Zulia Mena: la amiga de Obama

Zulia Mena: la amiga de Obama

Fue la primera mujer elegida por voto popular en Chocó y para muchos la negra más poderosa del país.

Zulia Mena: la amiga de Obama
31 de marzo de 2014, 09:48 pm

Cuando apenas era una niña, vendió plátanos y frutas en las calles de Quibdó. De joven, con el fuego de la revolución en su cabeza, se tomó por cinco días la alcaldía de su ciudad. Fue definitiva en el reconocimiento de los afrocolombianos en la Constitución de 1991. Fue la primera mujer elegida por voto popular en Chocó. Fue congresista, aunque dice que no le gusta la política. Hoy es tan reconocida en Colombia como en Estados Unidos. Está en la lista de los amigos latinoamericanos de Barack Obama. Es para muchos la negra más poderosa del país. Es Zulia Mena.

Por: Jorge Quintero / Fotos: Pablo Salgado

―¿Tomarnos una embajada? ¿No suena eso como extremo? ¿Qué tal que nos masacren a todos?

―Depende, si es un embajador negro, él no va a matar a su pueblo.

―¿Embajador negro…? ¿Pero dónde?

― Pues en la embajada de Haití.

―Hagámoslo ―dijo Zulia Mena a su interlocutor, uno de los líderes afros que, desde Quibdó, Chocó, planearon la toma de la Embajada de Haití y la ocupación de una serie de instituciones públicas, en abril de 1991. Toda una revolución.

El plan era un completo despropósito. El país estaba convulsionado, en estado de sitio y en plena Constituyente. Colombia se preparaba para estrenar Carta Magna, pero los afrodescendientes no estaban en ella. Esa era su pelea.

Aunque Zulia participó en la planeación de la toma a la embajada, no viajó a Bogotá. Enviaron a una delegación de 150 afros, y a ella le encargaron otra tarea: tomarse la Alcaldía de Quibdó. Zulia –entonces un negra menudita, de aspecto frágil, de 150 centímetros de estatura, 25 años y vestidos cortos de colores vistosos– llegó con tres amigas hasta la vieja casona que servía como Alcaldía, supuestamente para pedir una cita. Pero lo que hizo fue echar llave y encerrar a los funcionarios por cinco días. Les pidió que no salieran, “la movilización es por el bien de todos”, les gritó. “A los indígenas los van a reconocer, pero a nosotros no porque dicen que ya estamos mimetizados. ¿Si no presionamos nosotros, entonces quién?”.

Afuera, frente a la Alcaldía, la calle polvorienta, sin pavimentar y usualmente atestada de vendedores ambulantes, se llenó de líderes. Llegaron con cantaoras de alabaos (cantos tradicionales africanos), chirimías del Pacífico, marimbas y tamboras. Era como un entierro o como una fiesta; en Quibdó ambos son parecidos. A los entierros llevan alabaos, y a las fiestas, chirimías, esa es la diferencia. No había por donde caminar. Se instalaron ollas para hacer la comida de lo que sería una larga toma. Adentro, nadie opuso resistencia.

Mientras sucedían las dos tomas pacíficas (la de la embajada de Haití en Bogotá y la de la Alcaldía en Quibdó), los líderes enviaron más de 20.000 telegramas al presidente César Gaviria en los que le exigían la inclusión en la Carta Magna. Y lo lograron. Justamente Zulia fue Comisionada Especial por Chocó en el desarrollo jurídico del artículo transitorio 55, que les reconoce a las comunidades negras su territorio y que fue la base de la Ley de los Pueblos Afro (Ley 70 de 1993), que ella misma ayudó a redactar.

Zulia Mena nació en Campobonito, un caserío de Quibdó. Es la séptima de 12 hermanos, de una familia dedicada a la pesca y a la agricultura. Llegó a Quibdó a los ocho años, vendió frutas en las calles con una vasija en la cabeza (“los negros tenemos equilibrio para eso”, dice) y paralelo a su trabajo inició sus estudios con los claretianos, con los que comenzó su camino como activista. Se hizo maestra de primaria y lideraba huelgas de todo. Se tomó el Incora, la catedral y hasta el colegio de Quibdó. Se puede decir que se tomó su pueblo antes de ser alcaldesa. También fue congresista, la primera mujer afrodescendiente elegida por la Circunscripción Especial de Comunidades Negras, un año después de la toma de la Alcaldía y de la embajada. Tenía 26 años cuando llegó al Congreso.

