'Selfie': el culto al 'yo' que arrasa en las redes

'Selfie': el culto al 'yo' que arrasa en las redes

Expertos analizan la tendencia de tomarse fotos a uno mismo. Se incrementan imágenes en Instagram.

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16 de marzo 2014 , 12:13 a.m.

A un brazo de distancia, con una buena pose y en una escena que puede parecer íntima, nace el primer disparo. Así es un selfie, una fotografía que alguien se hace a sí mismo con un teléfono inteligente o una cámara web para subirla a la red. Es un neologismo cuyo uso en línea se ha disparado un 17.000 por ciento en el último año y que llevó al Oxford Dictionary a coronarla como la palabra del 2013. Tanto así que, en menos de 40 minutos, la foto de Ellen DeGeneres con otros 11 actores durante la gala de los Óscar superó el millón de retuits y dio a la autofoto su momento de máxima expresión.

Los selfies han sido considerados “un síntoma del narcisismo al que conducen las redes sociales”, “un modo de controlar las imágenes que otros tienen de nosotros”, “una nueva forma no solo de mostrarnos ante los otros, sino de comunicarnos con imágenes de nosotros”, “la masturbación del autorretrato” y un “miniyo virtual”. ¿El porqué? Un antropólogo, un psicólogo, un sociólogo, un comunicador visual, una especialista en arte y víctimas de esta tendencia tratan de descifrarla. (Vea en imágenes: Los famosos en la fiebre de las 'selfies').

El actor James Franco, selfie declarado, se confesaba así en The New York Times: “Me aburro cuando miro una cuenta y no veo ningún selfie, porque quiero saber a quién estoy tratando. En una conversación de texto puedes decir cómo te sientes, pero un selfie aclara todo al instante: cómo te sientes, dónde estás y qué haces. (…) En nuestra era de redes sociales, el selfie es la nueva manera de mirar a alguien a los ojos y decir: ‘Hola, este soy yo’ ”.

Las redes sociales han multiplicado su fama, y él lo atribuye todo a un ejercicio diario que toma a conciencia: fotografiarse. En la cama, en el sofá, cogiendo el metro, recién levantado o en el ascensor, listo para salir. No importa la calidad de la foto, sino el grado de intimidad que muestra. Ni un paisaje ni una foto artística despiertan tanta curiosidad como el voyerismo de una escena privada, dice; y con ello consigue, “diablos, lo que todo el mundo quiere, atención. La atención es poder. Y si eres una persona interesada en ello, el selfie te ofrece algo muy poderoso”.

En busca de la identidad

Es el poder de la construcción social de la mirada, explica Ariel Alarcón, psicoanalista y psiquiatra. “El ser mirado genera identidad –dice–. Uno es aquel a quien se mira.” Pero el selfie es un reflejo de una identidad que dura lo que tarda un tuit en perderse entre los siguientes y cuyo éxito se mide en ‘me gusta’ y retuits. “Después, estás inconforme con él, quisieras cambiar todos los días. De ahí, el éxito de Facebook con el cambio de la foto del perfil”, agrega Fabián Sanabria, director del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh).

“Cuando uno insiste en su propia imagen es porque no está seguro de tenerla. Nuestra identidad se desmorona: ya no hay una hasta que la muerte nos separe, sino que asistimos a múltiples identificaciones, tan variadas como nuestros estados de ánimo. Como tú no existes en el día a día, en el contacto cotidiano, sino virtualmente, tienes que hacer que te recuerden”, dice Sanabria.

Édgar Gómez Cruz, especialista en comunicación visual, recuerda cómo una de sus fuentes confesó sentirse menos molesta por aparecer desnuda en una fotografía que por el hecho de que se vieran en la imagen los libros que le gustaban, pues eso era algo “demasiado íntimo”.

Es el momento de la “pornografía de la intimidad”, la espectacularización del yo, según Sergio Roncallo, profesor de Teorías de la Comunicación en la Universidad de La Sabana. Esa dimensión genera “una indefinición de los espacios que antes se mantenían ocultos”, dice. “Las redes sociales son un gran panóptico” en el que aplicaciones como Instagram ya cuentan con más de 100 millones de fotos con la etiqueta ‘#selfie’ o sus variantes.

‘Yo en el mercado’, ‘en el cine’, ‘de compras’, y así decenas de relatos visuales que completan la biografía digital de una persona. Si bien el selfie está rodeado de signos informales, casi nunca es accidental o, como dice Belén Sáez de Ibarra, “es una naturalidad artificial”. La directora del Museo de Arte de la Universidad Nacional considera que los usuarios de esta práctica “están construyendo un imaginario de sí mismos en la web. Se democratizó tanto el acceso a plataformas de difusión que todo se ha vuelto exhibido”.

