Adicción al bazuco va más allá de los estratos 1 y 2

Adicción al bazuco va más allá de los estratos 1 y 2

Solo en la clase media, el número de consumidores rodea los 3.000, según el Distrito.

Adicción al bazuco va más allá de los estratos 1 y 2
30 de agosto de 2014, 10:47 pm

Hace tres años comenzó a llevar una doble vida. Todas las noches, vestido de paño, sale del trabajo y camina hasta una esquina del barrio Garcés Navas, en el occidente de Bogotá, para comprar unas ‘bichas’ de bazuco, que no le cuestan más de 15.000 pesos.

El caso de este hombre es similar al de otros 10.000 consumidores colombianos, que sin ser habitantes de la calle están esclavizados por una de las drogas más destructivas que existen. La mayoría de los adictos pertenecen a los estratos 1, 2 y 3, un sector de la población que cada día hace más lucrativo el negocio de la venta de drogas ilegales.

“Le coge el alma a la persona que muerde el anzuelo y es muy difícil liberarse. Se sufre un deterioro cognitivo y cerebral muy grave. Si se consume bazuco o bóxer, el daño es superior al que generan otras drogas”, explica Felipe Cárdenas, antropólogo y experto en temas de salud de la Universidad de la Sabana.

El bazuco, una sustancia compuesta por cocaína, ladrillo molido y hasta detergente, es altamente adictivo. Causa alucinaciones, agresividad y delirio de persecución; al principio, genera una sensación de placer y luego, de angustia.

Según Cárdenas, “los procesos de adicción duran toda la vida”. Eso, sumado a su bajo costo (entre 1.000 y 2.000 pesos la dosis) y a la facilidad para adquirirla, ha hecho que se abra camino en la clase media.

Y los datos así lo indican: según el Estudio Nacional de Consumo de Sustancias Psicoactivas en Colombia 2013, aunque la mayoría de la población consumidora de bazuco se concentra en los estratos 1 y 2 (13.810 y 24.734 personas, respectivamente), en el 3 ya hay motivos para alarmarse.

En sus cuentas, de las 49.756 personas que usaron esa droga el año pasado en Colombia, 6.387 pertenecen al estrato 3 y 4.825 a los estratos 4, 5 y 6.

Un panorama igualmente dramático se presenta en Bogotá, donde el mercado de esta droga, según la Fundación Ideas para la Paz (Fip), mueve al menos 508.000 millones de pesos al año, es decir, unos 1.392 millones al día –un consumidor habitual compra entre 10 y 20 papeletas diarias–.

Aunque no hay precisión sobre las cifras de consumidores de bazuco en los estratos 4, 5 y 6, se calcula que en toda la ciudad hay unos 22.000, y que cerca de 2.700 son de estrato 3 (12 por ciento). Y hay más: el Centro de Estudio y Análisis en Convivencia y Seguridad reportó el año pasado 3.000 nuevos casos respecto del 2009. Por ejemplo –sostiene Jonathan Nieto, subsecretario de Convivencia y Seguridad–, existen adictos de localidades como Engativá y Suba que han terminado por vivir en la calle.

Ese es el caso de David, de 37 años, quien cayó en el bazuco hace seis. Vivía con sus padres y tenía un empleo como preparador físico, que abandonó por la droga. No le importaba vender sus cosas o empeñarlas para conseguir unas dosis. “Salía a la calle y me escondía de la Policía y de mi familia –recuerda–. Me daba miedo todo. Me vestía bien, con ropa de marca y relojes finos. Cuando se me acababa la plata, entregaba lo que fuera”.

En ocasiones, la adicción viene acompañada de delitos menores y mayores. En ciertos sectores, la droga está relacionada estrechamente –según Nieto– con las lesiones personales, los homicidios y la lucha territorial. Incluso, en la entrada de algunos colegios los ‘jíbaros’ regalan droga a los niños como ‘estrategia de mercado’.

Y la rehabilitación, ¿qué?

Pese a que la marihuana y la cocaína siguen siendo las drogas que más se consumen en Bogotá, el número de adictos al bazuco es crítico, y hay carencia de programas para tratarlos.