Hoy “le canta la tabla” al que sea, del presidente Santos para abajo. Es una mujer templada, pero siempre con un chiste y una buena historia para bajar los ánimos. Es frentera y su voz, que no ha perdido su acento chocoano, es escuchada por ministros y por su propio pueblo. Zulia se graduó como trabajadora social en la Universidad Tecnológica del Chocó, se especializó en gerencia social en el Instituto Interamericano para el Desarrollo Económico y Social, Indes, en Washington, Estados Unidos. Allí se hizo una influyente líder y conoció activistas famosos como Ángela Yvonne Davis y a políticos como el hoy presidente Barack Obama.

¿Cómo conoció al presidente de los Estados Unidos?

¿Cuál? Porque primero conocí a George Bush, lo tuve cara a cara, me tocó sentarme en la misma mesa con él y yo aproveché para decirle: no solo queremos inversión para la guerra en Colombia.

No, a Obama…

A Obama lo conozco hace ocho años. La primera vez que hablamos fue en una de mis giras a los Estados Unidos, fuimos a hablar con él, recién posesionado como senador. Habíamos hecho lo mismo con todos los senadores afroamericanos, con activistas, con líderes mundiales afro. Le contamos cómo era la historia acá, le explicamos nuestro proceso por la inclusión y fue muy receptivo. Hablamos de negro a negro. Me regaló un libro de su vida, la historia de él y su familia. Fue un encuentro muy bonito. Hasta ahí estábamos lejos de pensar que sería el primer presidente negro de Estados Unidos.

En Cartagena rompió el protocolo para saludarla…

Sí, fue cuando vino para la Cumbre de las Américas. Cuando el presidente Santos fue con él a entregar unos títulos de tierras a Palenque, me vio y se acordó de mí, se acercó y el protocolo y la seguridad evitaron un abrazo. Estuve con toda su gente. Fue muy chévere. Él nos reconoce, y reconoce nuestro trabajo en Colombia.

Antes de ser alcaldesa, de conocer a presidentes, usted fue una especie de palenquera, vendía frutas en las calles de Quibdó…

Hice eso y mucho más. Yo sé hacer todas esas labores: las que no sé, las aprendo. Cuando nos fuimos con mi mamá para Quibdó, mi papá se quedó en el caserío con mi hermano. Ella sabía hacer los oficios del campo y de la casa, pero no sabía cómo se vivía en una ciudad. Aquí si usted no tiene dinero, no come. Entonces nos tocó, a los que estábamos más pequeños, vender. Tenía ocho años y vendía plátanos y los frutos que mi papá enviaba de Campobonito, donde nací. Le ayudábamos a mi mamá para que cuando mis hermanos llegaran de estudiar tuvieran un bocado de comida. Vendía en los barrios con una vasija en la cabeza, los negros tenemos equilibrio para eso, aunque no todos; y a veces nos hacíamos en algún sitio a vender chontaduro. Cada vez que me ponía una ponchera en la cabeza decía: este es un medio para algún día yo ser alguien y no me voy a quedar así.

Y lo logró. Ahora es la alcaldesa…

Sí, pero como le digo yo al presidente (Santos): antes de ser alcaldesa yo defiendo una lucha por la igualdad de oportunidades en el país. Otra cosa es mi alcaldía, que es un medio para continuar el proceso. Yo defiendo la lucha de las poblaciones negras e indígenas de Colombia.

¿Cuándo tuvo usted conciencia de que debía emprender esa lucha?