De audiencia a locutor

Sin embargo, el ‘todo vale’ por conseguir repercusión también ha abierto un debate. El último, hace cuatro días, se desencadenó después de que una joven estadounidense publicó una autofoto en la red que mostraba el avión estrellado del que había salido ilesa en un accidente en Filadelfia (EE. UU.). “Primero había selfies en el baño. Después, en funerales. Ahora, ante un avión estrellado”, criticaba el tuitero Nick Bilton.

Para Ómar Rincón, director del Centro de Estudios de Periodismo (Ceper) de la Universidad de los Andes, esa democratización no es tanto “que te vean como el placer de exhibirte”. “Pasamos de las audiencias de masas a la sociedad expresiva de masas. Uno se toma fotos pensando en subirlas a Facebook; es la expresividad máxima”. Karen Nelson-Field, investigadora y autora de Marketing viral. La ciencia de compartir, es más crítica y cree que “ahora todos nos comportamos como marcas, y el selfie es simplemente publicidad de la marca” para exhibir una vida maravillosa.

Aunque los expertos no se definen entre un cambio de paradigma o una moda pasajera, coinciden en que la necesidad de mostrarse ha existido siempre; lo revolucionario es la herramienta, que ha transformado la fotografía en una forma de comunicarse y no de registro.

La historia cambió cuando los teléfonos inteligentes comenzaron a integrar una cámara en la parte frontal, que te devuelve tu propia imagen. Pero los especialistas hablan de antecedentes mucho más antiguos, como que los reyes utilizaban su selfie en las monedas para darse a conocer.

Lo que hasta entonces había sido un medio para inmortalizar un acontecimiento se convierte ahora en una forma de emoticón personalizado y efímero; un mero medio de comunicación intrascendente.

Aun así, solo entre el 3 y el 5 por ciento de las imágenes analizadas eran autorretratos, según el estudio ‘SelfieCity’, secundado por la Universidad de Nueva York, que seleccionó 120.000 fotos de Instagram para analizar el potencial selfie de cinco ciudades: Sao Paulo, Bangkok, Nueva York, Moscú y Berlín.

Las mujeres son las más aficionadas: desde el 55 por ciento en Bangkok hasta el 82 por ciento en Moscú. La media estimada de edad es de 23,7 años, y la mayoría de los protagonistas sonríe en las fotos. Moritz Stefaner y Lev Manovich, directores de ‘SelfieCity’, explican que se pueden “descubrir diferencias culturales en estas fotos: lo que creemos que es exclusivo de un solo lugar puede llegar a ser universal o, al contrario, lo que creemos que es una norma puede llegar a ser algo atípico”.

Ambos especialistas coinciden en que el selfie definitivamente es fruto legítimo de la cultura actual, en la que se combinan la tecnología de creación de imágenes (teléfonos inteligentes con cámaras delanteras) y las plataformas de intercambio de imagen (como Instagram, el paraíso selfie), lo que da lugar a fenómenos globales como este.

Pero detrás del criticado narcisismo, las fotos fuera de lugar y el ahorcamiento del espacio íntimo se encuentra una realidad social en la que el triunfo del encuadre se da no solo sobre la realidad, sino sobre la identidad.

El poder de la imagen capturado en un retrato

El papa con un grupo de jóvenes. Barack Obama con Thorning-Schmidt, la primera ministra de Dinamarca, y David Cameron, el primer ministro del Reino Unido, en el funeral de Nelson Mandela. Un astronauta y hasta un piloto antes de lanzar un misil.

“Todo esto no sería nada sin los viejos medios, que lo magnifican”, considera Ómar Rincón, director del Ceper, quien opina que Twitter reemplazó a los periodistas como mediadores, y el selfie, a los paparazzi. “Con la autofoto, el propio famoso constituye su propia imagen, se humaniza y se ve mucho más cotidiano. Y la gente común lo imita; eso nos permite la ilusión de creernos importantes”, dice.

Además de matar al intermediario, los autorretratos fotográficos permiten tener un control sobre la imagen que se difunde de uno mismo. “Nunca antes hemos tenido tanto control sobre nuestra imagen y nunca hemos estado tan expuestos a ella”, agrega Édgar Gómez, especialista en comunicación visual.

IRENE LARRAZ
Redacción Domingo

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