Sordos celebran su propia Semana Santa en Medellín

Sordos celebran su propia Semana Santa en Medellín

En el barrio Tricentenario realizan la tradición católica con esa población hace más de 8 años.

14 de abril de 2014, 01:30 pm

Cinco minutos lleva recitando el sermón que antecede a la procesión del Domingo de Ramos. Mas el sacerdote Jadson Castaño no ha pronunciado palabra alguna. Sus manos son su voz.

“Estamos aquí para ver a Jesús montado en su burrito. Humilde. Porque Jesús es igual a las personas, es igual a ustedes”, dice agitando sus dedos.

Hace gestos con boca y cejas. Todos le entienden. Son casi 300 los feligreses que están allí, aguantando sol. También oran con sus manos, ser sordos o mudos no impide que se acerquen a Dios.

Es el inicio de la Semana Santa para esa población. La celebran en la parroquia de Alfonso María de Ligorio, en el barrio Tricentenario de Medellín.

“Es la semana de la fe. Estamos todos invitados –continúa el sacerdote– a pedir perdón, a que reflexionemos en silencio”.

El calor no sofoca la creencia, atentos observan al cura. Después de las palabras inicia el recorrido encabezado por dos intérpretes trepados en una camioneta. Van cantando con lenguaje de señas. Los creyentes repiten los movimientos, unos prolongados, otros más cortos, una armonía de brazos, manos, dedos y mucha fe.

“Esto nació por la necesidad de estas personas para tener el conocimiento de la palabra de Dios, de lo sacramental. Es una forma que tiene la Iglesia para no marginarlos”, dice el padre Castaño quien hoy es el director de la Pastoral de Sordos de la Arquidiócesis de Medellín.

Ese pensamiento lo llevó a aprender el lenguaje de señas. Al principio fue difícil. Se equivocaba mucho: “Elllos son muy exigentes, perfeccionistas. No tienen ningún reparo en corregirme. Hay palabras, por ejemplo epíclesis (la llegada del Espíritu Santo) que no tienen cómo expresarse en el lenguaje de señas, hay que buscar la manera de que ellos entiendan. Aprender su ‘idioma’ es demostrarles cariño”.

Así lo percibe Angélica Torres. Hace cinco años está viniendo a la parroquia. Le toca pagar bus. Pero eso no le importa, lo principal –para ella– es la fe.

“Hay algunas cosas que no entiendo de la eucaristía pero le pregunto a los intérpretes y ellos me explican. Siempre he ido a misa, cada domingo. Pero esta es la mejor de todas porque es hecha para nosotros”, le explica con señas a uno de los interpretes que colabora con la entrevista.

Nació sorda, pero eso no le impidió aprenderse sonidos con los que interactúa con los oyentes: “Me llemo aeíca, muco gueisto (me llamo Angélica, mucho gusto)”, de esa manera se presenta. Es alegre, le encanta la iglesia, siempre está sentada en las sillas de adelante.

El sermón del padre la cautivó. No dejó de mirarlo un solo segundo, admira que existan padres que quieran ayudar a los sordos con “el amor de Dios”.

No hay mayor fe, sin embargo, que la de Jeison Andrés Ospina. Como Angélica, el joven de 24 años nació sordo pero a los cinco perdió la visión por una enfermedad, un extraño caso que no le ha impedido ser un católico entregado y disciplinado.

Fue uno de los primeros en llegar, un amigo, también sordo, es el que le cuenta que Jesús se subió al burro y que fue recibido como un gran rey en Jerusalén. Él sonríe. Le narra todo eso con la técnica mano sobre mano, que consiste en realizar el lenguaje de señas tocando las manos del otro.

Su madre, Sor María Grisales, fue quien le enseñó “Es igual a todos: tiene que hacer oficio, cumplir con sus obligaciones, con su deberes”, dice.

Le gusta estar enterado, saber qué pasa en el mundo y en el país, por ello le pide a Sor María que le cuente lo que muestran las noticias. Pero no hay mayor afición para él que ‘escuchar’ el evangelio: “La religión se la inculcamos desde niño”.

El padre Castaño sabe de esos actos fe, por eso toda la semana estará moviendo los dedos, confesando con señas, enseñándoles la palabra de Dios, palabra que también –dice– se pronuncian con las manos.

“Pueden ir en paz”. Llega el final de la misa. Algunas sonrisas se zafan. Muchos comienzan a hablar de lo bonito de la eucaristía. El silencio no se va de la parroquia ni de sus alrededores.

REDACCIÓN MEDELLÍN