Desde muy niña. Cuando tenía ocho años me tocó irme a vivir al Carmen del Atrato, con una tía que era enfermera. Yo no conocía los mestizos, yo solo conocía los indígenas y a los negros, con los que nací. Entonces llegué al Carmen, que es un pueblo de paisas. Éramos 35 niñas en el colegio y yo era la única negra. Las niñitas me tocaban la piel y me decían: ¿usted por qué es así? ¿No se bañó? Al año me tuvieron que llevar a Quibdó, porque las niñas no jugaban conmigo, no me prestaban los cuadernos y porque me enfermé. Me dio asma. Sentí que algo pasaba con esas niñas, con esa ingenuidad de ellas, y mía, y allí empecé a tener conciencia de que había diferentes colores, porque con los indígenas, aunque ellos no son negros, nunca nos preocupó el color porque estábamos en el mismo territorio. Me di cuenta luego de que hay una carga por todo el tema de la esclavitud, una carga que, de forma ingenua, tenemos todos. Ellas eran producto de eso, de esa educación. Para mí ese momento fue muy importante, porque mi papá y mi abuelo empezaron a contarme la historia de los negros por dentro. Allí comencé a saber qué pasaba.

¿Qué le contaron?

Mi papá, Francisco Mena Moreno, que ya falleció, me contó toda la historia de la esclavitud, que veníamos de África y que nos habían traído obligados aquí. Me contó las historias de muchos negros históricos. Luego yo comencé a investigar y observar a mi alrededor. Cuando comprendí, me propuse: tengo que hacer algo para que esto nunca más le pase a un niño. Seguí estudiando en Quibdó, pero con esa claridad. A partir de los diez años no fui la misma. Ahí comenzó a surgir mi liderazgo.

¿Dónde comenzó?

En un grupo juvenil, con los curas. Nos íbamos para las comunidades, en Navidad y Semana Santa. Luego, en el Atrato, el río más importante de la zona centro. Allá tenemos tres ríos importantes: el Baudó, el Atrato y el San Juan, y Quibdó está a orillas del Atrato. En ese río, 120 comunidades iniciamos el proceso de organización, y digo iniciamos porque le estoy contando un proceso donde trabajamos muchas personas. Pensábamos que más allá de luchar en contra del racismo, era necesario plantear quiénes éramos, qué queríamos, tener propuestas, un proyecto de vida.

¿Cómo estaban entonces?

Desorganizados y explotados. En Riosucio, que es Atrato abajo, por ejemplo, estaban las grandes madereras tumbando selva, pero para esa época se les estaba agotando la materia prima y querían expandirse río arriba. Llevaron campesinos y les decían que iban a hacer una carretera en el Medio Atrato, los ponían a abrir una trocha, pero no era para hacer ninguna carretera, sino para devastar. Esa fue nuestra primera pelea, con los madereros. La resistencia por proteger el territorio.

¿Ahí empieza a gestarse lo que fue la inclusión en la Constitución de 1991?

Sí. En ese momento existía la Constitución de 1886 y la comenzamos a analizar y solo se reconocía una raza, una lengua y una religión. Era la homogeneización y los diferentes grupos étnicos decíamos, con razón que no existimos para el Estado. Partimos de lo específico para lograr lo general. Que es lograr la igualdad de oportunidades para todos por encima de los colores. Llevábamos como diez años construyendo la propuesta, cuando llegó la Constituyente sabíamos qué queríamos. Habíamos participado en movilizaciones, habíamos generado un movimiento.

Pero no los querían incluir… ¿O por qué se tomaron una embajada y la Alcaldía de Quibdó?

Es que en la Constituyente se negaron a discutir los problemas de los afros. Decían que los indígenas sí eran grupo étnico, pero que nosotros no, que ya estábamos mimetizados, homogeneizados en el país y que si queríamos algo, mejor que nos fuéramos para África. Fueron unos debates muy fuertes de desconocimiento. Cinco minutos antes de levantar las actas de la Constituyente, nos incluyeron a los negros en el artículo transitorio 55. Y eso gracias a personalidades como el sociólogo Orlando Fals Borda que ejercieron mucha presión y a Francisco Rojas Birry, que nos representó. Ese artículo les reconoció a las comunidades negras los territorios baldíos de la cuenca del Pacífico.

Un año después llegó al Congreso, con solo 26 años. ¿Cómo fue esa experiencia?

Yo no quería aceptar. Y cuando acepté, no quería ganar. A mí no me gusta la política, aunque hago política. A mí me gustan los procesos, porque no creo en los proyectos. Los proyectos no cambian, en cambio con los procesos usted logra unas reivindicaciones, logra materializar unos derechos. Eso es lo mío. Pero cuando uno se mete a la política comienza y no termina nada. Pero había que lograr representatividad y resultó que gané, saqué el triple de los votos que el otro líder afro que aspiraba al Congreso.

