Otra placa allí

Otra placa allí

Me parece una verdadera lástima que vayan a quitar la placa que hicieron en Cartagena.

Otra placa allí
5 de noviembre de 2014, 11:47 pm

Qué curioso: la única placa conmemorativa en la historia de Colombia que cumplió con creces su objetivo, y ahora la van a quitar. Quizás por eso la quitan, mal paga el diablo a quien bien le sirve. Porque dígase lo que se diga, y ya se ha dicho todo, las placas conmemorativas sirven justo para eso: para hacer memoria. Como ventanas incrustadas en el presente para que quienes caminan por él se asomen y descubran algo que parece obvio pero que suele no serlo tanto, y es que el pasado existe. Es decir, que el pasado está en el presente por el que caminamos.

De hecho, muchas placas conmemorativas están allí no solo para recordarle a la gente el pasado (a veces su propio pasado), sino incluso para hacérselo saber por primera vez, para mostrárselo. Es más: la mayoría de las placas conmemorativas que hay en el mundo suelen ser la evocación de historias y de vidas, con sus respectivas muertes, que ni siquiera sabíamos que habían ocurrido. Ventanas, sin duda, pero hacia el olvido o el asombro, no siempre hacia la memoria. Recuerdos a los que llegamos muy tarde.

Así que me parece una verdadera lástima que vayan a quitar esa placa que debería quedarse allí, más bien, como un símbolo de todo lo que somos. Un símbolo de nuestro pasado y sus contradicciones y tragedias y absurdos y sus mil lecturas posibles, y un símbolo también de nuestro presente: de nuestra chambonería, sí, pero además de nuestra ingenuidad y de nuestra pasión por el error y el ridículo. No es, como creen muchos, un tema insignificante, porque en él se revelan rasgos y hábitos que están presentes y que explican otros más de fondo.

Porque además nada puede ser mejor, para una placa conmemorativa, que acabar integrada con la historia misma que su texto buscaba recordar. Y eso fue lo que pasó esta vez con la polémica y desdichada inscripción que hicieron en Cartagena para celebrar, por cuenta de la visita del príncipe Carlos, el valor y el sufrimiento de los ingleses que en 1741 trataron de tomarse la ciudad. De ahora en adelante, y para siempre, cuando hablemos de ese hecho será imposible no hablar también del desastre de la placa fallida que quiso evocarlo.

Se cierra así, con esto que ha ocurrido, un ciclo que empieza en 1731 cuando J. León Fandiño le cortó la oreja –pero es que también...– al contrabandista Robert Jenkins, quien luego, en 1738, contó su historia ante la Cámara de los Comunes. Ya para entonces Inglaterra y España estaban listas, una vez más, para irse a la guerra: una guerra por el comercio y las rutas de las Indias Occidentales, que en español se llama “La Guerra del Asiento” y en inglés “La Guerra de la Oreja de Jenkins”.

Es la guerra en la que ocurre el famoso sitio de Cartagena de 1741, con Blas de Lezo (y el olvidado Melchor de Navarrete) jugándose lo que le quedaba de piel para repeler el ataque del almirante Vernon, en cuya flota iba uno de los mejores novelistas de todos los tiempos, Tobias Smollett, quien narró el infierno que vivió su gente por causa de los cartageneros, los mosquitos y la peste. Como me dijo una vez un amigo: “Con Smollett allí, ese fue también el primer Hay Festival de la historia”.

La guerra de George Anson llegando por el Pacífico, y la de tantos esclavos de lado y lado que pelearon y murieron por la esclavitud. Que una placa haya servido para debatir ese pasado (y este presente) ya es mucho, y ahora que la van a quitar deberían poner otra en su lugar que la celebre y conmemore. Una que diga: “En recuerdo y homenaje de la polémica placa del sitio de Cartagena de 1741 que un día estuvo aquí...”.

Y que termine así: “Placa que fue develada por Su Alteza Real el Príncipe Carlos y su esposa Leididí”.

catuloelperro@hotmail.com

Juan Esteban Constaín