Barcelona, la nueva meca de la marihuana

Barcelona, la nueva meca de la marihuana

En Cataluña se permite el cultivo doméstico de cannabis y su libre consumo en clubes.

Barcelona, la nueva meca de la marihuana
1 de noviembre de 2014, 09:10 pm

El catálogo 2014 incluye 21 variedades de marihuana. La Amnesia Gold, por ejemplo, se anuncia como “excepcional para cultivos en el exterior, con intenso sabor cítrico”. La Alpujarreña tiene “un efecto relajante”; la Tutankhamon “tiene uno de los porcentajes más altos de THC (delta-9-tetrahidrocannabinol, la principal sustancia activa de la marihuana)” y la Blue Pyramid se aconseja para uso terapéutico.

La mexicana Victoria Gabilondo ni siquiera mira la guía de la tienda de semillas, porque lo tiene claro: cultivará Anubis en casa y en tres meses podrá recoger su propia producción y consumirla. “Cuando llegué a Barcelona me di cuenta de que la ‘María’ era muy cara en la calle y no fue fácil encontrarla –recuerda–. Además, no me gustaba verme con el tipo que la vendía; sentía que estaba haciendo parte de un círculo ilegal. Cuando decidí cultivar en casa, me sentí mejor. No le hago daño a nadie, es una alternativa a la legalización”.

Aprender a cuidar la planta fue todo un reto, pero dio sus frutos. Agua, fertilizantes, horas de mimos y buen sol fueron suficientes para que los siete euros que le costó la semilla más los 20 que invirtió en vitaminas se transformaran en seis meses de porros gratis.

Cultivos domésticos

Sembrar tu propia planta de marihuana en casa no está contemplado en ningún código español, pero se da por supuesto que una planta por habitante del hogar es permisible, siempre y cuando no moleste a los vecinos. A esta norma tácita se acogen Gabilondo y cientos de habitantes de la ciudad que consideran que ya es hora de legalizar una práctica tan común como fumar cigarrillos.

En la capital catalana, lo legal en cuanto a marihuana es una línea delgada que se diluye fácilmente: hay decenas de tiendas de semillas de cannabis, porque su comercialización es legal, aunque está prohibido consumir, comprar y vender marihuana en la vía pública. Consumir en un local cerrado sí está permitido y para ello se han creado las asociaciones o clubes ‘cannábicos’, que ya contabilizan 165.000 socios.

El límite en muchos clubes es dos gramos diarios por persona.


El Ayuntamiento (Alcaldía) de Barcelona tiene registradas unas 143 asociaciones para el consumo de marihuana, pero hay quienes hablan de 200, es decir, diez veces más de las que existían en el 2001 y casi la mitad de todas las que se cuentan en España (500).

¿A qué se debe esta proliferación de entidades dedicadas al consumo de ‘María’? La respuesta está en el turismo. Según anuncian varios sitios web especializados, “fumar marihuana en Barcelona es tan legal como hacerlo en Ámsterdam” y para comprobarlo ofrecen toures de 60 euros por clubes “legalmente constituidos”.

Sam, uno de los responsables de estos recorridos, asegura que si pagas 20 euros recibes el carné de socio por un año de un club de cannabis cerca de Las Ramblas. Que solo tienes que presentar tu pasaporte para que te inscriban y que como dirección puedes poner la de tu hotel. Por 40 euros adicionales, él mismo te lleva, te presenta a las personas adecuadas, te deja en el club y luego te lleva a tomar unas copas o un café a lugares donde lo conocen y no te pondrán problema si llevas algunos gramos de marihuana encima.

“Se vende Barcelona como la nueva Ámsterdam y no estamos de acuerdo –protesta Manuel Arias, presidente de la asociación La María–. No podemos hacer un llamado a los turistas para que fumen todo lo que quieran porque estaríamos faltando a nuestros estatutos, que dicen que solo atendemos a quienes son socios y hacen parte de un cultivo compartido”.

