La Pestilencia, 25 años de un hito del 'punk' nacional

La Pestilencia, 25 años de un hito del 'punk' nacional

Los fundadores de la banda evocan el lanzamiento de su álbum debut, en 1989.

La Pestilencia, 25 años de un hito del 'punk' nacional
3 de noviembre de 2014, 01:12 am

Era la hora de las noticias en una de esas noches de 1988. Los presentadores, Jorge Antonio Vega y Beatriz Gómez, ya habían leído los titulares políticos y judiciales en Noticias 1 y venía el turno de las relajantes notas culturales. A continuación entró un exótico informe del joven reportero Álvaro García acerca de una moda en las calles de Bogotá (aún no se usaba el término de ‘tribu urbana’).

Vega empezó a leer con sonrisa afable: “El movimiento juvenil conocido mundialmente como el de los punks no es una referencia lejana en Colombia...”.

Lo siguió Gómez: “Jovencitos entre los 15 y los 18 años de edad conforman este grupo marginal, que patrulla por las noches las calles bogotanas y que rechaza física y retóricamente todo lo establecido”. Segundos después, la televisión nacional emitió el primer reportaje, y probablemente el único, en el que se habló del punk como un fenómeno cultural. Aún no cargaba consigo el estigma de la violencia. Lo protagonizaban los integrantes de la banda La Pestilencia.

“Éramos los bichos raros, pero realmente éramos muy ‘zanahorios’, no había ‘bareta’ porque éramos una reacción contra los hippies”, recuerda hoy Héctor Buitrago, el fundador de La Pestilencia (y recordado por Aterciopelados), junto con Dilson Díaz, Jorge León Pineda y Francisco Nieto, la primera alineación del grupo, que, en 1989, hace 25 años, prensó el primer disco de punk de la capital, titulado La muerte, un compromiso de todos, y fue el impulsor de un movimiento que ha vivido todo tipo de transformaciones.

Movimiento que les debe mucho a las tías. En una época sin internet y sin medios alternativos, la única forma de enterarse del punk era que algún pariente que viniera de Londres trajera consigo vinilos o fanzines. Así le llegaban los discos al discjockey Gilles Charalambos para hacer el programa de radio Rock adulto (por la HJCK), el primero en el que Buitrago escuchó esta música. Y así le llegó la primera copia de Never Mind the Bollocks, de los Sex Pistols: por una tía.

En pleno ensayo, en la azotea de la casa de la madre de Héctor Buitrago, en el barrio Restrepo, en 1988.


Dos Pestilencias

Aunque se trata de la misma banda que fue nominada a los Premios Grammy y a los MTV Latinos en el 2006, y elegida mejor agrupación de rock duro en los Premios Shock 2011, la que protagoniza esta historia es “otra” La Pestilencia: una alineación que vivió solo entre 1986 y 1989, antes de que partieran cobijas y Dilson Díaz creara una nueva, al radicarse de nuevo en Medellín y definir su estilo en el hardcore.

Por eso, hay que ‘rebobinar’, como se hacía con los casetes y un esfero.

Fue a través de Radio Fantasía como Buitrago (quien ya había formado una banda llamada La Brigada Criminal) conoció a Díaz, un muchacho que vivía en Medellín y era otro fanático del punk. Empezaron a intercambiar discos y luego a ensayar. Buscaron a un guitarrista que supiera sacarles provecho a esas tres notas básicas, pero todos llegaban haciendo solos de Pink Floyd, hasta que apareció Nieto.

El último en unirse fue León, un menudo baterista y estudiante de periodismo, que tocaba jazz con Camilo Ferrans en una pizzería Domo. Cuando le mostraron tal estruendo, que desconocía, le pareció arcaico, pero le gustó el mensaje que transmitía y les dijo: “Esto es como ‘peluquiando’ bobos... con segueta”.

Al mejor estilo de los Sex Pistols, La Pestilencia empezó a tocar en bares para 10 personas, luego para 20, luego para 50, hasta que fue creando un círculo de seguidores. Primero tocaba versiones, pero por esos días fue cuando empezó a construir todo el concepto de La muerte, un compromiso de todos, en respuesta a un famoso lema político de la época.

De La muerte... se desprenden canciones como Sicairos (sic) –punzante, sobre los abusos de la fuerza pública–, Desmontemos esta farsa, Olé (tal vez la primera manifestación antitaurina del rock nacional) y Sed de poder, en un total de 17 cortes, entre los que se destacaron especialmente Fango y Vive tu vida, que influenciaron en forma contundente al rock duro que se ha hecho en Colombia.

La primera contenía la ira que le despertaban las repetitivas noticias sobre la corrupción en el país, que se había potenciado por los primeros años de gran violencia del narcotráfico. Su letra dice: “Podredumbre y corrupción / todo es causa en la nación / burocracia y ambición / anarquía es la solución / fango, fango, fango, fango / Trece millones extraviados / un ministro asesinado / otros masacrados / Barco ha naufragado / fango, fango, fango, fango”.

Y como buena canción de punk, esa era toda la letra, pero era suficiente.

