Pedagogía de la paz y postconflicto

Pedagogía de la paz y postconflicto

Los acuerdos de paz, en un deseable escenario de postconflicto en Colombia

8 de mayo de 2014, 01:06 am

Las diferentes situaciones internacionales en el abandono de la violencia, siendo todas radicalmente diferentes y no comparables –ni tan siquiera como hipótesis–, coinciden en un aspecto que se convierte en axioma: lo fácil es firmar, lo difícil es cumplir. Esta verdad de Perogrullo subraya en todos los casos la idea de dificultad y de perseverancia histórica en la búsqueda de la paz como empeño colectivo.

Los grandes obstáculos para cumplir dichos acuerdos en un conflicto como el colombiano , que ya se nombra con el prefijo ‘pos’ –incluso desde este momento y no sabemos muy bien por qué–, no se encuentran tanto en la acomodación de estos a una realidad diversa, desigual y descentralizada, como es la colombiana, sino principalmente en no cometer errores que provoquen ‘cierres en falso’, que abran espacios a la frustración, al sentimiento de engaño, a la injusticia, a la insuficiente reparación o, incluso, a todos ellos.

En realidades históricas tan dispares como son las consecuencias de la guerra civil en España –sin ser extensible a otra realidad española como la del conflicto vasco–, los enfrentamientos centroamericanos y los denominados conflictos de ‘alta’ y ‘baja’ intensidad, también en las luchas tribales en el centro de África –se cumplen veinte años del genocidio en Ruanda entre hutus y tutsis–, por no hablar de las dinámicas en los procesos de transición a la democracia en el cono sur latinoamericano o, incluso, en la nueva realidad interracial sudafricana, en todos estos casos se demuestra que, para que no exista gran fiasco o peligro de involución en estos procesos, es fundamental el conocimiento de la verdad; recuperar la memoria histórica si estaba perdida o nunca se tuvo, para, desde ahí, reparar económica y administrativamente, pero, sobre todo, moralmente, a las víctimas inocentes. La reconciliación no es posible si existe impunidad.

Leyes de víctimas mal ejecutadas y sin medios; planes de reinserción mal orientados –origen de ‘bacrim’ y ‘maras’– como ocurrió en Centroamérica; leyes de perdón y ‘punto final’, que suponían claros ejercicios de impunidad –incluso con delitos graves de lesa humanidad–, como ocurrió en el Cono Sur, o, incluso, leyes de memoria histórica y de reparación insuficientes, o también amnistías y grandes silencios, como ocurre respectivamente en España y Chile, provocan que estos procesos superadores de la violencia se encuentren condenados a repetirla en sus distintos tipos y formas y reabran cada cierto tiempo esas heridas no cerradas.

Una grave equivocación repetida en los escenarios de posconflicto y abandono de la violencia es la falta de un proceso de legitimación de ‘abajo a arriba’ que suponga una apropiación del mismo por parte de la ciudadanía implicada. Es el caso de acuerdos de paz firmados en la mesa de negociación, incluso con proceso constituyente en marcha, con gran despliegue mediático y gran cobertura internacional, que son rechazados electoralmente –como ocurrió en Guatemala–, o, incluso, que no logran una aceptación homogénea dentro de cada una de las filas de los contendientes y que provocan brotes de recrudecimiento de la violencia en escenarios de posconflicto, como ocurrió en el caso de Irlanda del Norte.

¿Quién puede asegurar que todos los frentes de las Farc aceptarán la integridad de lo acordado con disciplina y sin fragmentaciones? O también: ¿quién está en condiciones de asegurar que los poderes fácticos omnipresentes en la historia colombiana aceptarán con normalidad a los actores desmovilizados en el juego político electoral? Los últimos casos descubiertos de planes para eliminar a representantes y senadores electos, especialmente “incómodos” por sus denuncias de casos de corrupción o de abusos y violaciones de algunos grupos armados, nos brindan clara respuesta a esta incógnita: no es otra que el mantenimiento del ‘método’ histórico habitual de asesinato y muerte.

Los acuerdos de paz en un deseable escenario de posconflicto en Colombia deben suponer una verdadera transformación de la sociedad y del Estado; para ello, es esencial introducir cambios profundos en su cultura democrática; para empezar, aquella práctica repetida de la eliminación física de todas aquellas opciones electorales que son consideradas un “peligro” para el mantenimiento del histórico equilibrio de poder. Es imprescindible crear condiciones sociológicas, simbólicas e, incluso, míticas, capaces de propiciar un imaginario colectivo superador de la violencia, como ocurrió en Sudáfrica. Mandela y su ‘Invictus’ es un ejemplo de refundación personal y nacional.

La pedagogía de la paz antes y después del conflicto es un ejercicio imprescindible en la preparación del tejido social para la dura labor de comprensión, aceptación y abandono de la violencia como un elemento de normalidad democrática. Este ejercicio para curar el ‘desgarro’ en dicho tejido debe partir de un reconocimiento responsable de los errores cometidos durante la guerra para, desde ahí, plantear nuevos compromisos éticos e, incluso, morales de protagonismo en la paz. Nuevos ‘pactos’ individuales y colectivos transformadores de la violencia y, sobre todo, de las causas que la provocan.

Gustavo Palomares

Presidente del Instituto de Altos Estudios Europeos y catedrático europeo en la Uned de España. En la actualidad dirige el proyecto europeo ‘Pedagogía de paz y gestión del posconflicto en Colombia’.