Limpieza étnica en República Centroafricana deja 700 mil desplazados

Limpieza étnica en República Centroafricana deja 700 mil desplazados

Se calcula que unas 300 mil personas están viviendo como refugiados en países vecinos.

Limpieza étnica en República Centroafricana deja 700 mil desplazados
4 de abril de 2014, 12:39 am

“No vamos a descansar hasta que el último musulmán se haya ido de nuestro territorio”, dice Beno, quien combina su trabajo como portaequipajes en el aeropuerto de M’poko, con su cargo de teniente de la milicia cristiana ‘antibalaka’, en el distrito de Combatants en la ciudad de Bangui, la capital de República Centroafricana.

Lleva al cinto una daga oxidada y tiene el pecho cruzado por una serie de bolsitas de cuero que contienen gris-gris, amuletos y talismanes que, según la creencia tradicional, lo hacen inmune a las balas y los machetes (‘balaka’ significa machete en sango, el idioma local).

“Todos los musulmanes se beneficiaron del régimen de Seleka –argumenta–. Todos fueron cómplices, no hicieron nada cuando nuestras familias eran ejecutadas. Ahora estamos enfurecidos y ha llegado el momento de nuestra venganza. Es hora de que las víctimas sean ellos”.

Los ‘antibalaka’ están cerca de lograr su objetivo. Solo quedan tres enclaves musulmanes en Bangui, una ciudad que hasta hace pocos meses tenía una población de más de 120.000 musulmanes y en la que quedan menos de mil, según datos de la ONU.

La mayor parte de ellos ha tenido que exiliarse en campos de refugiados en países vecinos como Chad y Camerún después de que sus casas fueron quemadas, sus negocios saqueados y algunos de sus parientes brutalmente asesinados, en la campaña de venganza que emprendieron de los ‘antibalaka’ desde diciembre pasado.

A 200 metros del puesto de control militar francés en el aeropuerto, varias docenas de familias musulmanas viven entre helicópteros soviéticos y aviones abandonados en un hangar, convertido en un campo de tránsito para desplazados.

Algunos empacan sus pocas pertenencias mientras se preparan para salir del campamento y llegar hasta el terminal de transporte, donde una caravana de camiones escoltados por tropas de la Unión Africana los sacará del país hasta los campos de refugiados.

Abdou Suleiman, un joven comerciante, ayuda a su esposa y tres hijas a cargar con esteras y maletas al baúl de un taxi que las llevará a través del mercado de Combatants, bastión de ‘antibalaka’, hasta el terminal de bus. “Algunos de nuestros parientes ya están en los campos en Camerún –dice–. Allá nos reuniremos con ellos, pero de ahí en adelante no sabemos qué va a pasar. Nuestra casa está destruida y estamos muy preocupados por nuestra seguridad”.

Unos minutos después de que Abdou se despide de su familia, se escuchan tiros y una polvareda se levanta desde la dirección del mercado.

A menudo, los taxis que cruzan el área son requisados por milicianos ‘antibalaka’ que buscan dar cacería a los musulmanes que tratan de pasar desapercibidos.

Estos episodios terminan ocasionalmente en linchamientos y cuerpos mutilados.

Pero no es la familia de Abdou la que ha sido atacada. Cuando el polvo se asienta aparece el cadáver de un hombre en la mitad de la calle. Sin un brazo, sin una pierna.

Desde los puestos de verduras la gente toma fotos con sus teléfonos celulares. Beno, el teniente ‘antibalaka’, tiene una expresión de satisfacción. “Hicimos un buen trabajo hoy –dice–. Mira lo que le pasó a este miembro de Seleka que vino a espiarnos”.

Campaña de retaliación

Seleka, una coalición de grupos rebeldes de mayoría musulmana que incluye milicianos de Chad y Sudán del Sur, derrocó hace un año al presidente de República Centroafricana, François Bozizé, e instauró al líder insurgente Michel Djotodia como nuevo mandatario.

Durante el régimen de Seleka, los saqueos y ejecuciones extrajudiciales –sobre todo de cristianos– forzaron a miles de personas a dejar sus hogares y a esconderse en el monte, dejando un desolador panorama de aldeas abandonadas, por todo el país. Como una reacción a las atrocidades de Seleka, los ‘antibalaka’ surgieron como grupos de autodefensa armados con cuchillos de cocina y rudimentarios rifles de cacería.

Pero desde comienzos de diciembre, y sobre todo desde que Djotodia dimitió frente a la presión internacional por su incapacidad para detener la violencia, los ‘antibalaka’ emprendieron una brutal campaña de retaliación contra toda la población musulmana, incluyendo mujeres, niños y ancianos.

El retiro de Seleka de la capital, a comienzos de febrero, tampoco le puso freno a la violencia. Al contrario, le ha dado a los grupos ‘antibalaka’ la oportunidad para consolidarse.

