gobierna”. Y de pensarse a sí mismo. El Alcalde había ordenado que su foto enmarcada fuera colgada en colegios y dependencias del Distrito. Dizque para apoyar la “institucionalidad”. Dizque para mostrarles el ejemplo de alguien que está trabajando por la educación.

¡Tonterías! Lo de la foto de cuerpo entero no es más que un indelicado gesto de narcisismo. Ahora, cuando las críticas erosionaban su pobre capital político, el Alcalde ordena desmontar el monumento y le da al sainete un último toque de patetismo.

Óscar Collazos