La vida del colombiano que llegó a ser Nobel de Paz

La vida del colombiano que llegó a ser Nobel de Paz

En abril de 2014, Gustavo Gómez habló con Juan Manuel Santos para la revista BOCAS.

La vida del colombiano que llegó a ser Nobel de Paz
9 de mayo de 2014, 03:38 pm

Esta entrevista fue publicada en la edición 29 de la revista BOCAS, en abril de 2014, con el título "El hombre de los chicharrones".

“Santos es un eficaz líder político, mezcla de muchas sangres: temperamento británico, malicia indígena, pragmatismo gringo, dignidad boyacense y, además, coraje santandereano para hacerles la guerra a los que no quieren la paz”, dice Mauricio Rodríguez, hermano de la primera dama y consejero cercano.

Juan Manuel, como lo presentan las cuñas de campaña, se posesionaría por segunda vez tres días antes de cumplir 63 años. La suya es una vida entera fundada sobre el más exótico de los matrimonios: sagacidad y timidez.

El candidato presidente se ha batido con todo tipo de fieras, y aunque las del uribismo son las que lo atacan con más saña, para él nada tan mortificante como los mosquitos de Carmen de Apicalá.

Hace unos días montó en Transmilenio, donde mucha gente le dijo que están robando a toda hora, pero no se acuerda de cuánto vale el pasaje porque iba de invitado en el recorrido sobre las losas destrozadas.

Es católico, sin iglesia favorita ni padre de cabecera, pero sí padre de tres hijos: Martín, Esteban y María Antonia, que se llama así en honor de la heroína de la Independencia María Antonia Santos Plata, hermana de su tatarabuelo paterno.

El Santos que nunca aflora en las alocuciones y actos públicos, confiesa admirar la genialidad de Ciro Peraloca, el inventor de las historietas de Disney, y la astucia de Pepe Grillo, formidable consejero de Pinocho (nada que ver, obvio, con la forma en que a veces lo dibuja Vladdo).

Es cinéfilo y lector sin tiempo que no suelta un libro cuando lo coge y, por eso, recuerda bien el único que ha dejado a medio empezar: Ulises, de James Joyce. Siempre lee The Economist y está devorando The president’s devotional, escrito por Joshua DuBois, quien fuera asesor espiritual de Obama.

Juan Manuel Santos. Foto: Sebastián Jaramillo

Germán y Elvira le cortan el pelo. Su arma de toda la vida: el máuser que usó en la Armada. El pueblo más lindo: Monguí. Y el mercado más caro: Japón, donde pagó por un melón lo que aquí cuesta medio bulto.

Adora el teatro, los chocolates… y así, hay docenas de datos que no dicen nada trascendental de un tipo que quiere ser el padre de la primera generación de la paz en un país donde matarse es obsesión.

¿Qué tal conducirá el hombre que quiere manejar el país otros cuatro años?: “Ando en vehículos oficiales, y no soy de los que sueñan con carros o con motos. A veces me gusta manejar y le digo al conductor que me deje, y voy manejando, pero por cuestiones de seguridad nadie sabe en qué carro voy. Eso sí: le aseguro que soy buen timón”.

Los votos dirán si habrá primer día de su segundo gobierno; su primer día en el colegio sí es cosa que él puede abordar sin urnas de por medio.

¿Lloró en su primer día de clases?
No me acuerdo. A mí me pusieron a estudiar en un colegio que se llamaba Miss Bell, un prekínder, aquí en Bogotá. Recuerdo vagamente ese día. Iba de pantalones cortos…, el colegio quedaba por allá, por la 80, donde después quedó el Femenino.

Y de ahí se fue al San Carlos…
No. Ahí duré un año y luego pasé al Nueva Granada, de donde me sacaron mis papás porque un día mi mamá me regañó y le contesté en inglés. Me metieron al Anglo Colombiano, donde estaba mi hermano Enrique. Cuando él se graduó, como me quedé solo, me pasaron al San Carlos, donde estaba Luis Fernando, mi otro hermano mayor. Y de ahí me fui para la Armada.