Cada vez son más numerosas sus facciones, algunas lideradas por antiguos miembros del ejército de Bozizé, que entregan documentos de identificación plastificados a sus miembros de alto rango.

También se han creado bases de entrenamiento. Malingao, una joven de 15 años con tatuajes circulares en las mejillas y con una docena de gris-gris alrededor de su frente, brazos y cuello, dice que recibe instrucción en un campo de entrenamiento ‘antibalaka’ en el distrito de Boeing, al otro lado de la pista de aterrizaje que lo separa del campamento para desplazados de M’poko, donde viven 70,000 cristianos.

En las tardes patrulla el campamento en compañía de un hombre que lleva sobre el pecho un grueso crucifijo y una escarapela de ‘anti-balaka’. “Mis padres viven aquí; fueron desplazados por Seleka, y vengo a visitarlos cuando no estoy entrenando –explica–. A la gente le gusta vernos; saben que estamos para protegerlos”.

Violencia extrema

Dos vehículos blindados del ejército francés se estacionan en una calle de tierra en el distrito de PK5, que solía ser un activo punto comercial pero donde la mayoría de las tiendas han sido saqueadas y quemadas.

Milicianos ‘antibalaka’ le han prendido fuego a cuatro casas de familias musulmanas. Mientras una docena de soldados franceses inspecciona el área y un hombre con un balde va y viene al pozo de agua para intentar apagar las llamas, el grupo de atacantes puede verse charlando en una esquina a unos 50 metros de allí, esperando a que los franceses terminen su patrulla para volver al ataque.

“Esto no era así antes”, dice Ibrahim Alhadji Abakar, que vio morir a sus dos hijos en ataques de ‘antibalaka’ y quien ahora vive en el patio de la Mezquita central con otros cientos de musulmanes buscando refugio.

Y agrega: “Los cristianos y musulmanes vivíamos juntos sin ningún problema; hacíamos negocios, éramos vecinos y amigos, nos casábamos entre nosotros, comíamos de la misma mesa. Ahora nos quieren cortar la garganta. Somos prisioneros en nuestro propio barrio y ni siquiera podemos salir de la mezquita para ir al mercado”.

La pequeña mezquita en el distrito de PK12, a las afueras de Bangui, se ha convertido también en un refugio para los pocos musulmanes que quedan en el área, vulnerable a ataques nocturnos por parte de los ‘antibalaka’ que se esconden en los bosques colindantes.

La desesperación ha llevado a algunos hombres a armarse con navajas, bastones y flechas envenenadas, mientras que las mujeres hacen marchas en protesta contra el ejército francés, a quienes muchos consideran una presencia militar inútil a la hora de evitar ataques, a pesar del sofisticado armamento de guerra que tienen en su puesto de control a la entrada del barrio.

Algunas iglesias católicas también están proporcionando refugio temporal a los musulmanes en varias partes del país.

En la ciudad minera de Berberati, a cien kilómetros de la frontera con Camerún, el obispo Dennis Kofi Agbenyadzi ha alimentado y proporcionado refugio a 4.000 musulmanes en los últimos meses, pero la mayoría de ellos se han unido a las caravanas de camiones escoltados por la Unión Africana en dirección a los campos de refugiados, al otro lado de la frontera.

El obispo dice que ha estado trabajando en conjunto con los líderes musulmanes de la región en programas de reconciliación, pero admite que el proceso ha sido escaso, y que muchos de los que se unen a los grupos armados son “bandidos oportunistas” con los que es difícil negociar.

Demanda humanitaria

“La demanda humanitaria es extremadamente alta –explica el coordinador de la ONU para la República Centroafricana, Abdou Dieng–. Solo la quinta parte de los 500 millones de dólares que se necesitan para hacer frente a la situación se han recibido”.

Se calcula que 700.000 personas han sido desplazadas y casi 300.000 están viviendo como refugiados en los países vecinos, en lo que ha sido descrito como por Amnistía Internacional como una ‘limpieza étnica’ que amenaza con vaciar por completo al país, de su población musulmana.

“El gobierno y las fuerzas armadas no son funcionales –dice un trabajador de ayuda humanitaria con una vasta experiencia en el país–. En Europa se ve que 2.000 policías pueden ser movilizados para garantizar la seguridad durante un partido de fútbol, pero en RCA tenemos sólo 6.000 tropas de la Unión Africana para cubrir un área del tamaño de Francia, inmersa en un profundo conflicto violento. Y no son exactamente aficionados al fútbol con lo que estamos lidiando aquí”.

“Las intervenciones humanitarias y militares –anota– han sido muy lentas en un contexto que es extremadamente frágil”.

SALYM FAYAD
Para EL TIEMPO