La María, que cuenta con 3.100 socios, de los cuales 1.300 se mantienen activos, es una de las asociaciones que luchan por la regularización de la actividad de los clubes ‘cannábicos’. Tanto la Federación de Asociaciones ‘Cannábicas’ Autorreguladas de Cataluña (Fedcac) como la Federación de Asociaciones ‘Cannábicas’ de Cataluña (CatFAC) impulsan un proyecto de ley en el parlamento catalán para que, de una vez por todas, se definan los límites de su actividad.

La iniciativa sigue su curso en el Parlament y, paralelamente, se preparan leyes similares en otras comunidades autónomas, porque el reclamo es generalizado. El Gobierno Nacional aún no se lo plantea como una preocupación.

Los clubes ‘cannábicos’ se amparan en la legislación que permite crear asociaciones sin fines lucrativos, de manera que los ingresos se reinvierten en el cultivo de marihuana y en actividades dirigidas a los socios. Además, se basan en jurisprudencia reciente que determina que el autocultivo corresponde a la demanda de usuarios-socios y, por tanto, no hay tráfico.

“Tenemos un código de autorregulación que nos obliga, por ejemplo, a tener un perito agrícola en los cultivos que vaya certificando cuántas plantas hay, en qué condiciones y qué porcentaje de THC contienen. No dispensamos más de dos gramos por persona al día y no aceptamos a miembros que no tengan permiso de residencia; así nos evitamos a los turistas”, dice Jaume Xaus, de CatFAC.

“No se ha establecido un máximo de consumo y por eso también pedimos una regulación, para que el usuario sepa si puede acumular en su casa o transportar una cantidad determinada”, agrega Xaus. Sin embargo, las asociaciones coinciden en que 80 gramos al mes por persona es un estándar que les permite calcular de manera efectiva su producción de cannabis. Aunque no revelan la ubicación ni el tamaño de sus cultivos, un experto calcula que no bajan del centenar de plantas por club.

Estas organizaciones también consideran que los usuarios deben tener al menos 21 años y que debe haber un horario de atención, “pero nunca de 5 a 8 p. m., como pretende el borrador de la ley”, en palabras del vocero de CatFAC. Hoy, la mayoría abre de 6 a 10 p. m. porque es “el horario en que la gente acostumbra pasar para fumarse un porro con los amigos y porque así no interferimos con los horarios escolares”.

Para la policía de Barcelona, los mínimos de un club ‘cannábico’ son un extractor de humo, un dispensario (mostrador) limpio y ordenado, con la yerba clasificada, que garantice respeto al usuario; el cumplimiento de las normas de higiene y seguridad, y un libro actualizado de cuentas, donde los socios deben firmar cada vez que se llevan sus gramos.

Las visitas de las autoridades se hicieron frecuentes este verano, cuando 49 locales fueron cerrados por incumplimiento de la normativa, 13 más fueron precintados (sellados) por infracciones graves y otros siete decidieron cerrar por su propia voluntad ante la avalancha de inspecciones.

“Se supone que quieren acabar con los clubes que fingen ser asociaciones y solo están por el lucro, pero han ido por todos sin importarles que tuviéramos las cosas en orden”, se lamenta un trabajador de uno de los locales cerrados, según él, porque un consumidor dijo en la calle que portaba marihuana comprada en el club.

El término ‘comprar’ lo detestan. “Ni compramos ni vendemos, entregamos a los socios parte de su propio cultivo”, coinciden voceros de diferentes clubes. De hecho, muchas asociaciones han eliminado la obligación de pagar una anualidad, porque se sostienen bastante bien con los aportes que los consumidores hacen cada vez que necesitan su dosis: entre 6 y 9 euros el gramo, dependiendo de la variedad elegida.

En el Palau Mornau, de Barcelona, funciona una de las dos sedes del Hash Marihuana Cáñamo & Hemp Museum.

No solo yerba

Cuando llegas a la puerta de una asociación ‘cannábica’ en Barcelona, ni te imaginas de qué se trata. La recepción es una antesala amable, iluminada y limpia en la que una persona verifica que eres miembro. Si no lo eres pero te interesa, debes venir avalado por otro socio. Una vez confirmada la identidad, te abren otra puerta para pasar, ahora sí, al club.