¿Se copiaba en el colegio?
Muy poquito. La verdad es que era muy buen estudiante, era pilísimo. Carolina Barco fue compañera mía y sacaba siempre el primer puesto, y había otra niña que sacaba el segundo, María del Rosario Casas, que luego se haría célebre por haber estado casada con el exagente de la CIA que pasaba información a los rusos. A mí me tocaba el tercer puesto y, a veces, con mucho esfuerzo, lograba pelearme el segundo con la Casas.

¿Le gustaban ellas?
Carolina era bonita; Rosario, no tanto. En esa época me pasó una cosa terrible, que casi me cuesta la vida: me quemé con un cañón de gasolina que estábamos haciendo en la calle. Luis Fernando, mi hermano, había hecho uno, metiéndole cabezas de fósforo y esas cosas peligrosas con que jugábamos en esa época. A mi papá le pareció que mi hermano era un genio, que eso era la señal de que iba a ser un científico, y ofreció un billete de cincuenta centavos al que hiciera un aparato más poderoso que el de él. A un vecino le pedí una pólvora que le había sobrado de la Navidad, y con eso, y gasolina, en un tarro de Saltinas, hicimos el cañón. Fue un desastre: explotó y la gasolina me cayó encima. Al hospital me llegaban cartas memorables de Carolina y Rosario…

¿Tiene cicatrices?
Claro. Mire —dice mientras se remanga la camisa y muestra en el antebrazo izquierdo una enorme cicatriz—, y también tengo en las piernas…, estuve tres meses hospitalizado, entre la vida y la muerte. Tendría unos seis años, y los compañeros del colegio, como le digo, me escribían. Las cartas de Carolina y Rosario eran perfectas; del resto del curso me llegaban unas terribles, mal escritas, sin ortografía.

¿Fue novio de Carolina Barco?
Siempre la pretendí, pero jamás me paró bolas.

¿Qué novia le arrugó el corazón en esos años de estudiante?
Hubo dos, pero no diría que fueron novias, porque formalmente nunca me dieron el sí. Una, que era nadadora, se llamaba Gretel Berg, y la otra era Miriam Cortés. Vivía enamoradísimo de las dos y les echaba el cuento, pero siempre me decían que no.

¿Le tocó presentar Icfes?
No, en esa época no había. Además, como en mi caso, la gente se podía graduar en la Marina, donde me eximieron de todos los exámenes porque tuve un promedio por encima de 4, sobre 5,0. Ahí están las calificaciones en la Escuela Naval, por si no me cree.

Le creo: un presidente no se puede dar el lujo de mentir. ¿Por qué llegó a la Armada y por qué la dejó?
Estuve dos años largos. A la Marina llegué porque mi papá siempre me llevaba a ver los desfiles del 20 de Julio y le oía decir que quería un hijo militar, un hijo almirante, un hijo general, y eso le va calando a uno de chiquito. Fui muy feliz allí, pero tenía la idea de estudiar fuera del país y por eso no me quedé.

Hoy es comandante supremo de las Fuerzas Militares, pero si no se hubiera retirado de la Armada, ¿qué rango tendría?
Cuando fui ministro de Defensa, uno de mis compañeros de curso fue comandante de la Armada, el almirante Guillermo Barrera, así que tal vez habría sido almirante. Seguramente hoy estaría ya disfrutando del retiro en casa.

¿Dónde queda su casa?
Tengo un apartamento en Rosales, que mantengo abierto, y es así porque fue una de las exigencias de la familia, que mantuviéramos la casa funcionando durante la Presidencia. Mis hijos y mi señora van mucho, y yo en ocasiones duermo también allá. A veces voy dos días seguidos; otras, no voy en un mes.

¿Qué tal está de vecinos?
Tengo los mejores. Es que el apartamento está en un edificio que construí con mis hermanos, por eso dicen en Rosales que ese edificio es el Cielo: repleto de Santos. Y tienen su apartamento, además, mi buen amigo Fonseca, el cantante, y el escritor Jorge Franco.

Juan Manuel Santos. Foto: Sebastián Jaramillo.

 

¿A Palacio se trajo el colchón?
No, lo dejé en el Cielo.