“Un amigo me decía hace poco que era increíble que lo que decíamos en ella siga pasando”, cuenta Buitrago, quien era el letrista del grupo.

Por su lado, Vive tu vida era más un himno generacional sobre el desasosiego ante un futuro opaco o, como lo llamaría mejor la mítica película sobre el punk de Medellín de Víctor Gaviria, un No futuro:

“Desde la cuna hasta tu tumba / Tienen elegido tu camino /Al colegio, al Ejército, al trabajo /Cásate, procréate y muere / Vive tu vida / Déjate ya de servilismos /Los primeros dueños son tus padres /Luego la Patria y el Gobierno /Le debes todo a tu familia /Y a tu Dios que estás creyendo”.

Aunque el punk parecía totalmente desligado de lo que había sonado en Colombia hasta entonces, en el fondo La muerte... guardaba lazos con la historia previa, así fuera en forma accidental. Primero, porque Buitrago aprendió con un bajo que había conseguido en una ‘barata’ de usados de la banda Génesis, y segundo porque este disco, grabado en un tiempo récord de 40 horas, contó con la dirección musical en grabación de otra leyenda: Arturo Astudillo, el fundador de Los Flippers.

Así es como se suele recordar a La Pestilencia: Dilson Díaz, líder (centro), junto a Carlos Marín (guitarra), Marcelo Gómez (batería), Juan Gómez (bajo) y Andrés Erazo (teclados).

Anarquía en el D.C.

Mientras La Pestilencia crecía, también se fue enrareciendo el ambiente: en cada concierto el público era más hostil que el anterior. Ellos recuerdan tres presentaciones que fueron haciendo mella en la idea de continuar: una en el campus de la Universidad Nacional (1987), otra en La Cueva, en 1988, y el festival Calavera Rock, en el Coliseo El Campín, con todo y lápidas hechizas en icopor sobre el escenario.

León cuenta que en el de la Nacional hubo un momento en que la gente empezó a arrancar ladrillos del piso y a lanzarlos donde cayeran. En medio de la ‘patacera’, los evacuaron por detrás del escenario y tuvieron que dejar los instrumentos. Paradójicamente, no les dañaron ninguno.

En el de La Cueva ya hubo ‘chuzados’, lo que empezó a aterrarlos.

En consecuencia, crecía el prejuicio social contra los punks. “Un día llevaba una camiseta con las letras GBH (una banda británica) y un policía me paró y me preguntó: ‘¿Qué es GBH? ¡¿Epl?! ¡Contra la pared!’ ”, cuenta Buitrago.

Pensando en que nada iba a pasar con La muerte..., esta Pestilencia empezó a fracturarse. Si no se veía futuro, ¡menos chance de hacer historia! En 1989 dieron su última presentación, en Pereira.

Mientras Buitrago migraba a su nuevo proyecto con Andrea Echeverri, Nieto se estableció en las bandas Neurosis y luego en La Derecha. León también pasó por Aterciopelados antes de formar Excalibur y Estrato Social (luego encontró a Cristo), pero Díaz decidió continuar La Pestilencia con nuevos miembros, y la banda surgió con un nuevo espíritu en la escena del rock de Medellín.

De ahí que, cuando La muerte... se volvió un ícono, mientras La Pestilencia de Díaz empezaba a captar la atención no solo de un nicho, sino incluso de sellos discográficos grandes, quedó en el aire saber a quién le pertenecía el material viejo.

Como documento de esa influencia, en el 2007, Universal Music publicó un compilado titulado Todos somos la peste, de versiones de sus canciones –incluyendo clásicos de La muerte...– de 19 bandas de punk, entre ellas Tr3s de Corazón, Nadie, Posguerra, Athanator, Pornomotora y Caso Perdido.

Tumbas a ras de tierra

El lío legal estuvo dormido por 10 años, hasta que hace unos meses alguien se encargó de escarbar en la tierra: los organizadores del pasado Rock al Parque invitaron a La Pestilencia al cartel –debía estar; es uno de los pilares del festival–, pero le pidieron que, para celebrar los 20 años del encuentro de bandas bogotano, tocara ese influyente primer disco. Al saber lo que iba a pasar, Buitrago, León y Nieto se opusieron y le pidieron a Idartes que no lo hiciera, por lo que La Pestilencia terminó tocando el material de otro álbum que, bajo el liderazgo de Díaz, fue vital para la historia de la banda: Balística (2001). Pese al incidente, el concierto fue fenomenal para las generaciones post-Rock al Parque, pues Balística representa el lado conocido de la historia del grupo.

Del amargo episodio se desprendió una buena oportunidad: Díaz se sentó con sus excompañeros a resolver el papeleo por los derechos. Calmados los ánimos y con el regocijo del encuentro, vinieron las fotos. Después de las fotos, los recuerdos, y después de estos, León soltó la pregunta que se veía venir: “¿Qué tal una reunión?”.

La pregunta aún no tiene respuesta.

CARLOS SOLANO
Cultura y Entretenimiento
@laresonancia