Si no le gusta la política, ¿por qué quería ser alcaldesa de Quibdó?

Porque se me estaba acabando la vida y no me la podía pasar hablando de los problemas sin resolverlos. La primera vez que participé en 2007, perdí. Me volví a presentar en el 2012 y gané. Llegué para trabajar porque ya tengo una formación, una experiencia, fui congresista, perdí el miedo, y si nosotros logramos perder el miedo interno y se tiene creatividad, de la nada se pueden construir cosas, así toca en Quibdó.

¿Cómo está Quibdó, históricamente la capital más pobre del país?

Muy mal, aquí hay varios asuntos muy complicados. La violencia es muy fuerte: de 114.000 habitantes que tenemos, 70.000 son víctimas de la violencia; antes éramos autosuficientes, hoy no hay ni para comer, porque la gente no puede ir al campo, cada árbol es un fantasma; en Quibdó no hay empresas, es la ciudad número uno en desempleo; la situación de los niños es complicada, el microtráfico ha ido tomándose a los adolescentes; y las bandas criminales han ido creciendo. Nosotros somos fuertes en el núcleo familiar, pero con todos esos factores externos, eso se ha ido debilitando.

¿Y cómo encontró su despacho?

Una locura. No les pagaban a los funcionarios y los maestros iban a entrar en paro. No había ningún orden fiscal. Eso se organizó. Estaba tan mal que lo que hice fue buscar un gabinete de pares, de expertos externos, porque uno de los principales problemas en Chocó es que ya no hay confianza en el Gobierno. Ahora estamos trabajando el proyecto del acueducto, que lleva como 300 años y no se ha podido hacer realidad. Logramos, por ejemplo, que Chocó y Tolima sean las sedes de los Juegos Nacionales 2015. Eso ayuda a jalonar desarrollo.

¿Cómo es eso de los pares?

Esto estaba tan mal que pensamos en llamar a unos amigos, personalidades del país, gente muy conocida como el presidente de Avianca, Héctor Riveros Serrato; el primer ministro de Ambiente, Manuel Rodríguez; la exalcaldesa de Cartagena, Judith Pinedo; el exalcalde de Medellín, Alonso Salazar; el exalcalde de Bogotá, Antanas Mockus. Cada uno de ellos es una especie de tutor de cada uno de mis secretarios, los apoyan. Es un equipo estratégico. Ellos articulan la agenda y hacemos sesiones de trabajo. Es una forma de fortalecer el nivel del gobierno. Ese proyecto está financiado por la Fundación Ford y coordinado por la Fundación Libertad y Democracia.

¿Qué decisiones ha tomado?

Hemos proyectado a largo plazo la transformación de esta realidad. No regalamos nada, concertamos y planeamos con la comunidad. Apoyamos procesos. No hemos generado un centavo de déficit. Recibí un déficit de 90.000 millones de pesos, que nosotros cuantificamos. Es que por aquí no sabían ni cuánto debían.

¿Es verdad que el Plan de Desarrollo de Quibdó lo pagaron en los Estados Unidos?

Sí, aquí tenemos expertos nuestros que son pagados por la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, USAID (por sus siglas en inglés), que nos apoya en fortalecimiento institucional. Nos ayudaron a hacer el Plan de Desarrollo, que es de los mejores del país.

¿Desde niña soñaba con los Estados Unidos?

Yo quería ir algún día, era mi sueño, para saber cómo era la dinámica allá. Yo veía películas por televisión y sabía que los negros allá vivían de otra manera porque luchaban por sus derechos.

¿Y cumplió el sueño?

Sí. La primera vez fui en 1992 y vi a los negros junto con los blancos, y entonces comencé a averiguar y me conseguí una Constitución de los Estados Unidos, delgadita, y en la Constitución vi algo muy particular y es el reconocimiento de la igualdad para todos. Conocí a Angela Yvonne Davis (la mítica activista) y ella, junto con otros líderes, comenzó a contarnos todo lo de la discriminación, al tiempo que nos hablaba de la resistencia y de la lucha que ellos habían dado. Eso alimentó mucho más el proceso mío e hizo que me llenará de fuerza. Entonces dije: “Esta lucha sí tiene futuro”. Luego me empezaron a invitar a conferencias en Nueva York, Filadelfia y Washington, por supuesto.