¿Y cuál colchón es mejor?
Depende de para qué.

Entiendo. Como diría su antecesor, “siguiente pregunta”. ¿Cuánto pagó por el último predial?
Demasiado.

Entrando ya en asuntos distritales, aquí en Palacio no hay perrita Bacatá, pero hay otros cuadrúpedos, Julio y Nicanor. ¿Es verdad que se llaman así por dos personajes de la vida pública que usted aprecia?
Ni Julio, a quien le puso el nombre mi señora, se llama así por su colega, ni a Nicanor lo bautizamos en honor de Nicanor Restrepo, el empresario. Pero las confusiones son entendibles: un día él estaba en palacio y yo llamé al perrito: “Nicanor, Nicanor...” ¡Y vino Restrepo muerto de la risa!

Además de las dos primeras mascotas de la nación, ¿le gustan otros animales, monta a caballo?
Monté mucho a caballo, ahora no tanto. No soy caballista. Y nunca llegué a ser tan ducho como para que no se me regara el tinto, porque lo mío era más de cabalgatas con la familia en Anapoima.

¿Tiene finca en Anapoima?
La estoy construyendo.

¿Va y le da vuelta en Black Hawk?
No, la que va a darle vuelta a la construcción y a ver en qué andan los maestros es mi señora, y viaja por tierra. Luego viene y me dice cuánto hay que girar. Está quedando muy linda, y allá espero pasar mis años de tranquilidad después de la política.

¿Usted siembra?
No soy muy de ir a cultivar, pero me gustaría meterle unos palos de mango, porque en Anapoima se dan los mangos más dulces del mundo entero.

¿Cómo está del “mango”?
Tengo el “mango” como un lulo.

¿Quién responde por su salud?
Tengo un seguro de salud, con Bolívar, que me cubre a mí y a toda la familia y, aparte de la intervención que me hicieron, afortunadamente no me ha tocado usarlo mucho. Los trámites me los manejan aquí en Palacio, pero lo pago yo.

¿Es caro?
¿Cómo que si caro?, ¡carísimo!

¿Alguna vez le han recetado ibuprofeno?
De pronto sí, y me lo tomé pensando en que me iba a curar y me mejoré.

Veo que tiene los ojos mucho mejor que en el retrato que Simón Gaviria mandó a hacer para la sede del liberalismo. ¿Cómo va con la vista?
Muy bien. Esto no me lo hice por vanidad, sino porque los párpados se me caían, producían pérdida de visión y cierta propensión al sueño.

¿Qué tan vanidoso es?
Poco de cremas y esas cosas, y no me tiño el pelo, pero sí me gusta estar bien vestido. Si me sale un pelito en la nariz o en la oreja, mi mujer está pendiente. Las uñas me las hago yo, o, a veces, mi hija me ayuda.

No creo que un presidente tenga mucho tiempo para hacer ejercicio…
Trato de caminar y medio trotar casi todos los días. Tengo un minigimnasio en la casa privada, hago unos 5 o 6 kilómetros en bicicleta estática y quemo unas 350 calorías.

¿Mientras pedalea oye música o radio?
Lo oigo a usted a veces, y cuando me saca la piedra cambio de emisora.

Pero lo bueno es que de esa bicicleta no se ha caído, ¿o sí?
No, pero déjeme decirle que esa caída en Apartadó fue de lo más absurdo, porque en mis buenos tiempos hacía hasta bicicleta de montaña. Lo que pasó fue que por bruto no me di cuenta de que había un palo, se me frenó la bicicleta y me fui pa’l piso.

¿Es juicioso con la comida, le gusta el rollo orgánico y natural con los alimentos?
A veces, pero me encantan la morcilla y el chicharrón. En Medellín siempre almuerzo en un restaurantico de Envigado, El Trifásico, donde tienen unos chicharrones sublimes, y le hace competencia, camino a Anapoima, la morcilla y el chorizo de Donde Octavio. Me gusta el chorizo, pero soy experto en morcilla, sequita, en su punto.

Su gran “chicharrón” es la paz. ¿Comenta con su hermano Enrique todo lo que pasa en La Habana?
No, pero sí hablamos bastante sobre el asunto. Es buen asesor, conoce el tema y me ha ayudado.