Música tranquila, luces tenues, muebles cómodos, revistas, espacio para los portátiles, máquinas dispensadoras de gaseosas, barra para pedir cerveza, comidas rápidas o refrescos y, sobre todo, agua, mucha agua es lo que se ve en las mesas de los socios, que se pasean de un lado a otro conversando, pidiendo su dosis en el dispensario, encendiendo un cigarrito o revisando la agenda del mes.

En los clubes se ofrecen cursos de yoga, de inglés, de primeros auxilios… y charlas con un médico especializado. “Aquí hay de todo: desde gente que te dice ‘no lo puede controlar’ y necesita que el doctor le ayude a dosificar, hasta ancianos que vienen con la receta médica para que les dispensemos lo que necesitan para su dolor o su tratamiento”, explican en la Asociación Pro Gracia Verde.

En todos se distribuyen anuncios de Energy Control, una iniciativa ciudadana para concientizar sobre el abuso de las drogas. “Somos conscientes de que la marihuana es una droga y que a largo plazo tiene efectos nocivos en la salud. Por eso no nos verás promoviendo el consumo, pero lo que sí reclamamos es nuestro espacio para que el consumo sea responsable”, indica una de las asociaciones consultadas.

Carlos Redondo, socio fundador de uno de estos clubes, reconoce que lo suyo es un vicio: “Sí, soy un ‘fumetas’, pero no le hago daño a nadie. Necesito un porro cada noche para irme a dormir y aquí lo encuentro, estoy tranquilo y me reúno con mis amigos. Prefiero esto a tener que meterme en una calle oscura a buscar un traficante… Eso no va conmigo”.

“Para mí es terapéutico. La necesito para tratar un principio de fibromialgia y la fatiga crónica, pero no me gusta meterme a un club. Yo prefiero seguir cultivándola en mi casa sin molestar a nadie”, opina Javier Riera, consumidor habitual (como tantos en Barcelona) que también firmaría donde le dijeran para acabar ya con la ambigüedad que no le permite comprar, vender ni transportar, pero sí sembrar.

Testimonio

“En mi caso, nadie se ha quejado –dice Aníbal Gutiérrez, un venezolano que vive en Barcelona y que desde hace un año cultiva marihuana en su balcón–. Al contrario: a veces se asoman vecinos, me dicen que tengo muy bella la planta y me dan consejos para cuidarla”.

El ‘cannabis’ cuenta con un museo propio en la capital catalana

Aunque Barcelona quiera librarse del sello de ‘nueva Ámsterdam’, lo tiene difícil, ya que aquí -además de las facilidades para cultivar y conseguir marihuana- se encuentra la segunda sede del Hash Marihuana Cáñamo & Hemp Museum. La primera está, claro, en la capital neerlandesa y ambas pertenecen a Ben Dronkers, un enamorado de la planta en todos sus aspectos: desde sus propiedades curativas hasta su uso industrial. Durante 40 años, este hombre de Róterdam recorrió el mundo coleccionando pipas, semillas y objetos hechos de cáñamo índico, y cuando ya no tuvo más espacio en su museo de Holanda abrió otro en Barcelona.

Su hija estaba haciendo un intercambio estudiantil en la capital catalana y él se enamoró de la ciudad y del Palau Mornau, un edificio en ruinas que data del siglo XV. Dronkers lo rehabilitó y hoy los visitantes pueden optar por apreciar la arquitectura de esta impresionante construcción o hacer un recorrido por la historia y los usos del cannabis.

Aquí explican, por ejemplo, que Colón uso cáñamo en las velas que le permitieron surcar el Atlántico; que en Holanda se produce aceite para los cascos de los caballos con la resina del cannabis y que se están fabricando piezas de carros, sillas y soportes con la resistente fibra de la planta. Y también te enteras de que Dronkers es dueño del banco de semillas de marihuana más grande del mundo: Sensi Seed.

ZULMA SIERRA
Para EL TIEMPO
Barcelona (España).