¿Qué tanto ha facilitado su labor el hecho de que el presidente de los Estados Unidos sea negro?

Nos ha facilitado mucho las cosas a todos. Él es una persona igual que Mandela, que nos inspira muchísimo. Son iguales por la persistencia. Cuando uno conoce la historia, hay puntos en común, que es trabajo por la igualdad, la lucha por el reconocimiento, el respeto al otro. Eso es lo que yo busco aquí en Colombia. Con él, y con el Gobierno de los Estados Unidos, hay una gran apertura, una sensibilización que hemos logrado varios líderes como Óscar Gamboa, Luis Gilberto Murillo, Marino Córdoba, Carlos Rocero, mucha gente que ha contribuido a que hoy haya un gran apoyo internacional. Hemos estado en Europa, en decenas de encuentros en Estados Unidos, en África…

USAID dispuso 64 millones de dólares para los afros y los indígenas colombianos…

Estados Unidos nos ha dado poder y músculo financiero. Como ya tenemos unas organizaciones y un proyecto claro de lo que queremos, se hacen necesarios los recursos. Eso es lo que le hace falta a Colombia: inversión. Y aportaron 64 millones de dólares, que antes eran del Plan Colombia, exclusivamente para proyectos y fortalecimiento institucional de las poblaciones negras e indígenas. Un empujón grandísimo.

Y ese dinero, ¿quién lo maneja?

Lo adjudicaron hace tres años para la implementación del Programa para Afrodescendientes e Indígenas de la USAID, un programa único en el mundo, que empezó aquí en Colombia. Los recursos los ejecuta ahora ACDI VOCA, a través de USAID, vamos en tercer año. Se han logrado cosas sorprendentes.

¿Cómo cuáles?

Hay mucho trabajo de inclusión en todos los niveles. En empleo, a 1.390 afros e indígenas; en capacitación a más de 4.500 jóvenes y apoyo a organizaciones base y consejos comunitarios, y a gobiernos locales como el nuestro; en apoyo a 30 entes territoriales. También se logró traer de África la Cumbre Mundial de Alcaldes y Mandatarios Afrodescendientes y hacerla en Cali, el año pasado.

Usted fue la encargada de la apertura de esa cumbre. ¿Significa eso que usted es la negra más poderosa de Colombia?

Significa que soy la presidenta de Amunafro, que es la asociación de mandatarios afro en el país, no más. Mi único poder consiste en tener el firme convencimiento de que las cosas pueden cambiar, pero que hay que trabajar para lograrlo, sin radicalismos, sin cerrarse, hay que trabajar en positivo.

¿Colombia sigue siendo racista?

Muy racista. A mí me aceptan, pero el problema es de un pueblo. El negro aquí en Colombia todavía es sinónimo de delincuencia, de pobreza.

¿Y cómo se cambia eso?

Cuando el país tome conciencia. Cuando el país lo asuma. Cuando nosotros tomemos conciencia.

¿Cuál es su mayor lucha?

Mi mayor lucha consiste en lograr que la gente nuestra tome conciencia y que despierte, porque el problema es cultural, histórico, desde la esclavitud, que se trata de una filosofía que le metieron a la gente en la mente y de la que no se quiere salir. Ya no hay cadenas, pero tenemos todavía cadenas mentales, esas son las más difíciles de romper. Tenemos que dar el paso, depende de nosotros mismos.

¿A qué se va a dedicar cuando termine su alcaldía?

A seguir trabajando por mi causa. ¿Dónde?, no sé. Por principios, y por mi forma de ser, nunca estoy pensando más allá de lo que tengo. Yo hago las cosas, pongo toda la pasión, toda el alma. Me interesa salir bien de la alcaldía de Quibdó, porque tengo una dinámica y un proceso que no voy a dejar nunca. Soy una persona inquieta e inconforme, que no traga entero; soy escorpión, que desafía; soy muy mala pobre, yo me nivelo por lo alto y por lo mejor. Yo sé que podemos hacer las cosas bien, no nos podemos conformar. No me gusta sobarlos cuando llegan llorando, me gusta tocarlos, para que despierten. Tenemos que despertar. Nadie nos dijo que la vida iba a ser fácil.