¿Cuál es el mejor consejo que le ha dado en materia de manejo del proceso de paz?
Que oiga a quienes han pasado por esta experiencia de dialogar para terminar un conflicto. He atendido ese consejo y ha sido de gran utilidad.

¿Cómo anda de teléfonos?
Uso un BlackBerry, de teclado, y un iPhone, pero soy malísimo para esa cantidad de cosas que hacen los teléfonos inteligentes. Casi que no los uso, porque solo me sirven para que me “chucen”. En el campo de la motricidad fina soy bastante torpe y todos los aparatos tecnológicos sofisticados me quedan grandes. Digamos que manejo el DirecTV bastante bien.

¿Cuál es el operador de su teléfono personal?
Claro.

¿Se le caen mucho las llamadas?
Sí, demasiado. A veces me emberraco con tanta caída y trino molesto.

¿Maneja personalmente la cuenta de Twitter?
Hay muchos trinos que pongo directamente y a veces también mando poner, porque el tiempo no alcanza. Me ayuda John Jairo Ocampo, mi secretario de prensa.

¿Quién le gusta que lo siga en Twitter?
Barack Obama y Falcao.

Juan Manuel Santos. Foto: Sebastián Jaramillo.

Después del incidente de los correos interceptados, ¿usted despidió al ingeniero de sistemas de Palacio?
No, porque me comprobó que yo había tenido la culpa. No tuve el cuidado de usar una doble clave y otras recomendaciones de seguridad que omití.

Dijo que públicamente no daría más explicaciones sobre ese episodio, ¿pero ha tenido que darlas, en privado, a la primera dama?
No, afortunadamente hasta ahora no. Repito: aparte de unos adjetivos, ahí no van a encontrar nada que me comprometa. Pueden publicar todo lo que les dé la gana. ¡Y deje así!

¿Le queda tiempo para el cine?
Casi no, y es una tristeza. Por eso ahora ando en la onda de bajar películas y series para verlas cuando se puede. Me acabo de terminar la segunda temporada de House of Cards, muy buena, sobre las intrigas políticas en los Estados Unidos.

¿Quién en el Congreso se parece a Frank Underwood, el calculador protagonista que interpreta Kevin Spacey?
Hay varios, pero prefiero no mencionarlos porque estoy consciente de que la política, que no es nada diferente de la lucha por el poder, saca a relucir lo peor de la condición humana. Hay que entender eso, asimilarlo y aprender a recibir los golpes.

Obama, preocupado por House of Cards, pidió a los norteamericanos que no pensaran que las cosas eran como en la serie. ¿Lo tensiona que los colombianos que la vean piensen lo mismo sobre usted, que se parece a Underwood?
No, porque nunca fui vicepresidente.

¿En qué ciudad viviría después de la Presidencia?
Ya viví en Londres y me encanta. Si tuviera la oportunidad, viviría allá un tiempo otra vez.

¿Cuál ha sido el viaje más delicioso de su vida?
Tal vez uno que hice antes de asumir el Ministerio de Defensa, con mis hijos, a la China y a Grecia por tres semanas. No tuve problema con nada, ni con la comida, porque tengo buen estómago.

¿No se le revolvía el estómago cuando pensaba en la posibilidad de que mataran a su hijo mientras prestaba servicio militar?
Uno como papá se preocupa, pero estuve tranquilo y confiaba en que fuera una posibilidad remota. La verdad es que siempre me sentí orgulloso de que Esteban hubiera tenido la idea de servir a su país. Le fue muy bien, aprendió mucho y es una experiencia que todo el mundo debería tener.

¿Se acuerda qué hizo con su primer sueldo?
Me lo pagaron en la Federación Nacional de Cafeteros, donde era asistente del departamento de mercadeo de la fábrica de café liofilizado de Chinchiná. No me acuerdo cuánto fue, pero me sentí bien pagado y creo que me lo bebí. En esa época tomaba ginebra con Coca-Cola en las discotecas.

