El exsecuestrado que perdonó a su victimario y emplea a desmovilizados

El exsecuestrado que perdonó a su victimario y emplea a desmovilizados

César Montealegre ha liderado obras sociales con más de 60 reinsertados. Un caso de reconciliación.

El exsecuestrado que perdonó a su victimario y emplea a desmovilizados
30 de octubre de 2014, 12:29 am

César Augusto Montealegre sudaba frío, sus manos le temblaban, y por unos segundos, recordó de nuevo los ocho meses que estuvo secuestrado por el frente tercero de las Farc en 1999, en zona rural de Florencia (Caquetá).

Frente a él tenía a su victimario, el mismo que le había hecho cavar su tumba y acostarse en el piso para medir su cuerpo. Esta vez, en el 2002, años después de su liberación, el desmovilizado había llegado hasta la puerta de su restaurante ‘La Cascada’, el único negocio que le quedó después de perderlo todo, para pedirle perdón por el daño que le había causado a él y a su familia.

“Primero vi a un hombre con gorra, luego logré verle el rostro y reconocerlo. Sentí que me iba a morir. Me saludó muy formal, me pidió que lo perdonara y que le diera un abrazo. Nos tomamos una gaseosa y me dijo que yo había sido un hombre muy valiente al haber cavado mi propia tumba, porque a otros secuestrados que se habían negado a hacerlo los había tenido que matar. Al verlo llorando, analicé la situación desde su posición, comprendí que en ese entonces, era él quien recibía las órdenes de los comandantes y si no las acataba el muerto hubiera sido él", comenta Montealegre.

Tomó la decisión de perdonarlo, porque no podía seguir viviendo con un rencor que envenenaba su alma. Desde ese momento, asegura que volvió a sentir una tranquilidad y un descanso en su espíritu que no sentía desde hacía muchos años.

Menciona que la primera vez que sintió la necesidad de perdonar fue una tarde en la selva cuando llevaba cerca de seis meses de estar secuestrado. Según cuenta, cada quince días lo llevaban a un lugar para bañarlo.

En ese momento, César oraba en voz alta y le pedía perdón a Dios por los errores cometidos, en sus plegarias también incluyó a sus victimarios. En frente de ellos, les decía que comprendía que eran personas con familia y con necesidades y que en el fondo ellos no sabían lo que estaban haciendo.

“Eran cuatro guerrilleros muy jóvenes, de 13 y 14 años, los que me estaban observando. Cuando dirigí mi mirada a ellos, me di cuenta que estaban en un solo mar de lágrimas. Yo solo le decía a Dios: perdónalos porque yo de corazón también lo quiero hacer”.

Un mes antes de la liberación, César recuerda una emotiva conversación por teléfono con su esposa Claudia Liliana como prueba de sobrevivencia. Para él fue uno de los momentos más felices de su vida.

Entre lágrimas le decía que no podían perder la esperanza, que él había afrontado muchas dificultades y por momentos solo pensaba en acabar con su vida, pero que el amor por la familia era lo que lo mantenía con ganas de vivir.

“Cuando estás secuestrado te das cuenta de que la familia es tu motor y lo que en verdad vale la pena. El dinero de alguna u otra manera se consigue. En cautiverio tuve la oportunidad de reevaluar toda mi vida y mi papel como esposo, hijo y ser humano".

César y su esposa Claudia Liliana Foto: Archivo particular

Las dos caras del secuestro

Pero César no solo fue víctima del conflicto armado desde la posición del secuestrado, el día que lo liberaron y se dirigía a reencontrarse con su esposa se dio cuenta de que los cabecillas decidieron dejarla a ella en cautiverio.

“Ese día estuve caminando casi 8 o 10 horas. Cuando llegamos a un punto me preguntaron si sabía conducir y me entregaron una moto para que me movilizara hasta el punto donde se suponía me iba a encontrar con mi familia. Uno de los comandantes me dijo: allá adelante está su suegro, pero a su esposa la tuvimos que dejar porque faltan 500 millones de lo que pagaron por su secuestro. Consíganos la plata y la dejamos en libertad”.

