Así operan los 'cazatalentos' de empleadas domésticas

Así operan los 'cazatalentos' de empleadas domésticas

Agencias de empleo ofrecen desde garantía y cambio de empleada hasta polígrafo a domicilio.

Así operan los 'cazatalentos' de empleadas domésticas
6 de septiembre de 2014, 10:26 pm

La sede principal de esta agencia de empleo tiene las instalaciones de un consultorio quirúrgico temporal. El sótano mal ensamblado, convertido en una sala de espera para mujeres que vienen en su mayoría del campo, dista mucho de la estética amable y prolija de su página web.

Cuando no están recostadas contra la pared, divididas en sillas de dos colores, están sentadas frente a otra mujer que busca contratar sus servicios; una mujer, en ocasiones con su esposo, que las interroga de manera rigurosa.

Las ‘patronas’ buscan alguien cooperativo, diligente, que se ponga de inmediato a su disposición. Quieren mujeres jóvenes, sin mayores ambiciones. “Necesito una que me dure y que tenga experiencia. Mi casa es grande”, dice con énfasis una de ellas mientras observa a una mujer de piel oscura de unos 21 años que llegó hace poco del Chocó. “¿Cuáles son sus objetivos en la vida?”, pregunta luego, no sin cierta soberbia.

La empresa se llama Domésticas de Colombia. Está ubicada en Teusaquillo, en la calle 39 n.° 15-13. Allí funciona la agencia de empleo, que, sin embargo, parece operar como una suerte de despacho de cazatalentos especializado en empleadas domésticas. Aunque la organización tiene también una nueva vertiente: ayudan a conseguir conductores, niñeras y conserjes.

“¿Cómo la está buscando?”, les preguntan de entrada a los clientes, como si hablaran de una parte de un mobiliario renovable. Región, edad, destrezas. Usted escoge. “Las empleadas tienen tres meses de garantía. Si por equis o ye motivo no le gusta, se la cambiamos sin ningún costo adicional”, continúa la encargada.

Algo aún más extraño es que parece existir un amplio sentimiento, entre clientes y empleadas, de que así deben ser las cosas porque así lo han sido siempre.

En Bogotá, como recuerda Ana Camila García López en su tesis sobre el trabajo doméstico, el estado actual de este tipo de trabajo guarda profundas semejanzas con el fenómeno de la servidumbre colonial. Adentro se usa, por ejemplo, el mismo lenguaje de entonces (criada, niña, sirvienta), que recuerda cómo hace algunos años la ‘servidumbre’ se ‘criaba’ en las casas. Las niñas venidas del campo eran albergadas por grandes familias, que les enseñaban a manejar los temas del hogar.

Sin embargo, según un antiguo cartel publicitario de la empresa, ese proceso ya es obsoleto: “No se mate enseñando, nosotros lo hacemos por usted”.

Tal vez Domésticas de Colombia sea una de las agencias más grandes de la ciudad (Bogotá cuenta con varias empresas similares, como Galatea y Servicio Doméstico Campesino).

El servicio de intermediación tiene un costo de 130.000 pesos, que paga el cliente, e incluye la revisión del pasado judicial, de las referencias laborales y la afiliación a todas las prestaciones de la empleada. En el portal, además de revelar que entre sus clientes están personalidades y políticos de la vida nacional, se ofrece un servicio de polígrafo a domicilio, en caso de sospecha, pues la empresa no cuenta con ninguna póliza para cubrir el robo.

Así funciona

En ese micromundo, al que llegan mujeres de todas las regiones de Colombia, se concentran diariamente varios de los problemas críticos de un país que cuenta con 750.000 personas que trabajan en el servicio doméstico, según cifras del Ministerio del Trabajo, de las cuales el 98 por ciento son mujeres.

En cada metro, en cada silla, hay una historia circular que habla o de la crisis del campo o del desplazamiento forzado. Pero también de la falta de oportunidades. De la necesidad de sobrevivir en una cuidad ajena, no particularmente amable. De mujeres en su mayoría jefes de hogar que se ubican con sus familias en los cinturones de pobreza que rodean a Bogotá.

Todo nos recuerda que el servicio doméstico es una cicatriz de nuestro pasado colectivo, que en otros países más desarrollados tiende a desaparecer y que persiste, sobre todo, en Latinoamérica.

Y esa disonancia la perciben también algunos clientes cuando se acercan al lugar por primera vez. “Llegué y me sentí en una sala de exhibición. A la que a uno le agrade la hacen pasar a la silla. El lugar me pareció horrible”, dice una mujer que duró apenas unos minutos adentro. “Me fui del lugar apenas entré porque no soporté esa mirada que decía: ‘contráteme, se lo ruego’ ”, anota otra.

El primer encuentro con el cliente es incómodo. Ambas partes se sientan en unas sillas de plástico y se miran de frente con mutua desconfianza, pero con igual necesidad, esperando un signo, acaso un gesto, para descartar el posible contrato laboral. El recelo es justificado. Ambas partes han escuchado historias de empleadas que han sido maltratadas y de amas de casa que han sido robadas.

“Yo he tenido experiencias buenas y desagradables. Conseguí una que me salió ladrona: a los tres meses robó cosas de la casa. Volví allá por necesidad, no sabía dónde más conseguir, y la que tengo ahora me salió muy buena y ya lleva seis años conmigo”, cuenta Martha Sánchez, de 62 años, que vive en el norte.

Algunas entrevistadas muestran una coraza sin fisuras una y otra vez; la misma seguridad, el mismo discurso. Pero cada día que pasan sentadas, rotando entre una cantidad indeterminada de posibles ‘patronas’, es un día menos de trabajo.

Después de someter los diferentes perfiles a un escrupuloso análisis (si es muy linda, o tiene más de 50 años, por ejemplo, prefieren conseguir otra), la ‘señora de la casa’ escoge a su favorita. Pero aún debe esperar a que su elegida se identifique con ella.

Todas las empleadas, junto con sus familias, dependen de ese azar. Todas, al igual que la cuarta parte de las mujeres latinoamericanas, se han visto en la necesidad de trabajar en servicios domésticos, según el informe de la Organización Internacional del Trabajo.

Todas viven a diario bajo esa injusta paradoja de las labores invisibles: cuanto más bienestar les generan a otros, menos dinero se destina para pagarlas.

SANTIAGO GÓMEZ LEMA
Redactor de EL TIEMPO
gomsan@eltiempo.com