¿Qué tal le ha ido con los jefes?
He tenido unos jefes magníficos y a todos los acabé queriendo mucho. Personas como Pedro Felipe Valencia, Jorge Cárdenas Gutiérrez, Arturo Gómez Jaramillo y Juan Camilo Restrepo. También mi padre y mi tío, en El Tiempo; los expresidentes Gaviria y Pastrana… y el expresidente Uribe.

¿Cuál de todos tenía un temperamento más difícil?
Uribe.

¿Era buen jefe?
Era un pésimo jefe, pero conmigo fue muy respetuoso. Insultaba mucho en público a sus subalternos, cosa que afortunadamente nunca hizo conmigo.

¿Qué tal es usted de jefe?
Tendría que preguntarles a quienes trabajan conmigo, pero creo que soy respetuoso y exigente. Me saca la piedra que no tengan las cosas a tiempo, que no las hagan bien.

¿Cuánto gana y cuánto le descuentan?
Gano más o menos 22 millones de pesos y me descuentan como cinco.

¿Ha pensado en un proyecto de reforma de ley para que no le descuenten tanto al presidente?
Claro que sí he pensado… ¡pero sé que quedo como un cuero!

¿Dónde tiene cuenta bancaria?
En el Banco de Bogotá y una, declarada, en Miami.

¿En qué empresa colombiana tiene acciones?
Mi plata me la maneja una fiducia, que hace sus propias inversiones y anualmente me dicen cuál fue el rendimiento. Ese tipo de inversiones no las hago, para no tener conflicto de intereses como presidente.

¿Qué hizo con la plata que no gastó en el cuadro de Botero?
La invertí en finca raíz.

¿Ha hecho un negocio chimbo?
Sí. De joven tenía un perro pastor alemán que era campeón, de buena sangre, y me quedaba una platica interesante de los saltos que hacía. Un día llegó el hoy editor Benjamín Villegas, que entonces era superhippie, y le dijo a mi hermano Enrique que invirtiera en un sitio, en propiedad raíz, que allá iban a hacer una calle como del estilo de King’s Road en Londres. Enrique le dijo que el del billete en la casa era el chiquito, yo, y terminé dándole la plata a Villegas. Hasta el sol de hoy no he sabido qué pasó con ese proyecto.

Usted que es golfista, ¿cuánto le paga al caddy?
No me acuerdo. En los tres últimos años y medio solo he podido jugar una vez y no me tocó pagar.

Habría que llenar el campo de golf con soldados, gente de seguridad, francotiradores…
Es que no hay de dónde sacar el tiempo que requiere el golf y ese, como otros deportes, si no se practica se juega mal. Y si usted juega mal no le saca gusto.

¿Con quién se estrenó votando?
Con Alfonso López Michelsen. Y lo hice con mucha emoción.

¿Tiene abogado?
Para las demandas en la Comisión de Acusación me ayuda Carlos Gustavo Arrieta.

¿Lo defenderá en la denuncia de Claudia López?
¿Cuál denuncia?

Ella dice que lo denunciará por abusar del poder, entregando casi tres billones de pesos en mermelada para facilitar la elección de congresistas…
Ya una vez Uribe me demandó por lo mismo y perdió. Él y todos los presidentes de ahí para atrás han hecho lo mismo: distribuir el presupuesto en las regiones y escuchar sugerencias de los congresistas. La esencia y la razón de ser de un Congreso, aquí y en todas partes, es repartir el presupuesto. Si lo mío es mermelada, lo de Uribe fue mantequilla de maní, de esa gringa, que viene además con mermelada de uva.

¿Se tiene que aguantar la tentación de demandar a quienes lo calumnian?
Sí, a los políticos, que me dan muchas ganas a veces de ponerlos en cintura por malalechudos, y a periodistas que se les va la mano; pero mi vena periodística me lo impide.

Es decir que cuando lea BOCAS, si le molesta algo, ¿puedo estar tranquilo?
Si no me gusta lo que escribió y nos encontramos el lunes en la calle, puede estar seguro de que no le voy a decir: “¡le voy a dar en la jeta, marica!”.

GUSTAVO GÓMEZ
FOTOS: SEBASTIÁN JARAMILLO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 29, ABRIL DE 2014