Su voz se entrecorta cuando recuerda aquellos momentos amargos. “Yo me arrodillé, lloraba y le dije al comandante: deme esa pistola yo me pego un tiro, para qué quiero la libertad si se llevan a mi esposa. Mis hijos no pueden quedarse sin la mamá. Yo me quedo, pero suelten a mi esposa.

Fueron otros dos meses tormentosos, en los que César no descansó hasta conseguir el dinero necesario para lograr la libertad de su esposa. Asegura que fueron muchas las dificultades económicas y discute las pocas garantías que tienen los exsecuestrados por parte del Gobierno colombiano cuando recobran la libertad.

“No existe la suficiente jurisprudencia para casos como el mío, no tenemos un seguro, los bancos no te perdonan las deudas, a nadie le importa que todos tus negocios se desplomen, y mientras tanto tú pasas los días amarrado en una selva’.

Las deudas lo azotaban. Tenía más de 275 empleados a los que les debía siete meses de sueldo. Los cerca de 10 negocios de comida que eran de su propiedad los había perdido. Tenía dos fincas, una la perdió y la otra está en el proceso de recuperarla. Para César fue desolador ver que de todas las aves, los cerdos y el ganado que tenía no quedaba nada, todo se lo habían robado.

Ante las amenazas, mandó a vivir a sus ocho hijos a otras ciudades. Cuando su esposa fue liberada y ya estaban de nuevo juntos, asumieron el reto de empezar de cero. “En un momento me ofrecieron irme para Canadá, pero mis raíces estaban acá en Florencia. A mi esposa le dije que teníamos que perder el miedo y renacer emocionalmente y laboralmente. Nos quedó el restaurante y nos propusimos sacarlo adelante. Yo aprendí a cantar, era el mesero, el cocinero, hacía todas las funciones”.

Años después, César contrató a Luis Moreno como empleado para que le colaborara con las tareas de la finca. Pasaron los meses, y un día Luis se le acercó y le dijo que tenía que confesarle algo.

“Sentí un baldado de agua fría encima, cuando Luis se sinceró conmigo y me dijo que era un desmovilizado del frente tercero de las Farc y que tenía conocimiento de todo lo relacionado a mi secuestro, aunque no tuvo contacto directo conmigo. Fue un dilema muy grande en mi vida. Con mi familia tomamos la decisión de perdonarlo, porque era humilde y buen trabajador.

 Luis Moreno y César Montealegre, en tareas del campo en Caquetá. Foto: Juan Carlos Sierra / Revista Semana


Este desmovilizado, que empezó desde los 13 años en la guerrilla y duró más de 30 años combatiendo contra el Ejército colombiano, ya lleva más de seis años trabajando junto a César en las labores del campo. “Creo que no es solamente cuestión perdonar sino también de aportar algo para que las personas tengan una vida digna. Muchos de estos guerrilleros son víctimas del desequilibrio social y de la falta de oportunidades y de trabajo”.

Hasta la fecha actual cerca de 10 desmovilizados han trabajado en el cultivo de plátanos que tiene este comerciante en las tres hectáreas de tierra en su finca en Caquetá. Otras 50 personas, que también dejaron las armas, participaron en una iniciativa liderada también por el exsecuestrado, junto a la Gobernación y la comunidad campesina para reconstruir la vía que comunica al corregimiento de Santo Domingo con el municipio de Florencia, que había sido afectada por la temporada de lluvias, entre los años 2010 y 2011.

Claudia destaca el sentido filantrópico de su esposo y la capacidad que tiene para liderar obras sociales. Ella, quien también fue víctima de secuestro, asegura que perdonar no es un tema fácil y que muchas personas que no han sido afectadas por la violencia son las que más se oponen a la construcción de paz.

“Para mí no fue tan fácil perdonar, yo estaba llena de resentimiento porque fue mucho el sufrimiento que vivimos, pero mi esposo me hizo caer en la cuenta de que la reconciliación era la clave para ser reconstruir nuestras vidas. A veces estoy muy ocupada en mis propios asuntos y César me recuerda que tenemos un deber moral con la  comunidad”, concluye Claudia. (Del dicho al hecho en la campaña 'Soy capaz')

ANA MARÍA CASTRO CASTRO
ELTIEMPO.COM