Mientras el Distrito les apostó a los Centros de Atención Móvil para Drogodependientes (Camad), con el fin de asistir a habitantes de calle, y la Secretaría de Salud informa que hace un trabajo de prevención en los colegios, no hay una política que abarque el fenómeno totalmente.

“No hay programas efectivos en la solución o rehabilitación del bazuco. No hemos mejorado en su diseño porque no se ha realizado una planeación participativa. Hay muchas personas que lo enfrentan y no hay solución”, explica Amy Ritterbusch, profesora de la Escuela de Gobierno de la Universidad de los Andes.

‘Vi a niñas vender su cuerpo por bazuco’

“Comencé a consumir marihuana a los 14 años. A los 18, conocí a alguien y me fui a vivir con él; vendía bazuco y yo le ayudaba. Me dio curiosidad de saber qué se sentía, y probé.

“Al principio, era uno, dos o tres, y luego hasta 10 gramos en una noche.

“Cuando lo metieron a la cárcel, yo me hundí en el bazuco; me dejó de importar todo porque me sentía sola. Entonces, alquilaba cuartos, por 5.000 pesos la noche, para meterme la droga.

“Al final, ya era capaz de entrar sola al sector de la L (en el centro de Bogotá) con 200 o 300 mil pesos que conseguía trabajando o diciéndoles a mis hermanos que necesitaba algo. Allá me los fumaba en tres o cuatro días.

“A mí no me tocó vender mi cuerpo, pero sí vi a niñas, de unos 7 años, llevadas por la droga y haciéndolo por unas pocas ‘bichas’”.

Testimonio de Carolina, en proceso de rehabilitación en la Fundación la Luz.

‘Yo era estrato 6 cuando lo probé’

“Caían las 5 o 6 de la tarde y comenzaba a soplar. Lo hacía toda la noche y me regresaba a la casa sin un peso en el bolsillo.

“Empecé fumando cigarrillos con bazuco; podía fumarme hasta 100 en tres horas. Cuando me pasé a la pipa, bajó la frecuencia porque andaba asustado por más de 40 minutos, entonces ‘metía’ menos.

“Venía de un estrato 6 en Cali, tenía plata y, desde los 11 años, andaba en barrios pesados. Conocí la marihuana, la cocaína y las pastillas. Todo lo pagaba yo. “Consumía entre clases. Llegó un punto en el que ya no volví al colegio. Después me interné y duré tres años limpio. Pero recaí y a los 19 o 20 años probé el bazuco para ver qué se sentía y solo paré cuando la mamá de mi hija quedó embarazada, de eso hace ya cuatro años. “Tristemente, hace cinco meses otra vez busqué la droga. Mi mamá falleció, luego de luchar tres años contra un cáncer, y eso me dio muy duro. Caí de nuevo en la cocaína y en el alcohol, y estuve a un paso de coger la pipa. Siento tristeza y resentimiento conmigo mismo.

“Hace mes y medio volví a un centro de rehabilitación para curarme; aunque sé que no es fácil, no quiero volver a una vida de perdición”.

Andrés, consumidor desde hace 14 años.

¿Qué está pasando?

Mientras para Isaac de León Beltrán, consultor de la Fundación Ideas para la Paz (FIP), el mercado del bazuco sigue afectando básicamente a los estratos 1 y 2 y al habitante de calle, hay quienes insisten en que el problema está oculto en los demás estratos y que hay que prestarle atención.

David González, psicólogo de la Fundación la Luz –especializada en rehabilitación–, cree, por su parte, que pocas veces los casos de consumo de bazuco en los estratos 3, 4, 5 y 6 son públicos. Esto, porque algunas familias, con el ánimo de proteger al adicto, permiten que se droguen en casa. Solo en ese centro hay 110 pacientes, en su mayoría adictos al bazuco y de estratos medios y altos.

Amy Ritterbusch, docente de la Universidad de los Andes, asegura que esta sustancia es principalmente de la calle. Pero coincide con los otros expertos en que se han conocido múltiples casos en otros círculos sociales.

ALEJANDRA P. SERRANO GUZMÁN
Redactora de EL TIEMPO
aleser@eltiempo.com