Faenza, una joya bogotana que cumple 90 años

Faenza, una joya bogotana que cumple 90 años

Con actividades culturales se rendirá homenaje al recinto que vivió la transformación de Bogotá.

Faenza, una joya bogotana que cumple 90 años
3 de abril de 2014, 02:27 am

En la calle 22, donde hoy abundan las tiendas de ventas de minutos, los parqueaderos y las comidas rápidas, hace noventa años se erigió el monumental teatro Faenza, testigo de la historia y los vaivenes de Bogotá, de la riqueza, de la pobreza, del cine, la moda y hasta de las fantasías sexuales de hombres reprimidos en un pueblo que quería ser ciudad.

El 3 abril de 1924 se abrieron las puertas del magnífico escenario, construido en las viejas instalaciones de la fábrica de loza Faenza. Dos visionarios y soñadores de antaño hicieron posible el lugar: José María Saiz y José María Montoya. La belleza del llamado primer mundo tenía que llegar, no importaba cuánto costara.

Sin precedentes fueron su fachada de herradura, el ladrillo a la vista, sus pinturas murales, los balcones de madera maciza y sus hermosas esculturas de yeso. Revolucionario, porque rompió con la tendencia republicana que se imponía en ese momento. El Salón Luz lo llamaban cuando todavía era un sueño en el papel.

Asomarse al escenario provocaba emoción, porque allí se unieron las manos de poderosos artesanos y profesionales para crear las piezas del ahora monumento nacional. Entre ellos, Juan Ernesto González Concha, autor del anteproyecto; el arquitecto Arturo Tapia y el ingeniero Jorge Antonio Muñoz y los hermanos Colombo y Mauricio Ramelli, quienes se encargaron de las pinturas que serán rescatadas del fondo de hasta quince capas de barniz, aplicadas a lo largo de nueve décadas.

El séptimo arte siempre fue la razón de ser del Faenza. El 3 de abril de 1924, el filme El destino, de Dimitri Kirsanoff, dio comienzo a más de dos décadas de historia dorada. “Este teatro fue un acto de rebeldía desde que se soñó”, dice Enrique Bautista, arqueólogo, antropólogo e historiador, y el hombre que ha recogido los pedazos de la historia, entre otras, de la calle 22 y, por supuesto del Faenza, el lugar que se pensó al estilo americano, para dejar atrás los usos únicos de los teatros de entonces y darles paso a reuniones sociales, fiestas y hasta a los reinados. “Se creó un espacio de socialización que modificó las costumbres de la gente. Un lugar menos excluyente que los clubes reservados solo para la élite de la época”.

Por los pasillos del Faenza desfilaban hermosas mujeres de peinados llamativos que discutían mientras degustaban cocteles ‘señoreros’ o compartían un té con sus amigas.

Las flappers –esas damas delgadas que fumaban con pitillera y que parecían flotar en el aire– aparecieron en escena. “Eran rebeldes, de cabellos muy cuidados y disfrutaban de bailar y escuchar jazz. Esas mujeres adoraban el Salón Luz”, dice Bautista.

En Bogotá había “algo más para hacer que ir a misa”, decían los críticos soeces de la omnipresencia de la iglesia, cuando supieron que allí disfrutarían de artistas europeos y espectáculos musicales pocas veces vistos en una ciudad enmarcada aún por la ruralidad.

Dicen que el eco de Carlos Gardel vive en la mente de quienes lo escucharon cantar en el Faenza.

Sobre el piso del recinto danzaron las quinceañeras, que eran presentadas en sociedad por sus familias en las fiestas de blanco, pero también discutieron los intelectuales que se comían con los ojos el noticiero de los Acevedo, una aproximación en blanco y negro de lo que pasaba en el mundo entero.

Iván Acosta, director del Cineclub de la Universidad Central, sostiene que el cine colombiano también tuvo su momento con películas como Aura o las violetas (1924), de Pedro Moreno Garzón y Vincenzo di Doménico; La tragedia del silencio (1924), de Arturo Acevedo Vallarino, o En busca de María, el primer largometraje nacional, realizado en 1921, sobre la novela de Jorge Isaacs. “La vida brillante y oscura de este teatro fue cinematográfica”, sostiene Acosta.

Los políticos también se disputaron el lugar. “Jorge Eliécer Gaitán lideraba los jueves del municipal, donde miles de adeptos lo escuchaban, y luego los conservadores se inventaron los viernes culturales del Faenza”, cuenta Bautista, recordando la década de los treinta.

‘El Bogotazo’ del 9 de abril de 1948 también sacudió con fuerza los destinos del Faenza, aunque los alrededores no sufrieron mayores percances físicos. “Se convirtió en un teatro de barrio –explica Bautista– con un carácter más popular. Había que sostenerlo porque las élite del sector habían migrado hacía el norte de la ciudad”.

No fue decadencia, fue un cambio cultural, dicen los que defienden su causa. También quienes vieron magos, rifas, bingos, teatro o lucha libre recuerdan al Faenza con cariño.

Décadas después, el auge de los teatros en Chapinero frenó la oferta fílmica de calidad en los cinemas del centro y fue entonces –recuerda Acosta– cuando el cine rotativo se convirtió en la mejor opción, en las décadas de los 50, 60 y 70.

Mientras todo eso pasaba nuevas gentes ocupaban la calle 22 y sus alrededores. Prostitutas, vendedores de droga, bares y casinos pulularon muy cerca.

Así, poblaciones excluidas, antes repudiadas, se tomaron el Faenza y dieron comienzo a lo que muchos denominan los años negros. “Si las paredes hablaran...”, dicen quienes lo conocieron cuando decayó y era un lugar de pasiones gay y de lujuria. “Fue el sitio de adultos que buscaban amoríos con jóvenes que se prostituían –revela Acosta–. Lo del cine pornográfico fue menos relevante si se compara con las cosas que ocurrieron allí”.

Fue la apropiación sórdida de una sociedad de doble moral. Cuentan que muchos poderosos pagaron para que sus aventuras íntimas en sus baños y pasillos no fueran revelados. De todas esas historias fueron testigos las paredes del Faenza, que hoy, como monumento de la ciuad, 90 años después, renace, gracias a la intervención de la Universidad Central.

Resurrección de un tesoro

Claudia Hernández, arquitecta restauradora a cargo de devolverle la vida al Faenza, gracias a la Universidad Central, ha trabajado con más de 100 profesionales y 120 obreros que hacen su labor con especial cuidado para no atentar contra ningún detalle de la infraestructura, respetar los colores originales y rescatar los frescos ocultos bajo las capas de pintura. Todo eso, acompañado de una investigación sin precedentes. “Es importante rescatar estos edificios porque los años 20 fueron de luz, muy interesantes en materia de cultura, arquitectura y literatura. Nuestro país floreció al mundo”, dice Hernández. Se espera que la restauración termine en el 2015, pero “todo depende de los hallazgos del camino”, añadió.

CAROL MALAVER
Redactora de EL TIEMPO