Instituto de Niños Ciegos y Sordos del Valle del Cauca fue galardonado

Instituto de Niños Ciegos y Sordos del Valle del Cauca fue galardonado

El plantel fue elegido este año como el 'Mejor Centro de Atención Infantil Temprana'.

Instituto de Niños Ciegos y Sordos del Valle del Cauca fue galardonado
7 de octubre de 2014, 01:21 pm

No me puedo morir ahora, tengo que volver a mis clases”, decía María Cecilia Calero, profesora de inglés del Instituto para Niños Ciegos y Sordos del Valle del Cauca, cuando el año pasado le pusieron un marcopasos.

Es jubilada del Colombo Británico, uno de los colegios más prestigiosos de Cali, y desde hace 15 años, a punta de canciones, les enseña una segunda lengua a los pequeños con discapacidad visual y auditiva que llegan al Instituto, entidad que acaba de recibir, de las manos de la propia Hillary Clinton, el Premio Alas-BID.

Entre 700 instituciones de América Latina y el Caribe fue elegido como el ‘Mejor centro de atención infantil temprana’.

En la actualidad el Instituto atiende a 373 pequeños, no solo del Valle sino de todo el suroccidente colombiano, 72 de ellos con discapacidad visual.

“Ojalá nos los pudieran traer desde sus primeros días de vida, porque es ahí donde logramos que su desarrollo del lenguaje sea paralelo al de los niños oyentes, y si la discapacidad es visual, poderlos estimular y preparar para el proceso de lectoescritura”, dice la directora del Instituto, Doris García.

Uno de los programas que más llamó la atención del BID fue el de promoción y prevención. Lo que se busca es detectar, a tiempo, a los niños y niñas que pueden perder la visión al nacer con un peso inferior a los 2.000 gramos, o que han requerido oxígeno por largo tiempo. Con dos oftalmólogas, una trabajadora social y una auxiliar de enfermería se acompaña, no solo a los doctores de las unidades de cuidados intensivos, sino que se hace conscientes a las familias sobre la necesidad de seguir con el proceso de control del recién nacido, hasta la semana 42.

“Si no hay seguimiento, puede dañarse la retina. Si se está produciendo un daño viene el láser o el procedimiento que se necesite para evitar la ceguera. Hoy, gracias a ese programa, tenemos 387 niños que no son ciegos”, dice García.

En el caso de la promoción y prevención auditiva se va al Hospital Universitario del Valle y al San Juan de Dios, donde llega la población vulnerable, para practicar las pruebas y poder determinar, a muy temprana edad, si el pequeño tiene o no pérdida auditiva. “Eso nos favorece porque los niños van a llegar muy temprano a los programas de rehabilitación”, dice la directora.

También tienen el programa de estimulación temprana que permite la preparación física y neurológica del niño o la niña para posteriores etapas de educación o formación.

Gina Riascos lleva a su hijo, de un año y medio, a quien la terapeuta Elizabeth Asprilla intenta hacer gatear en un cuarto oscuro, atrayéndolo con una luz.

En la escuela de padres les enseñan a manejar el duelo, a aceptar la situación, porque nadie está preparado para atender a un niño con discapacidad.

La fonoaudióloga Anita Portilla dice que la lectura es importante, y en la escuela de padres les indican cómo leerles a sus hijos, cómo acercarlos a los libros. “Yo casi no leo, pero por mi hijo tengo que sacar el tiempo porque los libros le ayudan a hacer volar su imaginación”, dice Viviana Valderrama, madre de una niña con discapacidad auditiva. Lleva 4 años en la escuela de padres, que se reúne cada ocho días.

El área de estimulación está a cargo de Adriana Vargas. Entre más temprano se inicie el proceso de rehabilitación, mayor será su eficacia. Santiago Saldarriaga / EL TIEMPO

Junto a su proceso de rehabilitación, los pequeños cumplen con un programa curricular. Quienes tienen dificultades visuales estudian ahí hasta 2o. de primaria, y quienes tienen discapacidad auditiva, hasta 3o. En el último año, viene el proceso de inclusión.

En compañía de sus profesores del Instituto, estos alumnos comienzan a asistir al colegio desde donde continuarán sus estudios.

“Aquí la pasamos muy rico. Llegamos a las 8:00 a.m. y nos vamos a las 2:45 p.m., nos enseñan matemáticas, a leer y cantar”, dice Ronald Villegas, de 12 años, quien solo percibe sombras.

Las matemáticas las aprenden con ábacos. En el caso de los alumnos con discapacidad visual, la profesora Julieth Medina, quien lleva 27 años en el Instituto, se encarga de enseñarles a manejar el bastón, a desplazarse de manera independiente y segura en espacios cerrados y abiertos. Dice que cuando se van ya saben cruzar las calles y los puentes peatonales.

Ómar Alexis Parra, el profesor de música, por su parte, ya conformó un conjunto donde la primera voz es una pequeña con discapacidad auditiva. Los demás tocan el xilófono, los tambores, la flauta y el órgano.

El proceso de inclusión hace parte de este modelo de atención integral que llevó al Instituto a ganar el premio del BID.
“Modelo implementado por la organización y que hoy hace que continuemos buscando luz en la sombra y palabra en el silencio”, dice la directora al frente de un equipo de 306 personas.

La búsqueda de recursos

En 1942, cuando se creó el Instituto para Niños Ciegos y Sordos del Valle del Cauca, este era un internado. Más tarde, empezó a comprometer el acompañamiento de las familias en el proceso de rehabilitación de los pequeños. “Nos dicen que somos una institución sin ánimo de lucro, pero también sin ánimo de pérdida, que debemos generar nuestros propios recursos para seguir viviendo”, dice Doris García, su directora.

La rehabilitación de un niño es de $721.000 al mes, el que más aporta da $50.000 y el que menos, $7.000.

Este cuenta con el apoyo del ICBF y la Secretaría de Educación municipal que les ayuda a financiar las becas de 95 niños, los otros están a cargo de la entidad. Requiere un presupuesto anual de $1.500 millones para su funcionamiento.

En 1983 nació la Clínica Visual y Auditiva del Instituto, que hoy aporta el 60% de los recursos.

GLORIA INÉS ARIAS
EL TIEMPO CALI